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Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

Paca, Tola, Molinera... ¿Por qué los asturianos ponemos nombre a nuestras osas?

Paca y Tola, las osas cautivas del Principado de Asturias.

Lola Fernández

Existe algo profundamente triste en la estampa de un animal salvaje reducido a un reclamo comercial. Algo tan desdichado que, a muchos, hasta nos da reparo que lo contemplen nuestros niños. Somos los sensibles, los de siempre, los que hemos firmado la petición para que el programa ‘Vaya fauna’ salga de la parrilla, los que nos oponemos a los toros y evitamos los circos. Y, como siempre, nos sigue sorprendiendo que no todo el mundo perciba esa tristeza del animal salvaje domado ni empatice con ella. Vaya esa sorpresa no sólo por los dos millones de espectadores que ven ‘Vaya fauna’, en Tele5, sino por los turistas que se acercan al cercado de Santo Adriano, en Asturias, donde viven enclaustradas las viejas osas Paca y Tola, toda una institución en el Principado, y que ahora también frecuenta la joven Molinera, oportuno repuesto de aquéllas ahora que el fin de sus vidas está cerca. Estamos hablando de las únicas osas pardas cantábricas genéticamente puras que viven en cautividad en todo el mundo.

Se me escapa el placer de contemplar, encerrado por las razones que sea, a un oso. Se me escapa, también, cómo hay quien aún se aferra a la sensibilización del general para justificar la exposición de los animales salvajes. Lo que no se me escapa es el dinero que mueve el estacionamiento de un animal salvaje en un escaparate público: de la Senda del Oso y sus ejemplares en exposición viven (o malviven) indirectamente los establecimientos hosteleros de los pueblos limítrofes, y del oso pardo se alimenta también la Fundación Oso de Asturias, entidad privada que recibe unos 200 millones de euros (dato de 2012)Fundación Oso de Asturias de todos los asturianos para proteger la especie y a los osos que se encuentran bajo su tutela en sus instalaciones. Hablamos, en realidad, de dos cercados: el grande, unas cinco hectáreas de monte, en Proaza, donde habrían de vivir en semilibertad estas osas incapaces de adaptarse a la vida salvaje, y el pequeño, el de Santo Adriano, apenas una hectárea donde se disponen los comederos, y donde hoy son atendidas las tristes Paca y Tola, dos oseznas huérfanas a manos de los furtivos en 1986, que han vivido toda su vida en cautividad.

Los momentos más penosos de la vida de Paca y Tola se vivieron bajo la tutela de Carlos Zapico, un gestor sin vocación conservacionista cuyo mérito para el Gobierno del Principado residía en haber sido presidente del puerto del Musel durante una década, el mismo que, en 2013, para hacer caja, decidió cobrar dos euros a cada turista que quería ver a las osas. Durante su mandato, las ONGs denunciaron todo tipo de irregularidades que fueron negadas una y otra vez por las autoridades. La más penosa de todas relataba una alimentación a base de pan y fruta (sin proteínas) que las osas acusaron en una notable endeblez física. Cuando el oso Furaco, trasladado del vecino Parque de Cabárceno (otro teatrillo de animales salvajes), llegó al cercado para cubrir a las osas, el peso de aquel (unos 300 kilos), prácticamente rompió la espalda de Tola, que ha quedado lisiada de por vida y la obliga a estar prácticamente recluida en su osera. Afortunadamente para ella, Paca rechazó al macho por ser lo que los biólogos llaman “una machorra”: no entra en celo.

Entre unas tragedias y otras, las dos hermanas osas, inseparables, llevan más de seis años haciendo “vida” en el pequeño cercado de Santo Adriano, bien a la vista del público. En estos días ha corrido por la red un vídeo en el que se puede ver a Paca recorriendo obsesivamente, arriba y abajo sin parar durante horas, la verja del cercado. ¿Qué padre o qué madre querría que sus hijos vieran un espectáculo tan, tan, tan triste? José Tuñón Huerta, presidente de la Fundación Oso de Asturias desde hace un año, biólogo y persona aparentemente muy sensibilizada con la situación de las osas, explica que no pueden ya vivir en otro lugar porque hay que suministrar medicamentos a Tola cada día.

La situación no tiene, pues, visos de mejorar para Paca y Tola, y crea un precedente lamentable para Molinera, una osezna que vive en el cercado grande. De nuevo, la responsabilidad sobre el mal trato a este animal no tiene quien la reclame. Molinera fue encontrada en septiembre de 2013, herida. Las malas prácticas de los técnicos que la trataron en la clínica veterinaria, que la manipularon como un animal de zoo en vez de como un ejemplar que ha de volver a su medio natural, hicieron imposible devolverla a su hábitat. Es particularmente indignante recordar cómo la consejera asturiana de Agroganadería, María Jesús Álvarez, exigió hacerse una foto con ella durante un acto público de presentación de su recuperación. Al final, Molinera terminó recluida en el cercado a pesar de las protestas de las asociaciones, que demandaban más insistencia en su reintroducción. Estos días los periódicos informan de que ni siquiera se queda en el cercado grande, y baja constantemente a Santo Adriano buscando el contacto humano. Gracias a esta joven osa los empresarios y políticos pueden estar tranquilos: continúa el espectáculo en el pequeño escenario enjaulado, donde Molinera está destinada a contribuir a la recuperación de la especie junto a Furaco.

De todo este relato, leído a través de la prensa regional, llama la atención el vocabulario que se aplica a la hora de describir su existencia y situación. En ‘La Nueva España’ leo a una periodista celebrar que Molinera “es toda una atracción, ya que corre de un lado a otro y hasta atiende y posa para las fotos y vídeos”, mientras que Paca y Tola “apenas tienen ya gracia”, apuntalando esa perversa concepción del animal salvaje como pieza cobrada. Los empresarios hosteleros las consideran “patrimonio” y “recurso” que “ha de explotarse” en la zona en la que han sido rescatadas/capturadas. Los políticos expresan la seguridad de que el cercado continuará abierto como sea por “dinamizar económicamente estos valles”. Hasta algunos veterinarios y biólogos se suman alegremente a esta reconceptualización perversa del animal como recurso y planean ya la implantación en Picos de Europa del turismo especializado en la observación de oseras. Lo llaman “un sector económico emergente”. Tanto es así que el mes pasado, con la excusa de un curso de verano de la Universidad de Cantabria, un grupo de expertos se reunió para avanzar en la rentabilización del oso por parte de las empresas turísticas especializadas.

El biólogo asturiano Andrés Ordiz, contrario a la observación directa de los osos, ha comprobado que el encuentro casual de una persona con un oso provoca un cambio en las pautas de actividad del animal que puede alargarse durante varios días. Incluso, aunque no haya habido contacto directo y la persona ni siquiera se haya percatado de la presencia del oso. En el Parque de Somiedo se observó cómo los desplazamientos de un grupo familiar de una osa y sus crías eran mayores los fines de semana, coincidiendo con los días de mayor afluencia de visitantes al parque. ¿Cómo salvaguardar al oso si se plantea la irrupción de decenas de personas en su hábitat? Las empresas querrán rentabilizar su inversión trayendo a cuantas más personas, mejor; estas querrán cobrarse lo pagado y fotografiar a los osos de cerca, y no resulta aventurado imaginar la instalación de comederos que atraigan a los osos para hacerlo fácilmente.

¿Por qué bautizamos a nuestras osas en Asturias? ¿Es simplemente porque las humanizamos como si de un animal doméstico se tratara? ¿Las personalizamos porque son destino de nuestros cuidados, desvelos y preocupaciones? No parece que esa sea la razón, visto cómo son sus condiciones de vida y qué particularidades tiene el discurso que narra su existencia. En realidad, cuando las autoridades llaman Paca a Paca, Tola a Tola y Molinera a Molinera están creando un producto. Se trata de una simple maniobra de 'branding' que les permite vender mejor, por la vía del sentimentalismo, un recurso económico más de las arcas regionales. Alrededor de un nombre se va construyendo toda una narrativa épica, simpática o trágica, según la pericia de los responsables, que ejerce un irresistible efecto llamada para el turismo.

Aquí en Asturias no lo hemos hecho demasiado bien, dada la triste estampa y el tristísimo relato que queda de la vida de nuestras osas. Acaso habría que empezar a considerar que, a tenor los estándares éticos que nos estamos dando, no puede darse un relato atractivo para los visitantes que contemple a los animales como un medio y no como un fin en sí mismo. Si no nos gustan los animales salvajes en la tele ni en la plaza ni en el circo, no han de gustarnos en cercados, parques o zoológicos, no hemos de subvencionar su explotación ni hemos de pagar por verles. Es tarea de la moral entender que no está en nuestra manos más que protegerles. Hagámoslo devolviéndolos su hábitat natural.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano, Concha López y Lucía Arana (RRSS).

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