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Saavedra en el ecuador

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Si esa es la actitud de los políticos ante la crítica, no les cuento del público en general que ya tiene bastante con los problemas del día a día para perder su tiempo en matizaciones y se limita a distinguir el blanco del negro, sin apreciar tonalidades intermedias. Lo que se traduce en considerar, sin más, que quien critica a unos lo hace porque está con los otros y viceversa, con lo que resulta lo de menos la actuación criticada. Aquí vuelve a ejercer su nefasto magisterio Soria cuando hace que parezcan más graves las "indiscreciones" de los periódicos sobre lo que a él le interesa ocultar que el hecho de que lo narrado sea verdad.

Todo esto pesa sobre el acriticismo del común, reflejo en no pequeña medida de que no acaba de cuajar una alternativa a los dos grandes partidos. Si no es Juana, será la hermana, pudiera decirse y da igual quién esté porque, ya saben, todos los políticos son iguales. Aunque unos sean más iguales que otros.

La aplicación de esta simplificación a la actual mayoría municipal del Ayuntamiento de Las Palmas hace que muchos rematen las críticas a Jerónimo Saavedra clamando, Dios mío, por el regreso del PP y Luzardo: la falta de memoria permite a la ex alcaldesa y a su gente, particularmente a Felipe Afonso el Jaber, hacer una oposición cínica colocando a quienes siguen la política municipal ante la tentación del "y tú más", del "más habla quien más tiene que le digan", o de los castizos "¡mira quien habló que la casa honró!"; o "¡menudo josico!", el equivalente en isleño al "tienen un morro que se lo pisan", con la variante "¡estás bonito tú!" que le espetó la teldense Antonia Torres precisamente a Soria, miren por dónde.

Es justo, deseable, necesario y obligado que la oposición critique a quien gobierna, faltaría más. Pero es una falta del respeto debido a los ciudadanos venir ahora con planteamientos exactamente contrarios a lo que hizo el PP cuando gobernó. Y una desvergüenza eludir cualquier responsabilidad en buena parte de los graves problemas que ahora padece la ciudad. Como si los tres mandatos anteriores no contaran ni hubieran condicionado nada. Rechazan la memoria histórica y la no tan histórica para vestirse de blanco.

Saavedra alcanzó el ecuador de la legislatura con un balance decepcionante para muchos votantes; los que creen aún en lo maravilloso y esperaban que utilizara la varita mágica con que juega el morrocoyo adicto a las manzanas que habita su azotea veguetera. Pero no existen varitas ni milagros; menos si se trata de cuartos, de las deudas heredadas del PP por un importe superior a los 100 millones de euros, que tienden a incrementarse; de ayer mismo es la noticia de otros diez millones a sumar a los ya conocidos. Doce años de PP dieron para mucho.

No se trata, claro está, de justificar los errores de Saavedra cargándolos a esa cuenta sino de subrayar la jeta del PP cuando larga. Encima lo hace sin originalidad maldita: si Rajoy dice que el problema del Gobierno central es Zapatero, Afonso el Jaber repite la consigna asegurando que el mal del Ayuntamiento de Las Palmas es Saavedra.

Aquí no le hemos ahorrado las críticas a Saavedra. Sin embargo, a pesar de los pesares y de sus defectos, sigue siendo el mejor alcalde posible entre los que había en el mercado cuando las elecciones. Hasta el extremo de que lo peor que puede decírsele hoy es que se está acercando demasiado al bajísimo nivel de Luzardo. Y lo mejor, en la parte que nos toca, que, a diferencia del vengativo Soria, no nos ha echado los perros asesinos ni presiona por todos lados para conseguir matarnos. Quienes han padecido o padecen a Soria sabrán apreciar la diferencia. Por eso importa que Saavedra coja el rumbo correcto de una puñetera vez.

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