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Capotadas a la ciencia y estocadas a la decencia

Decía Albert Camus que toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo. Por analogía, si interviene en la ética y en la conducta, adoctrina en la sumisión de cualquier sentimiento de compasión o empatía.

Al hilo de ciertas despectivas declaraciones de Enrique Ponce, el autor analiza las falacias en las que los matadores de toros y cuantos apoyan la tauromaquia basan su sanguinario egoísmo.

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Un torero alza el puñal (puntilla) para rematar al toro, previamente torturado en la plaza y ya en el suelo, herido por la espada. Pamplona, Sanfermines 2014. Foto: Tras los Muros

Un torero alza el puñal (puntilla) para rematar al toro, previamente torturado en la plaza y ya en el suelo, herido por la espada. Pamplona, Sanfermines 2014. Foto: Tras los Muros

La verdad, como la sensibilidad, es un puyazo para la tauromaquia

Se puede despreciar muchas cosas, pero cuando la desconsideración es hacia el sufrimiento extremo de alguien, cuando la indiferencia se adereza con altanería, convirtiéndose en menosprecio, tanto en las palabras como en los actos, para con la vida de un ser tan capaz de sentir, padecer, agonizar y morir como lo es el indiferente y altanero, describe con exactitud la catadura moral de esa persona.

Decía Albert Camus que toda forma de desprecio, si interviene en política, prepara o instaura el fascismo. Por analogía, si interviene en la ética y en la conducta, adoctrina en la sumisión de cualquier sentimiento de compasión o empatía en la acción que se defiende y practica, aunque dicha acción lleve implícita la vulneración de derechos básicos ajenos, la angustia psíquica y física del otro, y su muerte.

Pero a veces lo anterior no viene solo, sino que lo hace acompañado del desconocimiento, y éste puede ser auténtico o fingido. El primero es el caso del ignorante que, por serlo, ignora hasta su propia ignorancia. El segundo es el del embustero, el de la hipocresía que exhibe aquel que, en palabras de Plauto, en una mano lleva la piedra y en la otra muestra el pan. El peor de los dos casos.

Cuando se juntan desdén, soberbia y falsedad el resultado es muy peligroso, si quien los atesora tiene la capacidad, sobre todo legal, de hacer daño, y el poder de acceder a los medios de comunicación. Porque siempre habrá quienes, por ser como él, se hagan eco de sus argumentos para ser palmeros o discípulos de sus desmanes; y otros que, simplemente, le crean, aunque no hagan más, a pesar de que en ellos no haya intención de admirar o de imitar. Y ya basta con eso para proteger y perpetuar el mal, pues el silencio, cuando hay víctimas, siempre se torna a favor de las armas que se usan contra ellas y de quienes las empuñan.

Enrique Ponce, el matador de toros, es un sujeto preciso para tan desagradable predicado porque encarna ese conjunto de valores en su pensamiento y en su proceder. Como muestra, una entrevista que concedió hace unas semanas a un conocido diario.

En ella asegura que: los antitaurinos tienen la mente cerrada y no ven más allá del “pobre animalito” (entrecomillado en el original), para añadir que: no se dan cuenta de que ese animalito existe gracias a las corridas de toros. En menos de treinta palabras, este hombre, que comenzó a matar toros en público con quince años y que en 2013 llevaba -a la vista, que serán muchos más a puerta cerrada- torturados y ejecutados más de 5.000, almacena en esa declaración la desfachatez, la arrogancia, la burla, el letargo ético y la patraña. Todo ello al servicio de su bolsillo (cobra unos 120.000 euros por tarde) y de un lobby, el taurino, que ha hecho del engaño su forma de sobrevivir en un camino de un solo sentido. La mentira ha de alimentarse de más mentiras y, jurado que el primer toro no sufre, que disfruta en la plaza o que desparecería como especie si lo hace la lidia, no queda más remedio que repetirlas en el segundo, en el tercero, en el sexto y en los aproximadamente 70.000 que son martirizados hasta la muerte, con saña y lentitud, cada año en España.

Enrique Ponce sabe perfectamente que el toro no desparecería como especie si lo hacen las corridas, sino que desaparecerían los toreros. No hace falta ser biólogo para comprender que los bóvidos de lidia no son especie y sí un producto de la selección genética por parte del hombre para proveerse de criaturas a las que destrozar en cualquier plaza, y en cualquier Tordesillas, Medinaceli o Terres de l´Ebre. Si se dejara de manipular artificialmente al bulldog inglés para que sea más tranquilo de carácter y se adapte a los pisos, o al shar-pei para lograr que tenga cada vez una piel más arrugada, ¿se extinguirían los perros? Tampoco es imprescindible ser veterinario para conocer que el toro sufre en el ruedo o enmaromado por las calles de Benavente. Pero sí es necesario cumplir el requisito de mentir para ser torero, de su cuadrilla, ganadero de lidia o empresario taurino.

Calificar de mentes cerradas precisamente a quienes lo que quieren y están haciendo -a menudo bajo amenazas e incluso agresiones- es divulgar esa verdad que tanto perjudica al mundo de la tauromaquia, y luchan por abrir las puertas de un zulo siniestro donde hiede a siglos de oscurantismo y crueldad para que entren el conocimiento, la justicia y el respeto -que en el siglo XXI no pueden admitir excepciones ni justificaciones para ser desechados-, es un ejercicio de estupidez que sólo puede ser fingida para alcanzar semejante envergadura.

Lo de “pobres animalitos”, con su carga de mofa hacia las criaturas que, como todos los matadores, Ponce jura amar y, no obstante, somete a un tormento atroz para luego acabar con su vida, demuestra hasta qué punto es capaz de la humillación y negación de los derechos básicos y la naturaleza de sus víctimas. Sin embargo, en la misma entrevista, asegura que cuando ve jugar a sus hijas con la muletilla y ellas le dicen “mira, papá, se torea así”, solo se divierte porque sabe que no van a ir a más, que no querría de ningún modo verlas delante de un toro y que eso le produciría mucho miedo. Pero el miedo del toro parece no contar para él. Ni, según él, para sus hijas.

No, Enrique Ponce no es estúpido, sólo es egoísta, inconmovible, mendaz, presuntuoso y sanguinario cuando quien sufre las consecuencias de sus actos no es él o los suyos, sino un animal al que la ley, esa que a él le aterra que cambie (la entrevista es anterior a las elecciones municipales y en ella explica que no quiere que ganen los “antitaurinos” de Podemos), le permite torturar y matar haciéndose además rico con ello.

No, Enrique Ponce no es estúpido, Enrique Ponce es como es y dice lo que dice porque hace lo que hace y pretende continuar. Es así porque es torero. Y que fuese el primer matador académico de la Historia, puesto que ese título le fue otorgado en 2007 por la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Artes Modernas de Córdoba, sólo suma vergüenza a todo este asunto, ya que el galardonado matarife descabella la ciencia cuando habla de lo que desea y sienten los muertos de su profesión, encuentra belleza en sus heridas, en su pavor, en su agonía, y lo único moderno en lo que hace, mejor dicho, futurista, son sus ingresos, porque el resto sólo se trata de una ferocidad, un desprecio y una ignorancia primitivas.

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