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¿Ganar una guerra o perder un Oasis?

Francisco Moreno

El 5 de junio de 1989, coincidiendo con el Día Mundial del Medio Ambiente, fue demolida la estructura del Hotel Dunas, un proyecto levantado junto a la Charca de Maspalomas que nunca pudo ser terminado porque los ciudadanos de Gran Canaria dijeron que no podíamos seguir dañando esa joya que la naturaleza quiso darle a la isla. En aquella ocasión, y tal vez porque el esqueleto de lo que se avecinaba ya estaba allí para escandalizar conciencias, nadie se enredó entonces en buscar razones ocultas al deseo colectivo de hacerlo desaparecer. 25 años después, ahora sin esqueleto visible, nos enfrentamos a una situación similar, pero muchos quieren revestir este nuevo embate contra el Oasis como una batalla miserable entre dos competidores hoteleros. ¿De verdad necesitamos otro nuevo esqueleto para llegar a las mismas conclusiones que entonces?.

La compañía que promueve ese disparate, y el coro de voces interesadas que secundan ese atentado, prefiere que hablemos de otras cosas. Decía Thomas Fuller que “la astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda”. De acuerdo a ello, y ante la ausencia de vestidos y razones decentes, es mejor ocultar la verdad y lanzar mucho humo para así poder ocultar después el propio palmeral. Para que no hablemos de la agresión medioambiental que permitía la licencia ahora anulada, dirigen todos sus esfuerzos a inculcar la idea de que son ellos los agredidos. Y si hay alguna víctima en todo esto, mejor señalarse a sí mismos para ver si así nadie señala al Palmeral. Sólo falta cambiar de sitio a los culpables: a los que reclamamos calidad y excelencia se nos convierte en acomplejados competidores que de forma ruin sólo quiere cortarles el paso. Piensan que si cuela, nadie se acordará de nada de esto cuando lo que se corten de verdad sean las palmeras.

Aquí no hay ningún atropello. Si acaso quieren buscar mejor símil automovilístico, les aconsejo el del conductor suicida. Aquel que encendió la radio y escuchó al comentarista decir: “les avisamos que un coche se ha metido en la autopista en dirección contraria”. Al escucharlo, y mirando al frente; se dijo a si mismo: “uno, no; cientos, cientos…”. Por más que señalen a Lopesan como el único opositor a su proyecto, esta autopista está llena de voces conduciendo en la misma dirección.

Para evitar más peligros que los de la propia conducción, ojalá consiguiéramos convencer a quien va en dirección contraria que tome la que marcan las flechas. Lo mismo justamente que le piden en otros muchos lugares otras empresas hoteleras y colectivos sociales, que ven cómo puede deteriorarse el destino en el que operan si se levantan sus proyectos de Todo Incluido y turistas del montón en medio de joyas medioambientales que exigen la mayor sensibilidad. Aliadas con la propia sociedad, ellas también apuestan por la calidad y la excelencia. Quienes creemos que el turismo debe ser una industria sostenible que dé trabajo hoy y también mañana, tenemos ya interiorizado que la calidad ambiental y paisajística del último Oasis de Europa es una cuestión que está muy por encima de intereses concretos, y que justamente, defender la sostenibilidad de la industria turística, preservando sus espacios más emblemáticos, es un compromiso que nos obliga a todos.

Por el bien de este sector, y de todos cuantos vivimos en la isla, la defensa de espacios de altísimo valor medioambiental y paisajístico es una obligación que todos debemos compartir. Sin ellos, sin sitios como el Oasis y su palmeral, caerán los pilares fundamentales del destino en su conjunto. Por eso no somos arte, sino parte, en la defensa de ese espacio público, y por eso van a errar en sus propósitos quienes quieren obviar deliberadamente la decisiva y más importante defensa que de ese Palmeral ha hecho prácticamente toda la sociedad civil y política de Gran Canaria. Lo acreditan los numerosos pronunciamientos que en la misma dirección han hecho los grupos ecologistas, las dos Universidades canarias, los colegios profesionales de Arquitectos, la práctica totalidad de las fuerzas políticas y la mayoría de instituciones, que, de diversos modos y exceptuando al Ayuntamiento del municipio que más celo debía poner en su defensa, han expresado su decisión de impedir que siga aumentando el volumen edificatorio en esa zona tan valiosa y especial.

Nosotros no queremos guerras. Pero las sufrimos. Se nos vetan contrataciones por oponernos a una barbaridad que a todos nos devaluará. Y se nos achaca miedo a la libre competencia cuando lo que pedimos es que esa competencia lo sea de verdad y así nos ayude a todos a seguir mejorando. En ese Palmeral debería estar, como mucho y como ya lo fue, el hotel más coqueto y exclusivo de todo el Atlántico Norte. Si se tiene altura de miras y amor por la tierra, porque uno la siente más allá del negocio, todos convendremos en que una buena competencia obliga a la mejora de todos los competidores. Ya hay además una sentencia sobre la imposibilidad de usar como privadas zonas verdes públicas. Ya no queda ninguna excusa que justifique tal sostenella y no enmendalla.

Más que con guerras, las cosas siempre se han arreglado mejor hablando. Pero para eso, y por seguir con los símiles, hay que aparcar orgullos y evitar los portazos. Nunca es tarde para buscar soluciones razonables. Gran Canaria necesita seguir modernizando su planta hotelera. Sería absurdo que, para ello, tengamos que destrozar un palmeral cuando aún quedan muchos sitios donde además de hoteles, podemos plantar nuevas palmeras. Con voluntad, todo es posible.

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