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Igual a bronca

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Lo malo es que durante este período, tan plagado de contradicciones e incapacidades políticas, al Parlamento de Canarias se le va identificando con bronca. Algunos acontecimientos recientes, que se unen a singulares episodios anteriores, han hecho que los tambores de la crispación, del encono político, resuenen en la cámara legislativa.

Para los que tenemos conceptuado el Parlamento como idea general de la máxima expresión político-democrática, duele escribir sobre hechos que desvirtúan el relieve del foro, su actividad misma, la proyección que anida en la ciudadanía cuando lee manifestaciones tendentes a la descalificación o cuando contempla imágenes impropias de una democracia madura. Quizá el problema sea justamente ese: que la democracia no ha evolucionado lo suficiente, lo que se esperaba. O que la repetición de verbos y personajes, la falta de materias y resoluciones prácticas que interesen de verdad a la población, hayan anquilosado de tal manera a la cámara que su funcionamiento apenas trascienda por hechos positivos y productivos.

Duele porque parece que se está abonando el terreno de quienes no creen en el parlamentarismo o de quienes tienen escasa fe o han ido perdiéndola en cuanto al desenvolvimiento del sistema institucional. Y también porque se respeta mucho la condición de representantes de la voluntad popular, entre quienes hay muchos amigos y compañeros y a los que se quisiera ver en la discrepancia ideológica, programática y dialéctica de la forma más constructiva y elegante.

Pero Parlamento igual a bronca. Malo. Algunos hechos de esta legislatura lo ponen de relieve. Y encima, se ha extendido -no muy justamente- la mala fama de que sus señorías trabajan poco y lo ganan muy bien. Los que acusaban a Juan Fernando López Aguilar de ser el inspirador de un clima tenso, tirante, enfrentadizo y crispador, habrán tenido que callar al haber escogido éste otros destinos y al haber contrastado que otros parlamentarios no le han ido a la zaga a la hora de sustantivar y adjetivar la actuación política de adversarios. O sea, que López no tenía la exclusiva.

Que se lo pregunten a Miguel Cabrera Pérez-Camacho, en verso o en prosa, que él domina -con enjundiosa capacidad memorística acreedora de mejor causa- cualquier estilo. Pero el estigma de la procacidad ha quedado ahí, a la espera de que el papel asignado, esto es, revitalizar la producción política de su grupo, frenar las invectivas destinadas a su jefe de filas y contentar al socio de gobierno que, de esta forma, visualizará cómo y satisfecho el enfrentamiento entre socialistas y populares extensivo a otros niveles, el papel, decíamos, sea interpretado a plena satisfacción pues virtudes no le faltan y hasta desaprovechadas parecían.

La espantada del Grupo Parlamentario Socialista de la última sesión tampoco es una estampa edificante. Hay otras formas de protestar, de expresar la disconformidad. En las instituciones se está para defender lo que proceda, exprimiendo el reglamento, y para aguantar la intemerata, aunque disgusten, contraríen y eleven a insoportables los niveles de irrespeto y desconsideración. O de pusilánime dirección. Que los hay.

Se habrán dicho qué es una raya más para el tigre de la bronca pero debieron imaginar otra fórmula -y no faltan experimentados parlamentarios para hacerlo- que significara no abonarse a la bronca y acreditara la decencia del estilo y las formas, tan necesaria y tan ansiada en la política de nuestros días. Que se lo piensen para desmarcarse y no seguir mermando el prestigio de la institución.

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