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Boikot

Publicamos el conjunto de columnas de opinión que Iñaki Ochoa de Olza escribió para Campobase. A través de ellas se puede conocer a Iñaki, que más allá de su condición de alpinista, nos muestra una filosofía de vida que merece la pena descubrir. Éste es el 'legado de Iñaki'

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No tengo ni idea de cómo se vivía al norte de los Himalayas, en la tierra del trono de los dioses, antes de que llegaran los camaradas chinos a “arreglar” la situación. Me imagino que nada era sencillo, allá donde la tierra no da nada de sí y donde el sol no calienta. Dicen que era un sistema feudal, en el cual los lamas detentaban el poder político y religioso. Me puedo hacer una vaga idea, sin duda era un modo de vida duro como pocos. Los chinos lo arreglaron, claro que sí, aunque para ello tuvieran que acabar con la vida a un millón de tibetanos, se dice pronto, entre 1.950 y 1.970, en uno de los grandes genocidios del siglo XX, que además sigue sin ser ni juzgado ni castigado. Otro número similar de tibetanos viven en el exilio, qué remedio, si han tenido la fortuna de poder escapar sin que les peguen un tiro, corriendo a través de las montañas. En el resto de China, llamémosla así, las cosas no van mucho mejor en la actualidad. El estado chino lleva a cabo el 65% de todas las ejecuciones que se realizan en el mundo cada año. Los chinos dicen que ejecutaron a 1.010 personas el año pasado, aunque otras fuentes aseguran que fueron entre 7.500 y 8.000. La familia del reo paga la bala, tiro en la nuca, y el estado vende los órganos un rato después. Delitos económicos comunes son susceptibles de pena de muerte y, hasta el año pasado, no era posible recurrir la sentencia a ninguna instancia jurídica superior. Por asombroso que parezca, nadie se escandaliza. La cuestión de los derechos humanos no interesa, no es comercial. El genocidio tibetano no sólo no ha sido juzgado sino que, para colmo, además le han dado un premio. Así, como lo oyen. Una respetada y prestigiosa mafia, el Comité Olímpico Internacional (COI), olímpicamente se pasó el asunto por el forro de la entrepierna y adjudicó los Juegos de 2.008 a Pekín. Dijeron, para justificarse, que lo hacían para provocar la apertura, pero no engañaron a nadie. Los chinos son muchos, pero muchos, muchos, y hay que sacar cantidad de tajada de eso tan tenebroso que se llama inversión extranjera. ¿Lo de los derechos humanos? Bueno, no hay que dramatizar, pecata minuta, complejas cuestiones internas... Como ya he dicho en alguna ocasión, celebro infinitamente que esos tripudos burócratas mantengan sus entrenadas y afiladas garras lejos de nuestra actividad. ¿Escalada o esquí de montaña olímpico? Jamás, por favor. Yo no soy atleta, ni nadador o gimnasta. Pero si lo fuera, no se me ocurriría ni en pintura participar en semejante despropósito. Mi último recurso como mero espectador es precisamente renunciar a serlo. Es decir, boicotearé cualquier intento de los Juegos Olímpicos de llegar hasta mi cerebro, vía prensa, radio o televisión, y animaré a cualquiera que me quiera escuchar a hacer lo mismo. Me perderé el maratón y la final de los 10.000, y dejaré de ver a mis admirados Gebreselassie y Bekele haciendo historia. En Seúl 88 veíamos los Juegos desde la cafetería de Yosemite. En Barcelona 92 caminábamos hacia el Everest, y en Atlanta 96 descendíamos de los Gasherbrum. En Sidney 2000 marchábamos hacia el Ama Dablam, y en Atenas 2004 nos recuperábamos del K2. Siempre me dio pena perderme los Juegos, aunque fuera por estar en las montañas, pero esta vez no será así. No vamos a cambiar nada, me temo, pero se nos queda la conciencia mejor. Mucho mejor.

Columna publicada en el número 49 de Campobase (Marzo 2008).

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