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Y ahora ¿qué?

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Abierta la caja de Pandora, las fuerzas más ultras que se abrigaban en el partido de la derecha cobran impulso y se hacen presentes, elevando de facto sus exigencias en el desenvolvimiento cotidiano de todas las manifestaciones de la vida social : en las relaciones laborales, en el de la educación, en la cultura, en los medios informativos, en la concepción de la familia, en los distintos órdenes jurisdiccionales, en toda gama de discriminaciones, en la consideración de lo privado y lo publico, en la cuestión medioambiental, en la generalidad de los derechos sociales, civiles y democráticos.

El Partido Popular unifica el pasado y el presente de la derecha española. En ocasiones su presente añora el pasado, en ocasiones el pasado puede más que el presente y, a menudo, entre uno y otro operan fuertes nexos de continuidad.

Todo gira en torno a un eje y éste no es imaginario, como el de rotación de la Tierra, sino tan material como el capitalismo mismo: el mundo de las finanzas y del gran capital, para quienes de la Constitución sobra todo excepto la "libertad de mercado". En esto han cambiado poco en relación con el pragmatismo de la burguesía victoriana Coketown que retrataba Dickens en Tiempos Difíciles: ¿valores? ¡¡hechos, hechos, hechos!!

Forzada la válvula, la olla se descomprime y el campo de la reacción se expande en todos los frentes como estampida de búfalos, con rapidez, radicalismo, fanfarronería y fuerte carga ideológica: establecimiento de la cadena perpetua; reforzamiento del poder de la reacción potenciando el corporativismo de los órganos supremos del poder judicial -elección endogámica- y otorgando la condición de cargo vitalicio a los miembros del Tribunal Constitucional -en un escenario de hegemonía conservadora-; el desmantelamiento programado del derecho al aborto y el propuesto retorno a la "ley de supuestos"; las restricciones al acceso a la tutela judicial aumentando los tramites que exigen el "copago"; alineamiento desvergonzado con la gran industria petrolera y gasística, apuntando a la sien de la energías renovables; las concesiones a la ideología conservadora en el mundo de la escuela pasando el lápiz inquisidor por la disciplina de "educación para la ciudadanía"; masiva liquidación de servicios sociales -"para combatir el déficit"- particularmente los de asistencia a mujeres maltratadas, gentes dependientes, incapacitados?y paralela transferencia de dineros públicos al capital bancario. Todo de un mordisco.

Con el horizonte estratégico de cancelar el derecho laboral como ordenamiento jurídico autónomo, advierten de nuevos y duros progresos -la "huelga general" de Rajoy- en la avanzada senda de mayor facilidad para el despido, más flexibilidad y dependencia, derogación de facto del derecho constitucional a la negociación colectiva, trasladando su centro a nivel de empresa donde los trabajadores carecen de fuerza negociadora.

Dicho de otra manera, proponen seguir el rumbo que ha dejado una dramática estela de destrucción de empleo, precariedad, indefensión, brutal deterioro de las condiciones de trabajo y existencia de los asalariados y destrucción de anhelos y esperanzas de toda una generación que apenas ha comenzado la aventura de la vida.

Cada día la espiral de la reacción traza un nuevo rizo.

Puede suceder que el PP esté regando fuera del tiesto y sus pupilas representen de manera estrábica la realidad de las cosas. No se está en momentos de estabilidad o expansión del sistema capitalista. En ello no reside el secreto de su éxito. No han ganado porque hayan vencido en la lucha por la hegemonía las concepciones del neoliberalismo y la reacción, sino por la bancarrota de la socialdemocracia y su asociación -no destruida- en la conciencia de amplios sectores de la sociedad, al conjunto de la izquierda. No perciben que esa suerte de maldición de la ley del péndulo bipartidista se está rompiendo.

El frenesí reaccionario del PP y de los genios que ha liberado de la botella, va a propiciar la polarización de las distintas contradicciones, más agudizadas que nunca antes y que si bien operaban con cierta independencia tienden rápidamente a aglutinarse en un haz de impugnación del sistema. Este es un rasgo nuevo del momento histórico.

Ahora las condiciones de existencia de los asalariados y de parte importante de las llamadas capas medias -profesionales, autónomos, etc.- se van aproximando en sus dolores y con lo mismo identificando intereses y objetivos comunes. Todo va a depender del factor político que lo estimule, lo exprese, lo congregue y lo transforme en fuerza política.

Ese factor político que ejerza de levadura en la fermentación del amplio campo de la democracia real no se va a encontrar en una socialdemocracia cuya relación y en muchas ocasiones fusión, con fracciones de la clase dominante, con las concepciones neoliberales y con un pasado inmediato que ha liquidado su identidad, la ha dejado prisionera por nudos tan apretados que ya no se pueden desatar, que habría que cortarlos.

En el terreno ideológico, por añadidura, la cosa tampoco va bien. Como acredita el "debate" congresual, la socialdemocracia, ni en su conjunto, ni tan siquiera en segmentos significativos organizados -pese a que cuenta con muchos miles de simpatizantes honestos y de convicciones socialistas- puede, ni se plantea, ni tiene herramienta ideológica para cortar aquellas ataduras. La situación ha llegado a tal punto que de hacerlo amputaran por su derecha apoyos materiales y mediáticos que ya se le han constituido como indispensables y difícilmente ganarían algo por su izquierda.

Es por eso seguramente por lo que "el debate" tiene buena dosis de autismo, se diría que enigmático, da para poco y ese poco resulta extraño a la realidad, ni entra, ni puede entrar, ni tiene respuesta sólida para lo decisivo: ¿que pasó y por que pasó?.

La pelota está en el tejado de la izquierda real. Todo dependerá, en gran medida, de que se entienda que en el primer plano de la contradicción, la que unifica, está el estado social y derecho. De que se asuma que este ya no se configura como la forma idónea de dominio de la burguesía -lo que, por lo demás, nunca lo fue-, sino por el contrario una conquista que hay que recuperar y potenciar y que en ello la base social motriz, objetivamente interesada es el mundo del trabajo asalariado, las capas populares? el campo de la democracia real y su unidad.

En tanto en ello se progrese, la realidad misma, el movimiento, irá poniendo en hora nuevos y más avanzados objetivos. Elevar el ángulo de tiro en el momento histórico-concreto que vivimos puede resultar un formidable proyecto pero dentro de la chistera de un ilusionista. Por el contrario, rebajarlo, conduce a perder representatividad, a situarnos al margen de las contradicciones que han madurado, que exigen respuesta política y que marcan el tono, la necesidad y las querencias del momento.

Joaquin Sagaseta de Ilurdoz Paradas

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