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Parados arrojados al lodazal

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Miren a los ojos de la gente. Verán de todo. Habrá personas mayores que se han quedado en la calle tras veinte o treinta años de trabajo duro e intenso, hombres y mujeres a quienes les acaban de decir que ya no sirven, que no son útiles; habrá también jóvenes recién salidos de la universidad o del instituto que no encuentran el mínimo resquicio por donde colarse en eso que llaman con rimbombancia "el mercado de trabajo"; habrá mujeres con cargas familiares; vecinos con los que se cruzan en la plaza, en la panadería, en el parque donde juegan los niños.

Pero fíjense bien. Ya que han hecho el esfuerzo de abandonar el mullido sofá o la siempre dura silla de la oficina, fíjense bien, aprovechen esta inmersión en el ser humano. Vuelvan a mirar a sus caras. Olvídense de esos viejos clichés de que los parados son todos esos que no quieren trabajar, una panda de gandules que prefieren vivir del Estado antes que levantarse temprano cada día. Porque eso no es cierto. Son gente como usted y como yo.

A uno le dieron la patada en una empresa de ferralla que tuvo que cerrar; la otra se quedó embarazada, porque sí, porque tiene derecho, pero en el curro "no le renovaron"; al de más allá, licenciado, le falta experiencia; el que está sentado a su lado era cocinero en ese restaurante de la esquina que cerró hace un par de meses. Y así hasta nada menos que 240.000 historias terribles y dramáticas sólo en Canarias. Y la cifra sigue subiendo.

Y si tienen el suficiente tiempo y la suficiente pericia, aprenderán una cosa. Descubrirán que la desesperación por la falta de un empleo existe y es compañera cotidiana en el barrio, que no es un cuento para asustar o enderezar a los pibes. Observarán que la gente tiene miedo a un día más sin trabajo y pánico a ese momento fatal en que se quedarán sin los paupérrimos 900 ó 1.000 euros que cobran cada mes. Que todo eso se nota, se percibe y se huele cada vez más, porque hace apenas un año el panorama era completamente distinto.

Y, por supuesto, y ya estamos en el final del ejercicio práctico de hoy, si siguen todos estos sencillos pasos entenderán en ese instante con meridiana claridad que no hay ningún derecho a que nadie, absolutamente nadie, se dedique a meter más miedo en el cuerpo a esas 240.000 personas jugando con la idea de que les pueden hacer pagar cada vez que vayan al médico. Eso lo insinuó alguien del Gobierno canario hace unos días y sólo caben dos opciones, a cual peor. O no sabe de qué habla, malo; o ha metido a los parados y al sagrado derecho de una sanidad pública y universal en el lodazal de la lucha política y partidaria, algo sencillamente deleznable.

Blog de Pepe Naranjo

José Naranjo

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