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Serrano, Moreno, modelos

Hay otro punto en el que la comparación de las trayectorias de Alfonso Serrano y Víctor Moreno convergen. Siendo generosos, ambos han mirado de reojo —si no le dieron la espalda— a la factoría de Geneto, donde reside el valor peor considerado del tinerfeñismo. El uno y el otro fueron igualmente desconsiderados con el término cantera y todo lo que significa, no tanto porque no se mostraran en público partidarios de proyectar al profesionalismo a algún jugador de las inferiores, que también, como porque se desconoce que hayan promovido el fichaje de ningún talento formado en la Ciudad Deportiva.

Serrano y Moreno tendrán sus motivos y, como corresponde al principio de jerarquía de cualquier organización, no sería exclusiva la responsabilidad de este desprecio, que es no solo hacia técnicos y futbolistas. Lo es también, y no sé si es peor, con el creciente presupuesto que destina el CD Tenerife a tratar de generar valor deportivo y económico a través del trabajo que cuelga de la supervisión de Sesé Rivero.

La corresponsabilidad con los dos últimos directores deportivos de la casa hay que compartirla, además, con la figura de un presidente que tampoco ha considerado la oportunidad de alimentar la primera plantilla con frutos autóctonos. El club hizo de la necesidad virtud en su última caída a la Segunda B, generó ingresos de casi 10 millones de euros con las ventas de los jugadores proyectados por Cervera y Medina, pero llegados mejores tiempos económicos volvió a olvidar su historia y tiró por la calle de la aparente seguridad de acudir a los mercados maduros.

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Los 300

El estado febril que viven el CD Tenerife y el tinerfeñismo viene muy bien para demostrar la utilidad de las redes sociales como herramienta para combatir el alcoholismo. Ponen en peligro esa figura tan nuestra del nota que se apoya sobre un codo en la barra mientras aguanta una garimba y pega a pontificar de esto y aquello, pero puede que saque de la bebida —o modere su consumo— a algunos de los que han cambiado el bar de la esquina por el uso compulsivo de alguna de las redes de lo que ha venido en llamarse social media. La cosa comenzó a comienzos del siglo con los foros, luego llegó Facebook y de últimas tenemos Twitter, un espacio que le puede al analfabetismo y al corrector ortográfico, en el que deponen excrecencias literarias y gráficas de cualquier asunto opinable, esto es de todos.

El CD Tenerife y su pequeño universo no es ajeno al éxito de Twitter. Gentes de toda condición —las más anónimas, las menos a calzón quitado— apuntan a culpables, proponen soluciones, insultan (mucho), insinúan (aún más) y, ya puestos, montan campañas de boicot. La referida a Miguel Concepción es todo un clásico sobre el que poco más se puede esperar: el presidente se irá cuando venda sus acciones, cuando le retiren el apoyo los que le sostienen o cuando se forme una nueva mayoría accionarial en la junta general. Vamos, lo que viene siendo habitual en cualquier sociedad mercantil.

La novedad en las campañas ad personam en el planeta birria la tuvimos esta semana con el pretendido intento de vaciar el Heliodoro ante el Tenerife-Albacete. Ideada desde el universo unga-unga, acompañada por la propia federación de peñas del club y jaleada por quienes confunden Twitter con el cayado de un pastor, pretendió, con escaso éxito, apuntar al presidente haciendo un vacío a los futbolistas. El éxito de la prueba se tradujo en 300 espectadores menos que en la cita anterior. Trescientos espartanos —así se sentirá alguno si le suena de algo la batalla de las Termópilas— que una hora después del 4-2 al Albacete debían andar atados de nuevo a la cerveza, mientras la red la ocupaban quienes les echaban en cara el fracaso del llamamiento. Trescientos irredentos y un chamán cambiando el paso para cantar la apuesta por la cantera de Rubén Baraja —la que no hizo López Garai, dicho sea— y los 301 partidos con gol de Suso, gloria bendita, oiga. Y olé.

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Las partes del todo

¿Qué necesita un futbolista para hacer bien su tarea? Dividamos la lista entre lo que debe poner de su parte y lo que deben poner a su disposición. En lo primero: aptitud, motivación, talento, condición física, destrezas técnicas, habilidades sociales para el trabajo en equipo, un cierto interés por la competición y los rivales, predisposición para el aprendizaje y aquello que no sé si se sigue llamando entrenamiento invisible (alimentación cuidada, descanso regular, evitar actividades de riesgo y los tres noes: fumar, beber alcohol y trasnochar).

Entre lo segundo: un conjunto de jugadores adaptado a los objetivos de la temporada, cobrar adecuada y puntualmente, disponer de preparadores y medios de entrenamiento capaces y suficientes, viajes que permitan el descanso previo al partido. Y, en el caso de la competición de élite, un apoyo ambiental que eleve la autoestima.

Cumplido más o menos todo lo anterior, añadamos lo que pone el rival —y lo que da o quita un arbitraje—, los frutos del azar de los postes, los resbalones y las caídas —si es que existe el azar porque, como recordó Lasso, todo lo que pasa conviene—mézclese, cocínese y repártase en 42 partes proporcionales a las jornadas en las que se divide la Liga de Segunda División.  Mediado cada mes de junio conoceremos para qué da el guiso.

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Igual, quizás

Igual es que Ortolá hace bien muchas cosas pero no para penaltis; igual es que jugamos sin Milla; igual es que a Bermejo —el mejor fichaje de Moreno— lo tenemos lesionado hace semanas; igual es que Alberto como central solo es un opción para emergencias; igual la fatalidad se cebó con Nahuel (Omiliani) cuando apuntaba a ser el nuevo lateral izquierdo; igual alguien debió reparar en que Héctor era pájaro en mano; igual la mejor versión de Malbasic es con un equipo de líneas juntas que espere atrás y juegue al espacio, o la mejor versión del equipo sea sin este Malbasic; igual fue un error no apostar por Dani Gómez desde agosto; igual jugar con Lasso de ocho y un solo pivote cunde más, o sin Lasso y tres medios defensivos, también; igual Nahuel (Leiva) es un remedo de Uli Dávila, igual de lo Shashoua y Moreno es como cuando Serrano descubrió a aquel chico tanzano del que nunca volvimos a saber. Igual…

Igual es que el sistema de Garai, el de Rivero o el del Baraja —que está por verse— sea lo de menos si los jugadores que tienes no son los adecuados; igual sea que ya no se ficha —porque hubo un tiempo que sí—ponderando la calidad personal y la capacidad de implicación de los futbolistas; igual para un club como éste hace falta un director deportivo con más recorrido y mejor valorado en el planeta fútbol; igual el citado o alguien con capacidad de decisión no ha reparado en que tenemos en Geneto más jugadores preparados de los que pensamos; igual el famoso vestuario no da una voz para convenir en que esto solo lo arreglan ellos; igual nos olvidamos de que para unos esto es solo su trabajo y para el resto una pasión que no entiende más que de fidelidades perpetuas. Igual…

E, igualmente, podría ser mejor que Concepción velase por sus acciones mediante presidente interpuesto; como igual de todo lo dicho tengan la culpa quienes estuvieron siempre y no los que han sido aves de paso; igual es mejor cambiar todo para que nada cambie; igual es que no nos hacen caso a los periodistas que sabemos de esto y aquello (gestión empresarial, fútbol, recursos humanos, medicina deportiva, marketing o comunicación corporativa) y nos empachamos con sentencias y jaculatorias.

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Lecciones de un sábado

El Tenerife-Almería nos dio una colección de bofetadas con los detalles. Tuvo un par el rival, de extrema calidad tras errores locales, para hacerse con la victoria, tuvo unos cuantos más para apuntillar antes del innecesario 1-3 y tuvo el Tenerife, enfrente, un rosario de remates y ocasiones para aspirar a llevarse el partido. El balance es el propio del estado de cada equipo: uno va embalado al ascenso y el otro está para apañarse con la permanencia, a la espera de lo que nos traiga el mercado invernal.

Entre tanto, más detalles. El cambio de Malbasic por Alberto, un ataque de entrenador en el buen sentido, tan evidente que solo cabe celebrarlo por lo inédito en el tiempo que precedió a Sesé Rivero. El técnico interino, imagino que a sabiendas de lo efímero de este muerto que le cayó, cambió el medio juego —y el color del partido– colocando a Lasso de 8 para romper la línea del Almería. Y con la segunda oportunidad de Elliot demostró que hay muchachos de la cantera que igualan a ciertos profesionales. Puede que no lo hagan mejor; peor, tampoco. La primera aparición del otro Jorge, al cabo, es un mensaje de despedida: “valoren y premien lo que tenemos en Geneto”. Cuando se marche Moreno, claro, y si no traen a otro Moreno, por supuesto.

La lección que debe aprenderse del paso fugaz de Rivero nos devuelve al tiempo de Cervera, última vez en la que se apostó por la producción propia frente a la mediocridad que solo salvaron —entre los pocos— Carlos Ruiz o Aitor Sanz, gente, por lo demás, a la que debería hacerse un hueco en su futuro como exfutbolistas para que expliquen a los que deciden —dentro y fuera de la casa—qué es la identidad y por qué es oxígeno para el CD Tenerife. Si con estos, Julio Durán, Ricardo León, Alexis Suárez, Quique Medina o Cristo Marrero no nos sale una dirección  deportiva, es que el fútbol no es fútbol.

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Puede que solo un paréntesis

El CD Tenerife tomó resuello en Gijón cuando los birrias de corazón nos agarrábamos a la simple fe y los del “cuanto peor, mejor” afilaban la lengua sin miedo al envenenamiento. A uno, la fe le alcanzaba para poco si se asomaba al balcón de las redes sociales, esa enorme barra de bar que ha permitido el encuentro orgásmico entre los opinólogos profesionales y la legión de ofendiditos por todo, soldados del “a mí no me engañas”.

Así que al volver al mundo terrenal te asomaban las dudas. Dudas por la inexperiencia de Sesé Rivero en la conducción de un grupo de profesionales, dudas por la respuesta de los futbolistas en Gijón y desconocimiento, otra vez, por la ausencia de una portavocía en el tinerfeñismo, inexistente desde el añorado tiempo en el que Tomás Pacheco ponía cara y verbo a la opinión del club.

Las dudas, fútbol es fútbol, se resolvieron por los detalles que pueden a la globalidad de los números, el caché y los sistemas. Aquí el VAR y un penalti, allí ese Suso que nunca falla y luego la descarga de saberse tanto o mejor que un rival en inferioridad.

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No cuenten conmigo

No cuenten conmigo para cortar cabezas. Sé que a algunos es eso lo que les pide el cuerpo. Y me consta que a otros muchos es eso lo que les reclama un bolsillo generosamente subvencionado por aquellos que piensan eso de “cuanto peor, mejor”. Allá cada uno con su impaciencia o su conciencia, pero no cuenten conmigo para sumarme a esta bacanal de sangre que pide servir en bandeja de plata las cabezas de Aitor Sanz, de Sipcic, de Moore, de López Garai, de Víctor Moreno o de Concepción. O la de la señora de la limpieza, si se tercia.

No cuenten conmigo para cortar cabezas porque no creo en las crisis prefabricadas que obedecen a intereses espurios ni en las artificiosas sensaciones de fracaso absoluto que se pretenden dibujar alrededor del Tenerife. Entiendo que, por convicción o por dinero, haya gente que reclame la urgencia de un relevo en las alineaciones, el banquillo, la dirección deportiva o la presidencia. Y que proclame a gritos el advenimiento del apocalipsis si no se llevan a cabo de forma inmediata sus exigencias. Ladren con rabia, pero no me pidan que me sume a su histeria.

Y no se preocupen. Ya les digo yo que mañana saldrá el sol aunque Aitor Sanz, Sipcic y Moore vuelvan a jugar con la blanquiazul, López Garai continúe en el banquillo, Víctor Moreno siga en su despacho y Concepción se siente en el palco del Heliodoro. Y pasado mañana también volverá a salir el sol. Y no sólo eso, sino que el Tenerife seguirá compitiendo. Ganando, empatando o perdiendo partidos, pero compitiendo. Como lo hizo el viernes en Girona contra la adversidad y el arbitraje, aunque a algunos les interese ocultarlo por aquello del “cuanto peor, mejor”.

Porque con aciertes o errores en el palco, los despachos y el banquillo, lo cierto es que, sobre el césped, el Tenerife compite. Y no es un equipo roto que vaya a la deriva. Es un equipo mejorable desde los despachos o el banquillo, pero que tiene un déficit de puntos que obedece a la continuidad de una serie de errores de valor gol cometidos por los futbolistas de forma puntual. Y de forma involuntaria, que, llámenme ingenuo, pero un servidor tampoco cree en contubernios entre jugadores para 'cargarse' a un técnico, un director deportivo o un presidente.

Sé que el Tenerife lleva siete jornadas sin ganar y que roza la zona de descenso. Y sé cuáles son las reglas por las que se mueve el fútbol español, más aún en una categoría tan peculiar como la Segunda División. Y quizás por eso me gustaría que, por una vez, mi equipo avanzara en una dirección contraria a la que se mueve el rebaño. Y ante las dudas lógicas que generan los malos resultados respondiera reforzando la confianza en el proyecto 19-20 del que, lo repito, el autor de este texto es un ferviente creyente.

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Luna nueva

“Lo bueno de esto es lo malo que se está poniendo”. Compañeros coetáneos atribuyen la frase a Alfonso García Ramos, entonces director del desaparecido periódico La Tarde, para resumir su opinión en los días de la agonía de Francisco Franco en 1975. La Tarde sufría aquel noviembre la ira del censor, pero García Ramos —algunos de cuyos artículos de la sección Pico de águilas siguen siendo, medio siglo después, de una insultante actualidad— veía el vaso medio lleno, adivinando el tiempo nuevo que se abriría a la democracia.

García Ramos nos dejó una novela impagable sobre las islas de la posguerra (Guad) y, supongo que, sin quererlo, una máxima (“Lo bueno de esto…)  —puede que apropiada de otro autor— que bien valdría como lema de trabajo para quienes intuyen que este es su momento para provocar un cambio en la dirección del CD Tenerife. A lo malo contribuye, con puntualidad repetida, otro otoño gris al que se llega con la sensación de que la temporada solo reservará la lucha por una permanencia agónica, mientras ponemos en cuestión la capacidad del entrenador y la valía de la plantilla. Pronto, cuando le retiren la bula quienes lo pasearon como una suerte de nuevo Monchi, incluiremos en el debate al director deportivo, al que la falta de kilometraje le ha salvado de la comparación con Alfonso Serrano.

Lo bueno para los enemigos de Concepción es lo enunciado, un equipo con crédito menguante que ya empieza a perder partidos por hechos atribuibles a la fatalidad: una lesión en el calentamiento, otra durante el juego, una tarjeta roja y esa ocasión que hasta el tipo más torpe haría gol. Nada nuevo en las historias del fútbol alrededor de los equipos tocados por la desgracia, un “Si esto o si lo otro” que no mueve el resultado, pero reconforta la penitencia.

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Historia de dos realidades

El Tenerife-Huesca deja dos realidades. Una es la vivida en el Heliodoro, donde casi diez mil personas apoyaron de forma mayoritaria –y me dio la sensación de que con más entusiasmo que en ocasiones precedentes– a su equipo, aprobaron la primera mitad realizada por el conjunto blanquiazul, se disgustaron con el paso atrás que dio el grupo tras el descanso, se enfadaron con algunas decisiones incomprensibles del árbitro y sufrieron en los minutos finales, después de que una irresponsabilidad de Mazán dejara en inferioridad numérica al colectivo que dirige López Garai. Y se fueron a casa moderadamente satisfechos con el fútbol realizado, pero siendo conscientes de que el punto sumado es insuficiente para alejarse de la zona de descenso.

A esos diez mil componentes de lo que, con total incorrección lingüística, podría llamarse 'realidad real', que seguro se acerca a lo vivido en muchos de los hogares tinerfeños que siguieron el partido a través de la televisión, se une una 'realidad publicada', creada a través de opinadores profesionales, tuiteros sospechosamente activos, perfiles falsos, frustrados eternos, escribidores a sueldo y demás fauna, encargada de convertir el entorno blanquiazul en un estercolero durante todo el año, poniendo la diana en el césped, el banquillo, los despachos o el palco en función de los resultados y/o de los intereses. Y que transmite la sensación, sobra decir que alejada de la realidad, de que el Tenerife es un completo caos en el que absolutamente nada se hace bien.

Uno de los argumentos más usados por el 'sector crítico' es ese de que “en mi trabajo, si me equivoco tanto como xxxxx [aquí iría el nombre del jugador, entrenador, profesional o dirigente al que se desee despellejar], ya estaría en la calle”. Y no, querido amigo tuiero, opinador o escribidor a sueldo, no es así: usted se equivoca mucho más en su trabajo –si lo tiene– y no pasa nada. Jamás lo reconocerá y se justificará en la ineptitud de jefes, empleados o compañeros, en la coyuntura económica o en el mal tiempo... pero la inmensa mayoría de las personas nos equivocamos más en nuestros trabajos –o al menos lo mismo– que los jugadores, técnicos, profesionales y dirigentes del Tenerife. Y no estamos sometidos al escrutinio que ellos soportan.

Porque la realidad es que fuera del deporte profesional, y en especial del fútbol, los proyectos no se examinan cada semana. Y en ninguna empresa se exigen cambios drásticos en su rumbo en el primer o segundo mes de funcionamiento de una nueva dirección. En las grandes multinacionales o en las pequeñas y medianas empresas no se cambia de consejero delegado o de encargado cada tres semanas en busca de “mejores resultados”. Porque la 'realidad real' es que, fuera del fútbol y fuera del Tenerife, cada vez que se inicia un proyecto, además de no haber una masa vociferante detrás que dificulta la buena realización del trabajo, se da un amplio margen de maniobra, rara vez inferior al año, para ver si funciona. Y en la política, ya se sabe, el margen es de cuatro años.

Y sí, ya sé que en el mercado laboral existe la figura del 'trabajador a prueba', pero habitualmente, más allá de los contratos basura de hasta un día de duración, el examen se prolonga durante un mínimo de tres a seis meses... sin que nadie, como ocurre en el Heliodoro, al primer día de ver a un nuevo jugador sobre el césped, ya sentencie eso de “no es jugador p'al Tenerife”. Y sí, también soy consciente de que la leyes del fútbol moderno hace tiempo que están escritas, pero me gustaría que antes de criticar a todo lo que huela a blanquiazul, reflexionemos de verdad si en la vida real, en nuestra vida real, aplicamos con nosotros mismos el elevado nivel de exigencia que le obligamos a cumplir a jugadores, técnicos, empleados y dirigentes del Tenerife.

P.D. Me duele la indolencia que detecto en algunos futbolistas del Tenerife, entiendo que no es bueno para la convivencia del grupo el exceso de sinceridad que exhibe López Garai en algunas ruedas de prensa, me molestan las ínfulas con las que se mueve en ocasiones Víctor Moreno y creo que, pese al buen trabajo global de Concepción y su grupo, el desgaste de más de trece años haría conveniente un relevo en la presidencia de la entidad. Pero dicho esto, y pueden llamarme loco, creo en el Tenerife 19-20, un proyecto que con tiempo y confianza –y algunas correcciones– puede dar muchas alegrías a los seguidores blanquiazules. Y sí, aunque ahora suene a herejía decirlo, puede llevarnos a Primera División.

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Dulce agonía

Sostiene Juanjo Ramos en Twitter que el CD Tenerife vive una especie de dulce agonía del proyecto que ha construido alrededor de López Garai. “No hay falta de compromiso, ni se ve muerto al equipo. Pero no gana y pasan las jornadas entre elogios del rival y esperanzas rotas”. Como casi siempre ha sido, coincido con el compañero. Cumplido el primer tercio del campeonato, el balance del primer proyecto entero de Víctor Moreno es tan insípido como desconcertante el rendimiento del equipo y de su entrenador, capaz de un par de victorias demoledoras como de conceder puntos generosamente.

Este Tenerife del otoño propone mucho, pero engancha poco, alarga el campo para hacer suyo el juego con balón, mientras se descubre con aquella sábana de Jorge Solari que no daba para todo el cuerpo. Descubre carestías —la más asombrosa, la de laterales con un mínimo de solvencia para una liga profesional, excepción de un mejoradísimo Luis Pérez— y descubre, algo aún más preocupante, la sensación de que el entrenador también está en proceso de adaptación al ecosistema del tinerfeñismo y al propio de la competición. Lo uno podría disculparse, lo otro solo sería un aviso de crisis venideras ya conocidas.

Puede que nadie haya explicado a Moreno o a López Garai la particular forma de ver las cosas que tienen en esta isla los birrias más ruidosos, prestos a personificar todos los males del club en la persona del presidente. Si deja hacer, como es el caso, porque da hilo; si no, porque equivocó la elección. Haga lo que haga Concepción, al director deportivo le salva, por ahora, su juventud blanquiazul, poco tiempo para colmar de cadáveres el armario.

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