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LOS 32 FUTBOLISTAS CANARIOS DE LA SELECCIÓN ESPAÑOLA

Miguel González: la joya palmera (1953-1958)

Extremo derecho de excelente regate corto y gran velocidad, leyenda del Atlético de Madrid, formó una delantera irrepetible de España junto a Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento

Capítulo 13 del libro ‘Los 32 futbolistas canarios de la selección española (1920-2010)’, del que son autores Juan Galarza, Luis Padilla y Juanse Sánchez. Publicado por AyB Editorial con el patrocinio del Gobierno de Canarias y la Federación Canaria de Fútbol

Ramallets, Orúe, Heriberto Herrera, Canito, Maguregui, Garay y el masajista Conde están en la fila superior. Agachados forman Miguel, Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento. Un once de 'cracks' mundiales que empató (2-2) con Suiza en el Bernabéu y no pudo llevar a España al Mundial de Suecia 58.

Ramallets, Orúe, Heriberto Herrera, Canito, Maguregui, Garay y el masajista Conde están en la fila superior. Agachados forman Miguel, Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento. Un once de 'cracks' mundiales que empató (2-2) con Suiza en el Bernabéu y no pudo llevar a España al Mundial de Suecia 58.

Biografía

Miguel González Pérez (1927) nació en Santa Cruz de La Palma y fue conocido durante toda su trayectoria como Miguel El palmero. Tras jugar en el Mensajero y el Español, en la capital palmera, ficha primero por el Iberia de Tenerife y luego por el Victoria de Las Palmas. Desde allí salta al Atlético de Madrid, donde sería figura durante una década para conquistar dos títulos de liga a su llegada y una Copa en su último ejercicio. Cedido una temporada al Oviedo (51/52), ascendió con los asturianos a Primera División y también jugó tres temporadas en el mejor Zaragoza de la historia y una en el Murcia. Como técnico dirigió a Hércules, Atlético Madrid o Tenisca. Vive en su isla natal.

La joya palmera

Miguel, Kubala, Di Stéfano, Luis Suárez y Gento. Ésta fue la delantera titular de la selección española durante una decena de partidos a finales de los años cincuenta. Sus sustitutos durante ese período, con alguna aparición esporádica con la roja en ese tiempo, también forman parte del olimpo del fútbol hispano: Basora, Mateos, Rial y Collar. Con esos mimbres, España disputó la fase de clasificación para el Mundial de Suecia 58. Y aunque sea difícil de creer, no logró una plaza. Un extraño empate (2-2) cedido en el Santiago Bernabéu ante Suiza tuvo la culpa. El resto del equipo no desmerecía a los delanteros. Así, Ramallets y Carmelo Cedrún se alternaban en la portería; Orúe, Campanal, Quincoces II, Garay o Segarra actuaron como defensas; y Maguregui, Zárraga o Santisteban ejercieron en ese período de mediocampistas.

De haber acudido a Suecia 58, esta selección podía haberle peleado de igual a igual a cualquier adversario. Cuatro meses antes de la cita escandinava empató en París con la Francia de Just Fontaine, que ocupó la tercera plaza en el Mundial. Y en ese período, con Miguel en el once, le metió cinco a Holanda y otros cinco a Bélgica en Bruselas. En todos esos partidos se alineó como extremo derecho Miguel González Pérez, conocido en el mundo del fútbol como Miguel El palmero. “Fallamos en un partido y eso nos condenó”, resumía medio siglo después un futbolista que durante tres lustros jugó en la Primera División con un rendimiento sobresaliente, que participó en la conquista de dos títulos de Liga con el Atlético de Madrid y que figura por derecho propio en las preferencias de los aficionados rojiblancos.

“La verdad es que por ahí nació la leyenda negra de la selección española”, reconoce el protagonista de una época en la que los clubes españoles se hartaban de ganar torneos continentales, mientras la selección iba de fracaso en fracaso. Miguel ya había jugado la eliminatoria decisiva ante Turquía para ir al Mundial de Suiza 54 que no pudo resolverse después de que el partido de desempate celebrado en Roma acabara igualado (2-2). La mano inocente de un niño italiano, Franco Gemma, eligió a los otomanos. Para el protagonista de dos de aquellos tres choques, “España mereció pasar sin necesidad de desempate y una vez en Roma también debió ganar, pero…”. Y es que, durante casi cinco años, entre 1953 y 1958, cuando los compromisos internacionales se dosificaban con cuentagotas, Miguel fue el siete de España.

Un dato: en el último lustro, la selección absoluta ha disputado casi setenta partidos, pero en aquel tiempo sólo jugó 19 encuentros. Miguel participó en 15 y en 14 de ellos fue titular. Y no competía contra indocumentados. Le quitó el puesto a Estanislao Basora, una leyenda del barcelonismo; y lo perdió frente a Justo Tejada, otro mito azulgrana (ocho temporadas y dos títulos de liga) expulsado del santoral culé por su traición: jugó dos campañas con el Madrid de Di Stéfano y otras dos en el Español de Barcelona. Pero antes de convertirse en una referencia del fútbol español, Miguel jugó en el Mensajero, en el Español de La Palma, en el Iberia de Tenerife y en el Real Victoria, equipo grancanario con el que conquistó el título regional en dos ocasiones y en el que fue observado por Arsenio Arocha, ojeador del Atlético de Madrid.

Nacido en Santa Cruz de La Palma  el 27 de abril de 1927, en el verano de 1949, con 22 años cumplidos, fue traspasado por 500.000 pesetas a un Atlético de Madrid al que también se incorporaría el marinista José Hernández y en el que ya triunfaban los canarios Farias, Silva o Mujica. Extremo derecho de excelente regate corto y gran velocidad, el futbolista palmero también destacaba por sus excelentes centros y por una buena relación con el gol. Agustín Sánchez, que fue compañero suyo durante casi una década en el Atleti y que compartió con él cesión al Oviedo lo recuerda como “un fuera de serie que desbordaba por rapidez y habilidad y que tenía buen disparo, tiraba buenos centros, disparaba bien, hacía goles... Por eso llegó donde llegó”.

Sin embargo, en el Atléti se encontró con dos extremos que estaban en su plenitud, Juncosa y Escudero, dos fenómenos que integraron la delantera de seda y que ese curso acompañaban en la delantera a Ben Barek, Silva y Carlsson, otros tres cracks. Pese a ello y la presencia como primer suplente de Salvador Estruch (fichado del Alcoyano y con un par de cursos de experiencia en la élite), Miguel juega seis partidos completos durante la primera vuelta y hasta se exhibe con dos tantos en la goleada (4-1) al Oviedo, formando como extremo derecho junto a Ben Barek, Mujica, Carlsson y Escudero en la delantera. Eso sí, Helenio Herrera apuesta por los consagrados y los resultados le dan la razón con la conquista del título de Liga. Y el curso siguiente se repite la misma dinámica: pocos partidos para Miguel y nuevo campeonato ligero para los rojiblancos.

En busca de minutos, Miguel es cedido al Oviedo en la campaña 51/52 junto a Callejo, el tinerfeño Agustín y Durán, un catalán formado en el Hespérides de La Laguna. En el campo de Buenavista gozan de la continuidad precisa… y ascienden al Oviedo a Primera División. A las órdenes de Luis Urquiri, y formando una delantera célebre en tierras asturianas (Miguel, Sará, Parajón, Durán y Callejo), el extremo palmero ofrece exhibiciones inolvidables. Y de regreso al Metropolitano, Helenio Herrera sólo tarda tres partidos en darle la oportunidad a Miguel, que suple a Juncosa y destaca en su retorno con un gol decisivo en la victoria (2-1) ante el Barça de las cinco copas, el de Basora, César, Kubala, Moreno y Manchón.  Eso sí, la temporada del equipo es discreta y HH abandona tras dos derrotas consecutivas ante Deportivo (5-1) y Oviedo (5-0).

Miguel, con diez goles en 23 partidos, es de lo poco salvable de una campaña en la que el Atleti acaba octavo en la Liga y recibe un 8-1 ante el Barça en las semifinales de la Copa del Generalísimo. Y en la campaña 53/54 la situación cambia poco y es el extremo palmero el encargado de sostener a un conjunto que sólo evita la promoción en la última jornada, tras ganar al Barça en el Metropolitano. Y que además padece la hegemonía de su vecino, un Real Madrid que acaba de fichar a Di Stéfano. Pero Miguel, titular indiscutible en todos los partidos, recibe la llamada del nuevo seleccionador nacional, Luis Uribarren, justo después de exhibirse en un apasionante derby en el Metropolitano, resuelto para los blancos (3-4) con un hat trick de Di Stéfano. El estreno internacional tiene lugar ante Suecia en San Mamés y, pese al empate final (2-2), recibe los elogios de la prensa.

Así, el célebre Carlos Pardo escribe en ElMundo Deportivo que en los extremos “hubo una casi realidad y un mito. Realidad no del todo aún lograda pero prometedora en Miguel, joven y rápido, la única nota positiva que se puede entresacar de este encuentro. Y mito el de un Gaínza que es ya todo un pasado, por glorioso que se quiera, en el fútbol español; pero no una realidad en el actual momento”. En cualquier caso, el futbolista canario repite presencia en los dos siguientes compromisos, ya de carácter oficial, en la decisiva eliminatoria ante Turquía, clasificatoria para el Mundial de Suiza 54. Entonces no se tenía en cuenta la diferencia de goles y la mínima derrota (1-0) en Estambul sirve para contrarrestar la goleada hispana (4-1) en el Bernabéu, en la que Miguel hizo el 3-1 tras recibir de Bosch y hacer la pared con Alsúa, “internándose en el área y batiendo al portero otomano con un tiro por bajo”. Y todo ello, “en presencia de Su Excelencia el Generalísimo y su egregia esposa”.

Y aunque Miguel no juega en el desempate de Roma ante los turcos, que al final es resuelto por la mano inocente de Franco Gemma, cuenta para todos los seleccionadores. Cuatro años después es fijo para Manolo Meana, que se estrena en el cargo con un 5-1 a Holanda en el Bernabéu en un choque en el que Di Stéfano y Luis Suárez debutan con España y se desata el entusiasmo de la prensa de cara a la clasificación para el Mundial 58. Mes y medio después, la selección empata en el mismo escenario ante Suiza (2-2) y se queda sin ir a Suecia. Miguel marca el segundo gol hispano tras recibir de Kubala, hacer la pared con Luis Suárez y superar la desesperada salida del portero helvético “con un disparo ajustado que da en la base del poste y acaba en la red”. El posterior triunfo (1-4) en Lausana no sirve porque Escocia acaba como líder de grupo.

Y el 19 de marzo de 1958, una vez que España se ha quedado sin opciones de acudir al Mundial y sirve de sparring a otros combinados, Miguel se despide de la selección tras una minigira por Francia y Alemania. Se va con 15 presencias como internacional absoluto, a las que suma dos como internacional B. Mientras, en el Atléti acumula excelentes prestaciones, pero sin títulos colectivos. Eso sí, lidera la transición rojiblanca en su regreso a los puestos de privilegio del fútbol nacional. Así, los colchoneros disputan la final de la Copa del Generalísimo de 1956, en la que caen (2-1) ante el Athletic tras un partido violento. Y pelean por la Liga 57/58 con el Real Madrid campeón de Europa. Miguel, que ya cuenta con el apoyo en la delantera de Collar o Peiró, marca 11 goles en 25 partidos, pero ve cómo se escapa el campeonato en la penúltima fecha tras un empate (1-1) con los blancos en el Metropolitano.

Eso sí, el subcampeonato da derecho al Atlético de Madrid a jugar la siguiente edición de la Copa de Europa… y está a punto de provocar la eliminación del Madrid en las semifinales, en las que fuerza un partido de desempate que se disputa en La Romareda (Zaragoza) y resuelven los blancos (2-1) con un gol de Puskas, paso previo a su cuarto entorchado continental. Al menos, Miguel se podrá despedir del Atleti con un título: la Copa del Generalísimo de 1960. Eso sí, tras jugar como titular todo el curso, no participa en el torneo del KO. Y ese verano se marcha a un Real Zaragoza que iniciaría su época dorada y que en ocho campañas no bajaría del quinto puesto en Liga, al tiempo que suma dos copas del Generalísimo y una Copa de Ferias.

Miguel rinde a un nivel notable en sus tres años en el Zaragoza (73 partidos y 17 goles, sólo en Liga) y en su último curso forma parte del germen de los cinco magníficos, al compartir equipo con Santos, Marcelino, Villa y Lapetra. Y aunque vuelve a ser titular durante todo el curso, se queda sin jugar la final de la Copa de 1963 ante el Barça, con triunfo final de los azulgrana. Pese a tener ya 36 años, aún acepta la oferta del Murcia para continuar un año más en Primera División. Tras la retirada, se convierte en entrenador y dirige a Getafe, Hércules o Atlético de Madrid, antes de regresar a La Palma, donde también entrenó al Tenisca y donde aún mantiene su espíritu de futbolista.

 

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