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Hay otros caminos, que la sumisión a las dictaduras financieras

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Este absolutismo del mercado financiero mundial, es el que nos impone las pautas de conducta laboral, los sistemas de mercado y los modos sociales, a los cuales, la gran mayoría social debe estar sometida a sus dictados, y supeditadas en pensar, decir, sentir, hacer y actuar, como ellos nos señalen; y cómo y cuándo nos preste el dinero y se creen empleos. En definitiva: al pensamiento único y a los sistemáticos hábitos de enfebrecido consumo (cuando se trabaja y se tiene poder adquisitivo), y al deber de sumisión económica. Sobremanera, desde la caída del bloque socialista soviético, y la integración por parte de China al libre mercado. Todo ha quedado desequilibrado a su favor, en el mundo de las finanzas, y pésimamente en la igualdad social. Incluyendo a los sindicatos de trabajadores, que han perdido la fuerza motriz que tenían como órgano de poder de los asalariados, por la pertinaz opresión de los empresarios para anularlos, en una ambición ciega y usurera, en la que se anulen todos los beneficios y derechos de los trabajadores, hasta quedar esclavizados por un triste sueldo.

La agónica incertidumbre económica que padecemos, los que dependemos del trabajo para simplemente subsistir en las necesidades primarias, ha hecho profunda meya en gran parte de la población laboral, que han pasado a la más repugnante pobreza por la carencia de puestos de trabajos. Las dictaduras de Wall Street, el FMI y las ingenierías financieras de las economías de alto 'standing' de los imperios monetarios, generan las crisis económicas según sus avariciosos intereses, teniendo la manija del poder dinerario mundial. Ante estos malandrines, nos cuestionamos: ¿hasta cuándo estaremos los ciudadanos de este planeta, subyugados por las codicias financieras de unos pocos insaciables, que desde las bambalinas de los mercados, deciden despiadadamente a 'golpe de ratón', los negocios en drásticas ganancias, en todo el mundo. Pase lo que pase a los demás desafortunados. Hombres que sufren una grave patología de ambición desmedida, que cuanto más réditos gananciales obtienen con las inversiones en los negocios, más y más siguen sin saciar sus vorágines monetarias. Hombres, que en su pernicioso egoísmo de poder económico, desean tener un poderoso control de los mercados, arrogándose la paranoia de creerse dioses del capitalismo mundial y los destinos de todos. Y son dioses de barro, que en cualquier momento se deshacen en polvo.

Trágicamente estamos padeciendo esta dictadura económica internacional, y especialmente la nacional, en la cual somos meras marionetas, expectantes e impotentes. Después de las deplorables reformas recientes, denigrando aún más, los derechos de la clase trabajadora, en la aciaga pérdida de puestos de trabajo. Se nos pide ahora, añadidos sacrificios de esfuerzos a todos los trabajadores y pensionistas; más reformas laborales; despidos laborales cuasi libres y contratos efímeros. Sobre todo, que se reduzcan las prestaciones sociales, como bien común. En el que los valores y principios quedan obsoletos, tratándose al ser humano como un simple objeto mercantil, de usar y tirar. En el que todo sea comprar y vender en este mercado persa, que quieren implantar los poderes políticos, banqueros y financieros globales, y hacia el que estamos abocados. El "tanto tienes, tanto vales", será el lema próximo, yéndose al traste los logrados derechos sociales de nuestro país y europeos, como los dignos derechos laborales conseguidos tiempo ha; la sanidad universal y la enseñanza pública. Y así hasta avasallar vilmente a la clase trabajadora, en versión siglo veintiuno, a sus antojos y codicias, por el vil metal.

Estos robots de las economías, con corazón de hojalata y 'Rolex' de oros, para medir el tiempo de las ganancias y sus ocios dorados, solo piensan en los fríos dígitos de las cuentas corrientes, están enquistando una soterrada violencia en todos los ciudadanos del mundo, que van minando la paciencia, las conciencias y la misma ética, hasta derivar en rebelión de desaforados que perderán la razón. Que es lo único que les queda. Ya se ha entrado en una desazón anímica y se han perdido las ganas de vivir en muchos infortunados, por la carencia de trabajos. Y la pérdida de futuro en los jóvenes, para convivir en una sociedad armónica, igualitaria y humanitaria, en la que todos nos favorezcamos de los bienes sociales comunes. Y que éstos, no estén en manos de unos avariciosos, que entienden la vida como bienes materiales gananciales y el pelotazo financiero.

La población afectada debe priorizar en sus conciencias y dignidades humanas, por una sociedad que garantice el trabajo como valor de bienestar; en el devenir para los jóvenes con una vida solvente, y de plena seguridad para los ancianos, que ya han cumplido su rol laboral. Que no aboguen por un consumo insano, pero sí por un plausible mundo en el que predomine la razón y la honradez, mediante la educación en valores éticos y cívicos, en una sociedad en concordia, como órgano y meta de la felicidad, que mientras esta exista y esté activa, no se perderá la dignidad del ser humano y su propósito en la vida. Por una sociedad de la educación y el trabajo, que no torture a sus semejantes mediante el abandono gubernamental, esclavizándolos en la ignorancia y por la carencia de trabajo, o de contratos precarios, sin que para ello, el ser humano, por el derecho de acceder a un puesto laboral, pierda sus principios de decencia y honor, aceptando un contrato que no le denigre. Igualdad en el trabajo y en el salario.

Los empleadores, tienen una de las premisas laborales: poniendo el capital; la otra, la tienen los trabajadores, prestando sus servicios contratados. Esta invariable endogamia, compuesta de dos partes, no puede existir la una sin la otra, de tal forma, que prevenga el poder político y el empleador, sobre las consecuencias muy negativas, que pueda tener el abandono o maltrato de la clase trabajadora y derechos inalienables. Sin olvidar, por la alucinógena codicia, que la historia de la humanidad tiene muchos e ingratos ejemplos de reverberación de las masas oprimidas. Que, de las mayores riquezas, se pasa a las mayores miserias, en un santiamén. Y los apoltronados que ocupan cargos políticos (solo eventualmente), en la confianza de las urnas, deben ser gladiadores de los derechos comunes y de la custodia del bienestar social, sin claudicar ante los poderes fácticos de la plutocracia que nos estrangula.

Teo Mesa

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