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¿Funicular a La Isleta?

En mi opinión, los debates públicos solo tienen sentido si son pedagógicos. Si permiten y facilitan el aclarar las posiciones enfrentadas, sus argumentos y también sus valoraciones. Para que, después, el posible y abnegado lector (caso que su paciencia y generosidad lleguen a ese punto) saque sus propias conclusiones.

Desgraciadamente, creo que esto no se está consiguiendo en el caso del funicular a La Isleta.

Por eso, intentaré aclarar la posición que defiendo. Y hacerlo de la forma más neutra y con toda la sencillez posible. Por eso, solo enumeraré los hechos y las consecuencias objetivas que se derivan del intento de colocar un funicular hasta la montaña de El Vigía en La Isleta.

1). El aparato invadiría el espacio y el aire. Que se trata de bienes que, técnicamente, se definen como bienes públicos. Y el objetivo es privatizarlos para una empresa de reciente creación.

2. Además se hace sobrevolando el Istmo, el espacio más emblemático y definidor de la ciudad de Las Palmas.

3). El proyecto pretende localizar el mirador justo donde no se puede edificar, porque la montaña de El Vigía es parte del Espacio Natural Protegido de La Isleta.

4). El autor del proyecto hace un juicio que no es cierto. Asegura “que supone la puesta en valor de un barrio… que ahora se podrá contemplar en su plenitud y conjunto, lo que no deja de ser una puesta en valor del mismo". Y el juicio no es cierto porque esa posibilidad de sobrevolar el barrio entero y observar un curioso “Parque Antropológico”, solo crearía valor para los turistas aerotransportados y para la empresa explotadora. Porque, desde la perspectiva de los ciudadanos de La Isleta, el funicular supone lo que los manuales de Estructura Económica definen como “economías de enclave”. Que son aquellas que se enclavan en un territorio dependiendo y conectándose exclusivamente con el exterior del mismo, con cuyo interior no realizan ningún tipo de intercambio. Se trata de un circuito cerrado con origen y destino que está fuera. Y lo que pueda pasar a los ciudadanos de La Isleta es un efecto colateral.

5). Pero hay otra realidad sobre la que el funicular sí crea valor. El inicio y el fin de su trayecto coincide con la localización del futuro acuario. Así, el muy importante flujo de cruceristas que nos visita con asiduidad, puede encauzarse hacia un recorrido que incluya la visita al acuario y el aerotransporte hasta El Vigía. Una maravilla. Un bono dos en uno.

6). Como se viene defendiendo, desde hace más de cincuenta años, La Isleta en su conjunto está llamada a ser el verdadero pulmón de la ciudad de Las Palmas. Su reconquista pacífica al Ministerio de Defensa, tiene que ser global y planificada de acuerdo con las aspiraciones y los intereses del conjunto de la ciudadanía. Para transformarla y disfrutarla en todas sus maravillosas potencialidades. Por eso mismo, este proyecto del funicular que aparece ahora de repente y que quiere instalarse cuanto antes mejor, no cumple las exigencias de esa estrategia global y participada que muchos defendemos.

En resumen, creo que estas son las claves objetivas de la polémica. Y no conviene ni enredarlas ni manipularlas por nadie. En el debate hay dos posturas. A mi juicio la una, la del funicular, es una propuesta empresarial privada, que requiere disminución de la protección actual de La Isleta, que se proyecta a corto plazo, que responde a una sola dimensión como es la turística y que se desentiende de cómo pueda ser afectado el conjunto de la pequeña península y de la opinión de los habitantes del barrio a sobrevolar. La otra, la del rechazo al funicular y la reivindicación de toda La Isleta para convertirla en el mejor Parque de la ciudad, sería una propuesta de las instituciones públicas (donde por supuesto habría miles de actividades privadas), que se proyecta a largo plazo, urbanísticamente ideada y concebida como un todo. Y donde los primeros beneficiarios serían los ciudadanos de La Isleta.

Al existir dos opciones de esta magnitud y características a valorar, todo el mundo sabe que no hay respuestas matemáticas ni científicas que determinen la solución. En las sociedades civilizadas, estas cosas se resuelven democráticamente y votando.

Por eso, quienes defendemos que la participación ciudadana debe ser la base del nuevo Urbanismo, solo podemos reiterar lo que se decía al final de mi artículo anterior “¿Por qué no preguntamos a los ciudadanos de La Isleta qué piensan sobre el particular?”

Ahora, y como siempre debería ser, ellos tienen la palabra.

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