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Podría seguir con Aznar y su empeño patriótico de desacreditar al país fuera de él; con los silencios cómplices de Rajoy, que aspira a gobernar a pesar de ser incapaz de imponer un mínimo de seriedad a su partido; con Dolores de Cospedal, no menos especializada que Aguirre en lanzar graves acusaciones sin pruebas. Pero no es preciso buscar en montañas remotas porque aquí vamos servidos con la jeta de Soria.

Yo no sé si a ustedes, pero a mí me ha divertido la seriedad con que promete Soria austeridad si sale presidente de Canarias, Dios no lo quiera. Porque nunca ha demostrado conocer el significado de semejante palabro pues no se ha caracterizado, precisamente, por un quehacer político austero; salvo en evitar pagar de su bolsillo. Conocidas son las adquisiciones de coches oficiales de alta gama cada vez que accede a algún cargo. Como lo son los pagos a El Mundo y otros medios peninsulares para irse creando imagen en las Españas a costa nuestra; partidas éstas en las que no figuran los despilfarros en promoción de su imagen personal, que es la que es porque ni el mejor asesor en la materia puede hacer milagros. O los gastos en escoltas y en la bandera gigantesca para orientar pateras en la distancia; el mismo banderón que ahora defiende José Miguel Bravo, a pesar del peligro que es para el intenso tráfico de la Avenida Marítima y del considerable gasto de mantenimiento anual. Bandera que, por cierto, ya se cayó una vez provocando la inefable nota informativa por la que supimos que no cayó sino que se "deslizó hasta el suelo". Creía a Bravo más serio, qué voy a decirles.

Tampoco brilló Soria por su austeridad cuando pagó por La Favorita una cantidad muy superior a la que pedía por ella, como comisionista, Jorge Rodríguez, uno de sus hombres de confianza con una trayectoria tan poco ejemplar que podrá volver en breve a la política para ayudar a su protector a ser eso, austero. O cuando se mostró dispuesto, como consejero de Hacienda, a pagar sin rechistar la montonada de euros de Tebeto; lo que evitó, por suerte, Paulino.

No les cansaré con la conocida y reconocida trayectoria del personaje y las consecuencias de su gestión para las arcas del Ayuntamiento de Las Palmas y del Cabildo de Gran Canaria sólo apta para masocas. Sí insistiré en lo dicho: tiene más cara que un saco de las antiguas pesetas.

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