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Palestina: un conflicto sin vencedores ni vencidos

Adrián Mac Liman / Adrián Mac Liman

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Conviene señalar que, pese a la condena del foro internacional, el ejército judío decidió proseguir el operativo en la Franja; las palabras de la Secretaria de Estado, que calificó la ofensiva de “acción de legítima defensa”, llevó el agua el molino del Primer Ministro Ehud Olmert. Por su parte, los grupúsculos armados radicales de Gaza optaron por mantener en jaque a los pobladores de las localidades fronterizas, haciendo caso omiso de las advertencias de los miembros del Consejo de Seguridad. Los contrincantes apostaron, pues, por la opción más intransigente: la violencia.

Sin embargo, tanto los israelíes como los palestinos saben positivamente que la lucha armada no constituye la solución del conflicto intercomunitario; no habrá, no puede haber vencedores ni vencidos en un enfrentamiento bélico.

En efecto, al analizar con detenimiento las distintas opciones que se plantean actualmente, se llega a la conclusión de que la retirada “unilateral” de Israel de la Franja de Gaza, estratagema ideado por el ex Primer Ministro Ariel Sharon, para tratar de neutralizar la creación de un Estado palestino en Gaza, Cisjordania y Jerusalén Este, ha fracasado. La idea primitiva consistía en separar los territorios y dividir a la población palestina. Sin embargo, la victoria de Hamas en las elecciones generales de 2006 y la toma de Gaza por las milicias islámicas en 2007 cambiaron radicalmente los datos del problema.

Las maniobras de la diplomacia hebrea encaminadas a provocar el cerco del Gobierno de Ismael Haniyye, su total aislamiento a nivel internacional y su más que deseado derribo, provocaron una oleada de simpatía hacia la dirección del movimiento tanto en la Franja de Gaza como en la mayoría de países árabes. Algunos analistas estiman que la apertura, el 23 de enero, de la frontera con Egipto, lejos de ser un gesto desesperado de un Gobierno obligado a cubrir las exigencias básicas de una población hambrienta, ha sido interpretada como una victoria política del Movimiento de Resistencia islámica.

Aunque es cierto que Hamas no está en condiciones de hacer frente al statu quo provocado por el prolongado cierre de las fronteras con Israel, es preciso reconocer que la intervención militar fortaleció la postura de los radicales islámicos.

En este encarnizado enfrentamiento, las dos partes persiguen objetivos distintos. Mientras las autoridades de Tel Aviv se han fijado como meta la derrota política y militar de Hamas, la caída del Gobierno Haniyye, y el desmantelamiento de las bases de misiles “Qassam”, los líderes del Movimiento de Resistencia Islámica tratan de aprovechar la oportunidad para asumir el liderazgo político frente a la población palestina, convirtiéndose en “el” interlocutor privilegiado de los israelíes.

El mensaje de Hamas es, aparentemente, sencillo: el Estado judío no puede hacer caso omiso de su presencia. El cese de los bombardeos debe negociarse con la plana mayor del movimiento. Es obvio que los artificieros de Gaza son capaces de producir artefactos explosivos cuyo radio de acción pasó de 1 kilómetro hace apenas unos años a más de 10 kilómetros. Según los estrategas hebreo, los “Qassam” podrían alcanzar próximamente una autonomía de alrededor de 30 kilómetros, convirtiéndose en una amenaza potencial para la ciudad industrial de Ashdod.

Hoy por hoy, los líderes de la resistencia islámica no parecen dispuestos a negociar, véase firmar, acuerdos con Tel Aviv, como lo hicieron en su momento los políticos de Al Fatah. Una posible, aunque de momento sólo hipotética tregua, se limitaría a un simple acuerdo verbal. Por su parte, el Estado Mayor del ejército israelí estima que un alto el fuego supondría un verdadero peligro para la seguridad del Estado, pues facilitaría el rearme de las facciones armadas de Gaza.

Detalle interesante: pese a la escalada de la violencia o, tal vez, a raíz de ella, el porcentaje de la población israelí dispuesto a aceptar la hasta ahora inconcebible negociación con Hamas es cada vez mayor. Según los últimos sondeos publicados por los rotativos de Tel Aviv, más de la mitad de los votantes del Likud se decantaría por el diálogo con el movimiento islámico. Quien no parece dispuesto a contemplar la negociación es el Primer Ministro Ehud Olmert, quien apuesta por un proceso “largo y doloroso”.

Sin embargo, los politólogos de Jerusalén y Ramala coquetean con la llamada “tercera vía”, es decir, con el restablecimiento de un marco de negociación global entre Israel ya la ANP, que facilitaría la elaboración de un acuerdo capaz de desembocar en la creación de otro Gobierno de Unidad Nacional en los Territorios palestinos. La condición sine qua non del éxito de dicho operativo estriba en la renuncia por parte de Israel al proyecto de borrar del mapa al Movimiento de Resistencia Islámica.

* Analista político internacional

Adrián Mac Liman*

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