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Economía "colaborativa", desregulación y desguace social

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1. ECONOMÍA COLABORATIVA. VERSUS ECONOMÍA CONVENCIONAL

En los últimos tiempos, la Economía Colaborativa ha hecho su presentación en sociedad. Y lo ha intentado hacer a lo grande. Proponiendo que, por medio de la utilización de sus exclusivas propiedades colaborativas, infinitamente trasversales y fuera del mercado, iba a conseguir acabar con cualquier “poder de mercado” en las sociedades modernas y desarrolladas. Y casi se  sugería la entronización de una Arcadia feliz.

Y eso confronta con el capitalismo al uso. Recordemos que una de las principales características del capitalismo en que vivimos es su abrumadora potencia para forzar concentraciones  empresariales. Así, las fusiones, las uniones y las opas más o menos hostiles entre empresas, en cualquier sector productivo y en cualquier ámbito de actividad económica “madura”, son noticia diaria, cansinamente repetida y ambicioso objetivo más o menos perseguido por todos los gurús.

Esta conducta nos pone de relieve que, hoy, la estrategia empresarial óptima (acentuada a partir de la decana crisis que está reconfigurando el mundo), es la de crecer y crecer cada vez más; hacerse cuanto más grande, mejor. Es curioso que el sempiterno paradigma de ser la mejor haya pasado, por supuesto y sin declaración oficial, a segundo término. Y esta desconcertante paradoja solo puede entenderse desde el momento en que constatamos que solo las grandes empresas (y repetimos cuanto más grandes, mejor), son capaces de encaramarse a situaciones de “poder de mercado”.

Este cambio se produce por una sencilla y primaria razón: cuando se consigue esa posición dominante, el resto de las estrategias para allegar beneficios quedan relegadas a una situación marginal. Por lo tanto, la estrategia dominante es que hay que ser grande, intentar ser la mayor y, entonces, mantenerse. [La machacona cantinela de la internacionalización empresarial tiene ese trasfondo]

Esa imparable concentración empresarial ha llegado a un punto tal de poder, que los intentos de los gobiernos por meterla a viaje (caso de ser sinceros) se ven frustrados en la mayoría de los casos. Y por contra, son los propios gobiernos los que, con demasiada frecuencia, acaban transformándose en instituciones servidoras y subalternas. Es paradigmático el reciente caso de los créditos hipotecarios. Como se recordará, el Tribunal Supremo acaba de sentenciar (posterior embrollo aparte) que la constitución de hipoteca que exigen los bancos al conceder créditos para la compra de viviendas, tiene que ser costeada por quien la fuerza: la propia banca. Y ésta ha respondido con rapidez y contundencia y, en pocas horas, ha mostrado dos estrategias. La primera fue intentar revocar, en el mismo seno del Tribunal Supremo,  esa posible “doctrina” que afectaría de forma importante a sus beneficios. La segunda, la más relevante para lo que aquí interesa: la Asociación de Banqueros nos amenaza con que si se obliga a la banca a pagar esos costes, lo que hará de inmediato será repercutirlos en los créditos que conceda ¡Y santas pascuas! Y eso sí que es “poder de mercado” y lo demás son boberías.

2. LA ECONOMÍA DE LA COLABORACIÓN

Por eso, la propuesta de la Economía Colaborativa de que, si se la entroniza, está en condiciones de acabar con el “poder de mercado”, resulta enormemente atractiva.

Veamos. Su idea básica es ofertar una estrategia económica que consiste en sustituir los mecanismos convencionales del mercado por algo tan sorprendente como ¡el trueque!

Como sabemos, la esencia del trueque es la desaparición de cualquier intermediación y de la propia figura del intermediario, minimizando los costes de transacción y, anulando los costes monetarios. En román paladino: si yo tengo un bien (servicio) del que puedo prescindir y deseo otro bien (servicio) del que no dispongo, lo puedo resolver con el trueque. La tremenda dificultad estribaba en encontrar esa otra persona que sea mi perfecta complementaria (que tenga lo que yo quiero y desee lo que yo tengo).

Pero el trueque solo funciona en economías primitivas, porque con el desarrollo social se convierte en un auténtico engorro. Por eso, desde los inicios de la civilización, la formidable invención del dinero y la superación del trueque como medio de pago generalizable, tuvo una fuerza irresistible por su eficacia sin límites.

Pero ahora las cosas han cambiado. Con las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información y con las redes sociales, se puede afirmar que encontrar el otro complementario es perfectamente posible. En las redes de internet, levitando en nubes donde funciona la ley de los grandes números, (big data en la jerga) el atrabiliario trueque se torna en escenario plausible para intercambiar desde los bienes más corrientes hasta los servicios más complejos. Y, además, directamente y sin intermediario alguno. Ya nadie podrá esquilmarme ni tener “poder de mercado” sobre mí. Y, en determinados ámbitos, no necesitaré más nunca dinero. Incluso podré crearlo (bitcoin) al margen de la banca y eludir su “poder de mercado”.

Así, aparece la versión amable de la Economía Colaborativa. Si yo necesito que alguien pasee a mi madre por las tardes en su silla de ruedas y, además hablo inglés correctamente y, por otro lado, hay otra persona que tenga un rato libre por las tardes y le interese aprender inglés, el intercambio virtuoso se detecta con facilidad en las redes. Y los dos ganaremos.

Pero si analizamos ese trueque un poco, nos encontraremos con lo siguiente: a) no hay intercambio monetario, b) por tanto no se computará a la hora de evaluar la Renta Nacional (igual que por ejemplo pasa con el trabajo doméstico). c) se trata de lo que se llama “economía informal” y, sobre todo, d) no está regulado.

Y, justo por esto último, aparece la versión menos amable y más agresiva de la Economía “Colaborativa”. Veamos el proceso.

El tsunami de la globalización informática se encuentra con el humilde trueque, lo avasalla y lo transforma en profundidad. Así, en una primera etapa, le facilita tanto las cosas y le amplía de tal modo su campo de acción, que el trueque “se hace viral” y ocupa espacios cada vez mayores. Pero, en sus inicios, las transacciones se siguen manteniendo fuera del mercado y sin regulación alguna. [Un ejemplo para recordar algo que tuvo enorme fugacidad. “Tengo una casa en Tacande pero quiero pasar mis vacaciones en Nueva York. Por internet detecto una familia neoyorquina que le encantaría veranear en Tacande. Acordamos y hacemos el intercambio. Sin más. No hay ni contrato ni precio, solo trueque.”]

Esta fórmula apenas duró lo que los mercados tardaron en detectar que, con rapidez y cada vez más, estos trueques se generalizaban. Y se dieron cuenta que había un montón de demandas y un montón de ofertas ¡sin mercado! Eso no podía permitirse. Así, que se constituyeron en mercado (Airbnb, Cabify… son exactamente eso: mercados), transformaron los trueques en contratos, y apresuraron los precios. 

Eso supuso un intento de transformar el mundo civilizado. Porque lo más importante era garantizar la no regulación de todas estas transacciones. Esa era la clave para que los famosos mercados (o sea el Capitalismo de toda la vida) incrementaran su ya vigoroso “poder de mercado”.

[Hagamos un pequeño paréntesis con el binomio regulación-desregulación. El mundo que conocemos y que, con frecuencia llamamos Civilización Occidental, está organizado y edificado sobre leyes. (Solón, Pericles y la magna obra del Derecho Romano, constituyen sus sólidos cimientos).  Hasta el punto que también decimos que estamos concebidos como Estados de Derecho. Y con esto queremos recordar que, por medio de las leyes se construye la Civilización. Con una importante aclaración, las leyes no pueden ser impuestas por ningún sátrapa ni dictador, tienen que ser aprobadas por los ciudadanos. Por eso hay que añadir que la Civilización se basa, en la etapa de los Estados Nacionales, en Estados Democráticos de Derecho]

3. LAS DESREGULACIONES: EL COLAPSO DE LA CIVILIZACIÓN

A lo largo del tiempo, las sociedades han ido transitando hacia la Civilización  mediante acuerdos, resolviendo de esta manera los principales conflictos de intereses que se iban presentando. De forma violenta o pacífica, con urgencia o con parsimonia, según las circunstancias sociales históricas. Y esos acuerdos fueron cristalizando en leyes y normas, unas de menor rango y otras superiores, ocupando el último nivel las Constituciones.

De esta forma  se fue construyendo una tupida malla de leyes para regular los principales comportamientos sociales. Y, con mayor o menor justicia y eficiencia, se fueron consolidando las normas con que los ciudadanos pueden ejercer sus derechos y deben cumplir sus obligaciones. Y así se va construyendo la Civilización. De forma que ésta no puede existir sin aquellas.

El paciente lector, si ha tenido la generosidad de llegar hasta aquí, se preguntará por qué repito lo que todo el mundo sabe. Intentaré explicar que lo hago para enfatizar lo que supone la acción de “Desregular”. Que no es cambiar las leyes para mejorarlas de acuerdo con los intereses del Común. Es abatir leyes y derogar normas para crear vacíos. Con la plena intención de crear espacios abiertos para que, sin el resguardo de normas civilizadas, se despliegue el despiadado darwinismo social. Es cierto que la argumentación que se intenta usar es muy otra y es que con ella se trata de ampliar libertades, para que los individuos “no se vean sometidos a una maraña de opresivas, absurdas y burocráticas obligaciones”.

En cualquier caso, es justo lo que viene ocurriendo en la actualidad en dos sectores de sobra conocidos: viviendas vacacionales y taxis.

Eso sí, con una particularidad. En una primera fase, no es que se desregulen actividades. Es que, con las infinitas posibilidades que abre la globalización informática, lo que se hace es eludir las leyes, escaparse de su cumplimiento y quedarse al pairo. En la sombra, sumergidos e “inexistentes”. Fuera de la ley.

3.1.VIVIENDAS VACACIONALES COMO OFERTA TURÍSTICA

La situación es la siguiente. De una parte, nos encontramos con la convencional oferta turística regulada, con sus obligaciones territoriales, urbanísticas, medioambientales, laborales, fiscales… En esa situación se debe reflejar, con mayor o menor fortuna, un cierto equilibrio de los contrapuestos intereses en presencia. De forma que se cumplan las normativas, se generen salarios y beneficios y se pague al Fisco.

Si, en ese marco tradicional, aparecen grandes trasnacionales como Airbnb, HomeAway o cualquier otro “portal-mercado”, de esos que con increíble rapidez han conseguido establecerse en más de 30.000 ciudades del mundo, la situación se transforma del todo, muta. Una parte ultracreciente del negocio turístico queda en la nube informática y el sector reglado sufre un duro golpe.

No entro ahora en el tema de la gentrificación, ni en el acoso que los nuevos “nómadas” ejercen sobre los residentes tradicionales de las ciudades. Ni el impacto sobre los precios y los alquileres de las viviendas. Es un tema, por lo conflictivo, bien conocido.

Solo comentar el impacto sobre el turismo. Se trata que las viviendas vacacionales ofertan “plazas turísticas”, sin tener que cumplir, en la práctica, el conjunto de las obligaciones del sector. Están en economía sumergida y no crean empleo. Porque “milagrosamente”, coinciden: a)un propietario que defiende que “yo con mi casa hago lo que me da la gana...” y b)un nómada que se jacta del “yo me lo hago solo...”

En cualquier caso hay varias consecuencias perversas: acoso a residentes; no generación de empleo en comparación con el sector reglado; economía en “b”; y, sobre todo, lo que se oferta es “turismo” sin servicios, que son los únicos que aportan calidad y empleo. Y esto constituye lo más negativo de las Viviendas vacacionales, porque apuestan justo por lo contrario de lo que todo el mundo propone: que el turismo canario alcance la excelencia mediante una mejora continuada de su calidad y empleo.

Por su parte, los defensores de este tipo de actividad turística, la defienden como la única forma que la “ciudadanía común” alcance a beneficiarse directamente de los beneficios turísticos y estos no se queden en exclusiva en manos de los hoteleros. Pero si analizamos su propuesta, lo que en el fondo están reclamando es que rentas del capital (alquileres de pisos o habitaciones) sustituyan a rentas del trabajo (empleo turístico). Y con la consecuencia de ir en contra de lo que todo el mundo anhela: empleo digno y de calidad.

Es cierto que, en los últimos tiempos, algunos comienzan a inscribirse en registros habilitados, transparentan en parte sus ingresos y mejoran su oferta.

3.1.2. TAXIS

El servicio público de taxis es uno de los más antiguos. Cuenta con tarifas reguladas municipales. Y los taxis tienen que disponer de licencias que conceden los municipios en función de determinadas características.

Y es justamente en este sector donde están apareciendo empresas privadas transformadas rápidamente en trasnacionales (Cabify, Uber…), que ofrecen los mismos servicios que los taxis públicos, pero sin someterse a ninguna de sus regladas obligaciones. No tienen tarifas fijadas, sus precios son libres y el acceso a la actividad lo deciden las empresas.

En una primera fase, los VTC (Vehículos de turismo con conductor), eluden cualquier reglamentación y aparecen compitiendo de forma descaradamente desleal con los taxis de servicio público. Así se entiende la dura conflictividad en las últimas fechas que sigue sin resolver.

4. LAS DOBLES REGULACIONES. LA COHABITACIÓN

Hay una primera fase, por así decirlo de “sorpresa” (tanto en el caso de las Viviendas vacacionales (Vv) como en el de los taxis), en la que los nuevos actores entran sin más a ejercer la actividad, eludiendo la totalidad de las reglamentaciones. En estas circunstancias no es necesaria ninguna Desregulación, simplemente actúan como los viejos “piratas” (no los bucaneros, sino los del transporte por carretera de toda la vida), eso sí, generando graves problemas. Y es tal el grado del conflicto que, lo que suele ocurrir, es que estos nuevos actores fuercen a las correspondientes autoridades para llegar a improvisados acuerdos para intentar “convivir”. Y se propone establecer una cohabitación entre las dos realidades diferenciadas. En el caso de las Vv tienen que darse de alta en un registro especial y tienen que cumplir determinadas obligaciones (eso sí, nunca en relación con la creación de empleo). En cualquier caso, el grado de tensión social que produce es de tal envergadura que muchos Ayuntamientos (Barcelona, Palma, Madrid, Valencia…) han comenzado a cerrar y prohibir determinadas Vv. Con la finalidad de defender a los residentes, sus condiciones de vida, su permanencia en sus viviendas de toda la vida, etc. En el caso de los taxis, se intenta buscar un acuerdo del tipo “solo se permiten, por ejemplo, unos tres o cuatro VTC por cada diez taxis”. Pero en la práctica está resultando imposible la “convivencia pacífica” entre los dos sectores.

Y, justo en estas circunstancias tan difíciles aparece, como un elefante en una cristalería de Murano, la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), oponiéndose a las políticas municipales de defensa de los vecinos, advocando la exigencia de “libre competencia” empresarial y oponiéndose a cualquier intento de ordenación y regulación municipal. Esta desafortunada intromisión muestra el apoyo del poder establecido a cualquier actividad empresarial, incluso cuando suponga mortificar a los ciudadanos.

La experiencia nos dice que, en estas circunstancias conflictivas, la tendencia general es aceptar las dobles regulaciones y proponer su cohabitación. Y es que el establishment hace tiempo que, templando gaitas,  viene apostando por la convivencia entre lo que llaman lo viejo y lo nuevo que, dicen, “ha venido para quedarse”.

El caso más flagrante es el que se dio en el mundo laboral. Cuando los que proponían nuevas formas de contratación se encontraron con la resistencia del viejo y bregado movimiento obrero, optaron por no tocar los derechos adquiridos y apuntaron toda su artillería sobre los nuevos contratos que se tenían que hacer. De tal manera que impusieron la cohabitación de dos tipos de trabajadores. Los antiguos, intocables en todos sus derechos y los nuevos “destocados” desde su origen.

Ahora quieren reiterar esta táctica en las Vv y en el taxi y mantener dos mundos paralelos. Y aquí viene, a mi juicio, la cuestión fundamental ¿es posible esta cohabitación entre una regulación social y otra no-regulación liberal? Y, aún más crucial ¿es durable o va a ser que no?

La experiencia histórica (desde la ley de Gresham en el XVI) confirma que esa cohabitación es irreal. Porque siempre va a prevalecer la situación más ventajosa para quienes detentan el poder. Por eso, creo que esa propuesta no solo es irreal sino que, además, es tramposa. En este sentido, el ejemplo antes citado del mundo laboral es esclarecedor. Porque una vez “divididos” los trabajadores entre los antiguos, con más derechos y mejores condiciones, y los nuevos, precarios, los en su día defensores más vehementes de que había que hacer esa distinción, una vez está consolidada, plantean con igual o mayor vehemencia que “¿cómo es posible mantener una situación con trabajadores de primera y trabajadores de segunda? ¿cómo se puede permitir tamaño disparate?. Y concluyen, ahora con entusiasmo, que es necesario acabar con esa lacra laboral de dos reglamentaciones laborales diferentes. Que solo debe haber una.

Por supuesto, el aguerrido lector que haya llegado hasta aquí, sabe de sobra cuál de las dos categorías de trabajadores va a permanecer. Y lo mismo ocurriría en el sector de los taxis y en el de las Vv.

5. PROPUESTAS

Hemos visto las dos etapas de la Desregulación. En una primera, ni siquiera se puede hablar en rigor de desregulación. Lo que ocurre, simplemente, es que los nuevos actores eluden cualquier regulación y se benefician (comportamiento oportunista) del incumplimiento de las condiciones que el proceso civilizatorio ha venido conquistando socialmente, a lo largo del tiempo, a base de duras luchas y enormes sacrificios. Se hacen presentes y proclaman que van a quedarse. Que representan lo nuevo y el futuro. En una segunda fase, ya implantados, con una velocidad de crecimiento solo comparable con el extraordinario desarrollo de su grado de concentración de poder, proponen una nueva regulación distinta, adecuada a sus intereses y mucho menos exigente socialmente. Y como sabe que esta su regulación será la que se impondrá sobre la anterior, solo tendrá que esperar un poco para que, en última instancia, la Desregulación quede implantada.

Por todas estas razones, a mi juicio, la propuesta más adecuada para el común sería la siguiente: A). Hay que rechazar cualquier intento en cualquier sector de establecer nuevas regulaciones de menor calado social que pretendan cohabitar con las existentes. Porque suponen un ataque, indirecto eso sí, pero letal para los intereses generales y la civilización. B). Este rechazo radical, ni de lejos quiere decir que las regulaciones en vigor sean las adecuadas y convenientes, ni las más apropiadas para incorporar las nuevas tecnologías. Por lo tanto, el objetivo debería ser la mejora de las regulaciones existentes y nunca la creación de otra regulación en paralelo, con las consecuencias ya vistas.

Recordemos que la civilización ha descubierto, promovido y legislado que sean las leyes y normas democráticas las que utilicemos para organizar las relaciones sociales en cada actividad concreta. De forma que se tienda a la igualdad de oportunidades, al tiempo que se garantiza el respeto a las diferencias.

6. CODA. LA ILUSIÓN DEL CONSUMIDOR.

A poco que nos detengamos un momento para intentar descubrir las razones que pudieran justificar la Desregulación, nos encontramos con lo siguiente. El sistema económico-social que nos toca vivir, de todas las dimensiones que posee cualquier persona, necesita venerar y destacar una en especial: el ser usuario y consumidor. Si observamos cómo se refieren al común, a nosotros, las instituciones, la publicidad, cualquier poder que se precie y no digamos las empresas, nos suelen invocar de esa manera. El concepto de ciudadanía no suele utilizarse. Y no porque exista una taimada aversión a esa idea, simplemente porque ni es lo que más interesa, ni es lo más relevante en nuestras sociedades de hoy. Incluso en el imaginario colectivo, la función identitaria que pudo representar en su día la religión, las buenas costumbres y los valores, hoy ha transitado hacia el consumo y los precios. Antes la gente, con paciencia y parsimonia, llenaba y rebosaba las iglesias los domingos, hoy, los domingos, acude excitada y desinquieta a las grandes superficies comerciales.

Reflejando así el paradigma social hegemónico: cada vez más, el tener es más importante que el ser. Los precios han sustituido a los valores como símbolos de la “soberanía del consumidor”. Así, los precios se despliegan por todos los espacios, hasta el punto que han avasallado y se han adueñado de los valores. Y es que, ahora, cualquier valor tiene su precio. En el límite toda cosa y toda persona tiene su precio.

En la sociedad de consumo de masas que vive nuestra parte “desarrollada” de la sociedad mundial (sin poder entrar aquí en la sostenibilidad de la humanidad y la biosfera), el comportamiento cotidiano es el despilfarro. El usar y tirar, las “modas”, las fechas de caducidad, la obsolescencia programada, el ritual litúrgico de las rebajas, lo que los economistas llamamos “efecto demostración”...Todo está diseñado y va encaminado a que la sociedad esté forzada (alienada) a la unidimensionalidad del consumo.

Y el invento más trascendental de los últimos tiempos para entronizar e inculcarnos ese modelo de consumo, es el “más barato”, aunque se tenga que decir low cost, que parece que le proporciona más potencia y modernidad a la idea. Porque si el poder establecido lo que necesita es organizar (imponer)  el mundo feliz de los consumidores, los precios se constituyen en el talismán. Y el bajar precios es la política óptima que sirve a ese modelo. Es el “Ábrete Sésamo” de la felicidad.

Y, aparece la “Ilusión del Consumidor”. Con precios bajos, crece el poder de compra; enorme variedad de marcas, artículos y servicios se abren a nuestras posibilidades. Podemos vestir como en las películas, comer exquisiteces de menú, volar a las Antípodas…   ¡Somos libres!

Incluso si, en algunas circunstancias, no conseguimos lo que queremos en el mundo real, nos proporcionan realidades virtuales (gafas para consumir mundo) que satisfacen cualquier necesidad. Pero como todavía permanecen cosas imposibles, nos proporcionan el mundo de las loterías, las apuestas, las competiciones de e-sport, etc. para seguir soñando. Gamer and winner, Oh!!!

Además, la casi totalidad de las propuestas políticas van dirigidas a bajar impuestos, porque nos dicen que nuestro dinero donde mejor está es en nuestros bolsillos. Se generalizan las ventas a plazo. Y si, en última instancia no podemos , están privados de concedernos crédito (hasta 300€ por la cara). ¡Eso sí es saber! ¿Qué más podemos pedir? Nos comprenden y estamos ilusionados.

Pero…

Para que bajen los precios, tienen que bajar los coste de producción. Y ya, de antemano nos tranquilizan, eso es posible con el aumento de la productividad… Pero también aquí, la experiencia es concluyente, cuando hay que abaratar precios de forma obligada, eso se perpetra contra el eslabón más débil de la cadena de creación de valor. Y lo que la última crisis, una vez más nos ha demostrado de forma rotunda, es que ese eslabón está en los salarios y en las condiciones del mercado laboral.

Y es que el Sistema, con la “Ilusión del consumidor”, nos está ocultando la precarización del trabajo. Porque, en la práctica, solo podemos comprar barato porque bajan los salarios. Entonces caemos de bruces en la cuenta que, además de consumidores, somos trabajadores, eso sí cada vez más precarios. Y que la mejora que aparentemente conseguimos al bajar los precios, se más que compensa con la “peora” de la bajada de salarios. La “ilusión del consumidor” se ve arruinada con la “desilusión del trabajador”

Y las desigualdades sociales no hacen más que crecer, en Canarias más que en cualquier otro sitio. Y encima, como bajan los impuestos, los servicios sociales públicos, vitales para los trabajadores, sufren recortes. Es decir que también bajan los salarios indirectos.

Y cuando, al fin, descubrimos y denunciamos que las Desregulaciones son el origen de nuestra situación cada vez más precaria, cuando exigimos recuperar los derechos “desregulados”, nos responden que “defender esas situaciones es defender privilegios. Y que eso es “proteccionismo”, rechazable de plano en un mundo de libertades. Que la sociedad del low cost y las desregulaciones ha venido para quedarse . Y que, oponerse a esa nueva realidad, además de estúpido es imposible”.

Por eso, tenemos que repensar el mundo actual. Volver a reconquistar las leyes y las reglas, la democracia y la civilización. Hay que defenderse y transformar este Sistema Despiadado y hacer respetar los mandatos de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Y no debemos olvidar lo que ya defendía Lamennais hace doscientos años “En una sociedad de desiguales, la libertad oprime y la ley libera”.

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