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La Caja Negra La Caja Negra

María Pagés se lleva de calle a Sevilla con su reinvención del mito de Carmen

Si con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones… Con cuatro trapos cosidos se hace María Pagés bellos mantones. Sí, es tan sólo una de la sucesión de bellísimas estampas, de una plasticidad casi fílmica, de 'Yo, Carmen', la nueva apuesta coreográfica de la sevillana: cuatro paños de cocina, asidos entre ellos con rudos pellizcos en sus extremos, que se convierten en los brazos de María Pagés en un mantón de manila movido con una perfección técnica a la que no consigue nunca restarle un ápice de emoción.

Hace años que la compañía de la bailaora sevillana María Pagés se convirtió en una de las citas imprescindibles de la Bienal de Flamenco de Sevilla. La noche del miércoles, el público que abarrotó el Teatro de la Maestranza de Sevilla la confirmó, una vez más, como la apuesta más firme de este festival –el más importante del mundo en su género-, de más alta calidad escénica, renovadora de la danza flamenca y cuyas aspiraciones y ambición han hecho del baile y el cante jondo un hecho universal.

En María Pagés se cumple una paradoja, se hace realidad una contradicción: que el flamenco, que brilla a veces desde la imperfección, desde lo improvisado…; el flamenco que a veces tiene que esperar a que aparezca un duende, contiene la misma emoción, pellizca el alma igual y duele del mismo modo cuando se ejecuta con la más absoluta perfección: desde el diseño de luces, al dominio y la dirección del espacio escénico, la ejecución sincronizada de un cuerpo de baile superlativo y, por si fuera poco, un mensaje de libertad, comprometido y feminista de indudable altura poética e intelectual.

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Eva Yerbabuena se lleva la primera ovación de la Bienal

Eva Yerbabuena

Quiso Eva Yerbabuena este lunes rendirse a la danza contemporánea, a una estética conceptual; quiso distanciarse de la raíz subiéndose por las ramas de los nuevos lenguajes; quiso pintar un cuadro de Mondrian, con un vestuario inicial que remitía a la geometría de las obras más célebres del holandés, transitando entre el simbolismo y la abstracción…. Pero terminó por claudicar, por meterse en la verea del flamenco más pasional, el que entendió perfectamente su público y donde esperaba encontrarla: en la soleá (Eva Yerbabuena es la Soleá con mayúsculas) y en un fin de fiesta por bulerías donde se dio por bueno todo lo dibujado anteriormente en ese lienzo de vanguardia.

Si el fin justifica los medios, en esta ocasión en la que Eva Yerbabuena, Premio Nacional de Danza, presentaba en la Bienal de Sevilla su última apuesta escénica, ‘Apariencias’, pudiera decirse que el fin (el del espectáculo) justificó los medios, los inicios y los prolegómenos. Un final en el que la granadina exprimió los cantes de José Valencia, Alfredo Tejada y un espontáneo Enrique el Extremeño, en unas soleás que disfrutó, donde se relamía, se gustaba, se contorneaba por fin, fuera de guión. Donde, a fin de cuentas, mostraba toda su grandeza.

Y es que, paradójicamente, ‘Apariencias’ es un espectáculo con el que Eva, según confesión propia, no ha tenido miedo de “dejar de ser flamenca”. Quizás por eso, en ese intento por despojarse inicialmente de su identidad jonda, empezó muy oscura, con un esqueleto presidiendo el escenario -¿para qué ese tenebrismo?-, bailando la tragedia de la petenera y con una corriente de frío recorriendo el patio de butacas. Aun así, no se le pueden poner muchos peros a su ejecución. Precisa, sin barroquismos. Pero con demasiada distancia del público, de los músicos…

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El Pipa y Andrés Marín reúnen en la Bienal a todos los públicos del flamenco

Andrés Marín

La noche del primer domingo de Bienal fue una sucesión de símbolos desde el inicio hasta el final. Alfa y Omega del Flamenco. Comenzó en el epicentro de la Sevilla de la Exposición del 29 y terminó en La Cartuja, eje de los fastos de la Expo Universal de 1992. Corrientes regionalistas y diálogo con las vanguardias. El orto y el ocaso en dos espacios que no pudieron estar mejor elegidos. También los artistas.

El primero de ellos, Antonio El Pipa, quintaesencia de la gitanería de Jerez de la Frontera, presentaba ‘Gallardía’, lo que parece tras contemplar el espectáculo –en un teatro Lope de Vega hasta la bandera- que pretende ser para Antonio el espectáculo de su vida, un compendio de su carrera, la obra final. En recursos, desde luego, no ha escatimado: un cuerpo de baile de ocho bailaoras, un cuadro de atrás con cinco voces femeninas –lo mejor- y dos guitarras, artistas invitados de lujo (el pianista David Peña Dorantes) y un derroche en el vestuario (mantillas negras, batas de cola, vestidos de fiesta….) que hacen suponer que El Pipa ha sacado toda su artillería flamenca al mundo. Ahora veremos con qué resultado.

Fijémonos antes en otro símbolo, una carambola literaria más bien: la Bienal permitió anoche, en apenas un rato, viajar de Jerez a Sevilla –con el baile flamenco como transporte- en lo que fue el ideal del poeta Fernando Villalón: “El mundo se divide en dos: Sevilla y Cádiz”. Los mundos del flamenco al menos sí se dividieron ayer de este modo, pudiendo congregar también a todos los públicos que aglutina este arte, y dando una muestra de que el flamenco es todo un mundo, complejo y diverso, de rancias costumbres pero también de lejanísimos horizontes aún por conquistar. Porque si en el Lope de Vega apostaron por la reivindicación del Pipa del baile gitano, en la Cartuja se produjo un milagro: la de un Andrés Marín en estado de gracia, bendecido por las vanguardias pero también por los espíritus de todos los viejos flamencos que han hecho historia siglos atrás.

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Estreno de 'La guerra de las mujeres': cuando la Bienal de Flamenco 'is different'

"Lisístrata" de Estrella Morente

Noche inaugural de la Bienal de Flamenco de Sevilla 2016. Tras un largo y sonoro aplauso –empecemos por lo único verdaderamente importante-, los espectadores se amontonan buscando la salida. En el embudo final se encuentran dos chicas. Se saludan en inglés, acento norteamericano. "Did you like it?", pregunta la primera. La otra duda unos segundos y responde: "Well, it’s different". Seguramente sin saberlo, con esa economía del lenguaje anglosajón tan elocuente, esta turista atraída hasta Sevilla por los compases de la Bienal estaba haciendo un perfecto resumen –entre la sorna y la literalidad- de lo vivido la noche del viernes en la jornada inaugural del Festival más esperado por el aficionado y la crítica flamenca.

Efectivamente, ‘La guerra de las mujeres’, adaptación póstuma de Miguel Narros de la ‘Lisístrata’ de Aristófanes es, a ratos a modo de eufemismo, a ratos casi como un piropo, diferente. A saber: la propuesta, vaya por delante, era tan valiente como arriesgada. Arriesgada por parte de la dirección de la Bienal de Flamenco de Sevilla, que tuvo que resolver en tiempo récord un quebradero de cabeza nada baladí: la cancelación de la gala inaugural, prevista inicialmente como un esperadísimo homenaje al maestro de la guitarra Rafael Riqueni. Y hacerlo con un espectáculo en las antípodas de la jondura, la seriedad y esa relación mística que mantiene el músico sevillano con su instrumento.

Y valentía por parte del director José Carlos Plaza y el equipo de artistas que dan forma a esta "superproducción" teatral a lo ‘Jesucristo Superstar’, como es versionar para el flamenco a Aristófanes, quizás el mayor de los comediantes de la época clásica, en la que se nos ha legado como su obra de mayor envergadura, ‘Lisístrata’, además de la más divulgada.

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Farruquito, José de la Tomasa y el poeta Antonio Hernández, triángulo dispar en la vigilia más flamenca de Sevilla

Fue un arranque ecléctico, un tanto desigual, pero acaso sea así también el flamenco: un brillante con aristas. La vocación de hacer de la Bienal de Sevilla un elemento de participación ciudadana convirtió la tarde del jueves el epicentro turístico de la ciudad en un muestrario fugaz de lo que le espera al aficionado flamenco entre la inauguración oficial prevista para hoy viernes en el Teatro de la Maestranza -con el espectáculo 'La guerra de las mujeres'- y el próximo 2 de octubre, en una Sevilla que aspira, una vez más, a convertirse en la capital mundial de este arte.

La vigilia flamenca -porque esa intención tenía la jornada- comenzó justo a la caída del sol, cuando el cantaor José de la Tomasa, a modo de antiguo moecín almohade llamando a la oración, interpretó una toná desde la Puerta del León de los Reales Alcázares, invitando a todos los aficionados sevillanos y visitantes de la ciudad a compartir y disfrutar la Bienal.

Acto seguido, Farruquito tomó el protagonismo al frente de un 'flashmob' flamenco que reunió en la Plaza del Triunfo a más de mil personas, más despistadas y curiosas la mayoría, que participantes conocedores de una coreografía, todo hay que decirlo, para muy iniciados, e incluso sólo apta para los pies prodigiosos del del Polígono de San Pablo.

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