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Año Económico Nuevo: demasiadas tareas pendientes

Después de la cumbre de Washington no se ha tomado ni una sola disposición tendente a resolver el problema financiero de base. Allí se dio barra libre a los gobiernos para que adoptaran medidas presupuestarias expansivas pero ni siquiera las tímidas resoluciones tendentes a proponer algunos cambios de forma en las finanzas internacionales se han concretado, y mucho menos, las más profundas que pudieran evitar nuevos ramalazos y desastres (como los que con seguridad van a volver a producirse).

Como en cierta medida era previsible, los gobiernos concernidos en los compromisos de aquella reunión no han dado paso alguno para proponer medidas que supongan cambios profundos, al menos, que se sepa. Y si es que lo estuvieran haciendo cabría sospechar sobre su naturaleza cuando nada ha trascendido a la opinión pública.

En general lo que parece predominar es un esfuerzo orientado a evitar que la gente sea consciente de los mecanismos que han saltado por los aires, del daño profundo que ha generado la banca, de su fracaso absoluto y del robo ingente que se ha llevado a cabo delante de las narices de todos los reguladores y autoridades monetarias y gubernamentales. Anteponen la paz social a cualquier intento de reforma que necesitara hablar claro y, sobre todo, a poner sobre la mesa con nitidez los problemas reales que padecen nuestras economías.

Esa inacción tan peligrosa y sorprendente tiene varias causas.

Por un lado, la falta de liderazgo efectivo, tanto en Estados Unidos (pendiente de lo que finalmente haga Obama) como en otros lugares del mundo, en la Europa disipada y en la América Latina confundida y a la expectativa.

Por otro, el gran poder de los responsables de la crisis, los bancos y las grandes entidades financieras que están tratando de que se disimule y oculte lo más posible lo que ha sucedido.

Y finalmente porque en este momento no tienen ideas alternativas, ni cuerpo teórico que justifique lo que pudieran hacer, toda vez que se ha demostrado que la religión liberal que han profesado y profesan los poderosos y sus acólitos es el gran fiasco, el mayor engaño intelectual de toda la historia del pensamiento humano.

La cuestión estriba en que si no se adoptan pronto soluciones habrá más bancos en situación delicada, más efectos dramáticos sobre la economía real y mayores riesgos sistémicos en los próximos meses. O se ponen las pilas con rapidez o seguramente vivamos en todo el mundo dos primeros trimestres de susto, de vértigos y de grandes rupturas en 2009.

La Unión Europea tampoco ha hecho sus tareas. O, más bien, solo ha hecho (como desgraciadamente ha ocurrido tantas veces en los últimos años) las tareas que conviene a los grandes poderes y empresas. Renuncia a la coordinación efectiva, carece de ideas, de liderazgo, de proyecto social y de atractivo ciudadano. Incapaz de proponer medidas de choque que sean asumidas con disciplina por los respectivos gobiernos, la Comisión se limita a ser un vergonzoso lobby al servicio de los intereses financieros que han hecho de la Unión Europea un traje de su exclusiva talla. Y el Parlamento, un telonero que solo saca la cabeza de vez en cuando y generalmente de manera simbólica.

Lo deseable sería que 2009 fuera el año de Europa, de sus propuestas en positivo, de su diligencia para coordinar respuestas de progreso frente a la crisis, capaces de resolver y de aglutinar, de encantar y de construir. Pero hay que ser mucho más que muy optimista para creer que eso será posible.

Y lo malo es que si Europa no despierta, si no consigue sobreponerse a sí misma y abrazar en firme los intereses de su ciudadanía, lo que se haga en el mundo, si es que algo se llega a hacer, no tendrá los necesarios contrafuertes, los contrapesos que garanticen que no solo las respuestas imperiales sean las que tengan sitio en la agenda planetaria.

En España quedan igualmente muchas tareas pendientes. Es verdad que tenemos las manos muy atadas como consecuencia de la dependencia cada vez mayor que sufrimos por nuestros compromisos financieros, políticos y monetarios con el exterior. Pero es que tampoco avanzamos todo lo que podríamos avanzar de cara a modificar nuestro modelo de crecimiento, las bases de nuestra actividad económica.

Es cierto que somos cada vez más dependientes porque cada vez tenemos menos recursos endógenos a nuestra disposición y que la creciente pérdida de disposición sobre lo nuestro que nos hace perder capacidad de maniobra nos hace más dependientes. Pero es que ni siquiera nos planeamos romper ese círculo vicioso, quizá, porque es lo que desean los poderosos que se enriquecen con esa lógica.

Vamos a vivir un año decididamente difícil pero no conviene que nos engañemos: lo malo no será la crisis que nos viene dada sino nuestra incapacidad o nuestra falta de voluntad y de decisión para afrontarla de modo que alumbremos un horizonte diferente al que nos la ha traído.

*Juan Torres López es catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla y articulista en El Plural

Juan Torres López*

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