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Agujeros tapados

Sin duda el día de la Lotería es el peor del año para los periodistas

Sin duda el día de la Lotería es el peor del año para los periodistas. Es el día en el que todo está escrito a pesar de que nadie conoce a priori el número del Gordo y de los otros premios menores, que en realidad parecen mayores cuando nos movemos en esas cifras tan elevadas durante épocas de vacas flacas.
 
Es un día aburrido, plomizo, interminable y plúmbeo. Muy pesado. Las reacciones de los agraciados es siempre la misma. “Me ha venido bien porque estaba mal de dinero y me va a servir para tapar unos agujeros”, dicen al unísono, da igual que toque en Haría que en Telde, en Santa Brígida o Teguise. Incluso da lo mismo que toque en Madrid.
 
La reacción de los que venden los números premiados es igualmente previsible y repetitiva. Se muestran contentos por haberlos vendido, pero a la vez están cabreados por no haberse quedado con algún décimo. Sobre todo para tapar agujeros. Unos y otros brindan con champán o cava, según sea la cuantía del premio. No hay mayor ordinariez que brindar por el vil metal. Cosa de nuevos ricos.
 
Es el peor día para la profesión, a no ser que te toque, pero claro para eso hace falta primero jugar. A mí, por ejemplo, jamás me toca porque nunca juego. Puede que sea demasiado ingenuo o un punto purista, pero el dinero que viene tan fácil no me parece limpio. La lotería es como un pelotazo, aunque no urbanístico, sino de la suerte. Como el conejo de los dibujos animados.
 
De hecho, estadísticamente es más fácil que haya un derrame de petróleo cerca de las islas que te toque el gordo. Aunque para Enrique Hernández Bento, una cosa y otra es lo mismo, por lo que lo imagino tan contento como el ministro, que seguro que ni ha comprado para el sorteo del Niño.

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