César, el salvador

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En esta época en la que vivimos el caballero “don dinero” es el protagonista. El materialismo pulula a sus anchas apoderándose de nuestras mentes, como si estuviéramos poseídos y no tuviéramos capacidad de raciocinio, y es que, tristemente, esta es nuestra realidad.

Cuanto más dinero tenemos, más queremos. El ser humano es insaciable. Destruye todo a su conveniencia. Y todo ¿para qué? Por un trozo de papel (ahora simples bits de información) que en realidad no tiene ningún valor más que el que nosotros le otorgamos.

Desde que llegaron los vuelos charter a Canarias en la década de los 60, fletados de turistas cargados de billetes, las Islas han pasado de ser un lugar idílico ha convertirse poco a poco en un hotel gigante. La situación ha continuado y actualmente estamos dejando agonizar a la naturaleza, solo para que unos pocos señores trajeados vivan bien a nuestra costa.

Afortunadamente existen, y existieron, mentes brillantes que se resistieron al contagio del “virus del oro” y se centraron en reivindicar y explotar la faceta artística de nuestra especie. Visionarios que dieron un mayor protagonismo a la naturaleza, tratándola con respeto y amor, hasta tal punto de llegar a convertirla en su musa.

Este fue el caso de César Manrique, un artista que transformó su hogar, Lanzarote, en una obra de arte. Manrique, fue sin duda alguna, un gran visionario. Una persona única (de esas que hacen recuperar la fe en la humanidad), que supo apreciar la belleza que esconde la naturaleza.

Él, siempre estuvo en contra, de la masificación turística. Siempre interpuso la visión artística al dinero. Era el primero, el que encabezaba las manifestaciones en contra de la construcción de “mamotretos” o, también llamados, complejos residenciales para turistas.

El episodio más sonado fue hace 24 años, cuando Manrique intentó parar, junto a la asociación ecologista “El Guincho”, la construcción de un hotel ilegal en la playa de Los Pocillos, en el municipio de Tías. A esta heroica hazaña se unió el tenor grancanario Alfredo Kraus. Un acto que, si se lee entre líneas, puede ser interpretado como de amor y protección entre el arte y la naturaleza. De esta forma se manifestó la relación tan fraternal y mágica que siempre ha existido entre ambos conceptos.

Me entristece que las generaciones más jóvenes apenas conozcan todo lo que hizo César Manrique y el beneficio que produjo para la isla. Aquellos que protestan y reclaman a los cuatro vientos que las administraciones tomen cartas en el asunto del cambio climático (algo que sin duda hay que hacer) deberían pararse a pensar en lo afortunados que son de tener unos paisajes como los de la isla conejera.

Si él hubiese estado vivo, estoy convencido de que Greta Thunberg quedaría fascinada ante su amor y pasión por lo natural. Su mayor virtud era el aprovechamiento de los recursos naturales para crear arte y colorear el entorno para despertar emociones.

César fue un protector de la naturaleza, un adelantado a su tiempo que creó maravillosas obras en su isla natal. Los Jameos del Agua, es para mí, la joya de su palmarés arquitectónico. Al entrar a este lugar aparece una carga de sensaciones y emociones positivas. Piénselo un segundo.

Respiras y sientes naturaleza. Conectas con ella. César ha conseguido su propósito.

El Jardín de Cactus es también una majestuosidad natural. Una prueba irrefutable de que el arte y la belleza puede estar presente en los paisajes más áridos y secos. Pero la mayor muestra de fusión entre naturaleza y la actividad humana se encuentra en ella restaurante El Diablo, ubicado en el Parque Nacional de Timanfaya. El local en sí mismo es una obra de arte, que aprovecha las vistas rocosas y el paisaje volcánico para adaptarse al entorno. Tanto es así que la parrilla del restaurante es el propio volcán. Así se aprovechan los recursos que brinda el medio natural sin romper su estética.

Todo eso demuestra la creatividad inmensa y la genialidad de César Manrique, un hombre que construyó y transformó sus propias viviendas obras de arte, para conectar y experimentar la naturaleza en primera persona. Su casa de Tahíche (que ahora es la sede de la fundación que lleva su nombre) es un refugio natural que invita a reflexionar a todo aquel que la visita. Su casa de Haría también tiene un significado especial y demuestra la importancia de la naturaleza; un pilar fundamental para Manrique, y que queda perfectamente reflejado en cada una de sus obras.

Hizo ver a todo un pueblo lo imprescindible que es el entorno. Por eso es un ser humano excepcional. Gracias a él aún se puede percibir la belleza en este mundo dominado por el consumismo y el capitalismo más salvaje.

La naturaleza es lo único que sobrevivirá. El ser humano está aquí de paso. Este planeta es de la naturaleza, de los árboles, del agua y de las rocas. Por eso debemos admirarla, comprenderla, sentirla y respetarla. Eso es algo que César comprendió y trasladó a sus obras.

Debemos darle mayor importancia a personas como estas. ¿Por qué no escuchamos hablar de él? Deberíamos estudiar sus enseñanzas en los colegios. Porque siguiendo sus enseñanzas lograremos vivir en un mundo mejor. Dejemos de hablar de cosas banales y preocupémonos por cuidar y respetar nuestro entorno.

A veces basta con parar y reflexionar. La naturaleza es la vida. Ojalá las personas de hoy la aprecien y la amen tanto como César lo hizo.

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