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La Trump[A] de los Muros

“…soy América y Europa, mi raíz es bereber, soy Atlantico y simiente…” escribió Benito Cabrera en su canción Soy de Aquí. Es cierto que como Canarios tenemos “el mundo por frontera”, pero lo que resulta más cierto aún es que durante toda nuestra historia nos hemos encargado de romper esa barrera insular.

Nuestros abuelos emigraron a Cuba y Venezuela, buscando un lugar donde forjase el sustento. Miles de españoles marcharon a Francia, huyendo del régimen franquista y, en Canarias, otros se refugiaron en Argelia. Las dictaduras del pasado provocaron millones de desplazados; las del presente tiñen de rojo el Mediterráneo. En los acomodados nidos españoles, los jóvenes aprenden a volar en Inglaterra, Estados Unidos o Alemania a falta de trabajo en su país. Otros millones que aspiran a un modelo de vida en los países del Norte Global desaparecen por el camino; suenan otros destinos, pero cantan las mismas realidades. Los cantos, nunca mejor dicho, lo reflejan y, es que, la música se ha encargado de recordarnos que la identidad de nuestro pueblo llegó de más allá del Atlántico. La malagueña, el arrorró, la rumba y otras melodías viajaron con los alisios y quedaron atrapadas en las cumbres y corazones de los isleños: el cantante teldense, José Velez, es “canario con el corazón latinoamericano”; Olga Cerpa y Luis Morera entonaban “en busca de Valentina…la mujer que quiso la patria sin fronteras”. No hemos sido los únicos en “coger la maleta”, la de Pedro Lezcano. En muchos rincones del mundo ocurrió y ocurre exactamente lo mismo: desde Europa viajaron a América, las letras que Quilapayún e Inti Illimani cantaban desde el exilio añorando su tierra. Mercedes Sosa nos abría la mente con las estrofas de Todo Cambia que el chileno, Julio Numhauser, compuso desde Suecia: “pero no cambia mi amor, por mas lejos que me encuentre, ni el recuerdo ni el dolor, de mi pueblo y de mi gente”. En muchos casos la música es un puente entre los que marchaban y sus raíces. Otras veces denuncia el camino de ida: “…yo quiero descubrir lo que ya estaba descubierto, ser un emigrante ese es mi deporte, hoy me voy pal’ norte, sin pasaporte, sin transporte…” rapea René Pérez de Calle 13 descubriendo a los Mexicanos que cruzan la frontera; el cantautor francés, Manu Chao, plasmaba una realidad en sus letras “pa' una ciudad del norte, yo me fui a trabajar, mi vida la dejé, entre Ceuta y Gibraltar”, quién iba a decir que el 2016 sería el año más mortífero, con 3.800 inmigrantes y refugiados que perdieron la vida en el Mediterráneo. Han construido muros fuertes a las personas más débiles, han construido muros al pensamiento y a la libertad de expresión. Aún así, siguen habiendo millones de desplazados porque no tienen nada que perder. En 1984, la banda de rock Siniestro Total volvía a formularnos la cuestión que ha generado incertidumbre a la humanidad desde tiempos ancestrales, “¿quiénes somos, de dónde venimos y a dónde vamos?”. Seguramente seamos una mezcla de todo, de todos; con la misma procedencia evolutiva en el oriente africano y un destino no muy lejano de la Tierra. Una Tierra que compartimos personas de diferentes culturas, edades y géneros. Una Tierra que padece nuestras discrepancias ideológicas, que recuerda de dónde venimos, pero no está segura hacia dónde vamos. Con un destino desconocido, pero previsible ante los últimos sucesos globales, que nos acercan en aumento a un mundo cada vez más fraccionado donde se levantan fronteras físicas y se destruyen las económicas. El artista argentino, León Gieco, en De Igual a Igual reflexiona ante la impotencia de aquellos que abandonan su hogar, desahuciados por un sistema cruel que fija sus intereses en valores monetarios y que, a pesar de todo, pretende repatriar: “si me pedís que vuelva otra vez donde nací, yo pido que tu empresa se vaya de mi país”.

Hay algo que se repite en la historia de la humanidad: cuando los seres humanos que odian construyen muros, los seres humanos que aman construimos puentes. Por eso, hoy más que nunca, el mundo necesita puentes de esperanza y solidaridad cargados de amor y reconciliación.

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