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La ciudad maldita

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La corporación municipal de Las Palmas es la única de las grandes capitales españolas que aún no ha aprobado sus presupuestos anuales y la reunión de la comisión de gobierno pretendía darles el empujón definitivo. Pero Espino alegó que faltaban no sé qué informes preceptivos y sus compañeros se la montaron responsabilizándolo del problema. Como les dije, no me interesa quien lleve razón; allá ellos. La cuestión es que el retraso de los presupuestos posterga la puesta en marcha de las medidas que corresponden al ayuntamiento para paliar la crisis y dado que el alcalde no ignora cómo se les gastan sus muchachos, no es de recibo que no estuviera a pie de obra para poner a cada uno en su sitio y tomar sobre la marcha decisiones que sólo de él dependen.

La cosa viene mal de atrás. Los optimistas esperaban que después de las navidades Saavedra daría un golpe de timón e impondría su autoridad a la grillera. Pero no fue así y de ahí la bronca presupuestaria. Que el alcalde anduviera por esos mundos, en lugar de donde debía estar, refuerza la sensación creciente de no gobierno; de desbarajuste.

Hace unas semanas, mientras en el Parlamento canario se debatían, es un decir, las medidas paulianas anticrisis, Soria estaba en Alemania o no sé donde vendiendo tomates. Noble actividad, sin duda, pero no era el momento. Si aquello mereció críticas, en cuanto denotaba escasa sensibilidad hacia los problemas de quienes sufren con mayor intensidad la crisis, la misma sensación de desinterés provoca ahora Saavedra. Lo que no sorprende en el prócer de la derechona al ser lo que cabe esperar de él, indigna en Saavedra por razones obvias.

Los optimistas esperaban que Saavedra se pusiera serio tras las navidades y se equivocaron. Los pocos optimistas que quedan ya confían (poco, pero confían) en que, por fin, pegue el puñetazo en la mesa después de Semana Santa; pero me temo que ya es tarde. Han pasado prácticamente dos años desde que ocupara la alcaldía y las cosas no han mejorado de manera importante. Si es cierto que el legado del PP es una pesada losa, también lo es que los psocialistas han tenido tiempo de sacar la mano y echarla a un lado. Y no lo han hecho.

El PSC ha frustrado las esperanzas depositadas en los psocialistas para corregir el rumbo de la ciudad. No creo que estén en condiciones de revalidar la mayoría absoluta de que disfrutan y tengo mis dudas de que en estos momentos puedan alcanzar siquiera una minoría mayoritaria. Y como la solución no es volver al PP, que dejó a la corporación endeudada hasta por encima de las cejas, las alternativas son limitadas, diría que inexistentes, si partimos de la base de que difícilmente podrá Saavedra remontar y devolver la esperanza a quienes confiaron en él. La decepción es demasiado grande.

Sintiéndolo mucho, creo que esta es la realidad. El gobierno municipal se acerca a aquella situación que le dio a Soria su primera alcaldía al presentarse como el mejor de los males. Ya vimos lo que resultó después. La idea de que Las Palmas de Gran Canaria está políticamente maldita cunde en una ciudadanía que, a pesar de todos los pesares, de las crisis y el paro, mantiene el tono.

La capital grancanaria, en definitiva, no merece las corporaciones municipales padecidas en los últimos años, del time sharing a esta parte. Por algún sitio habrá que romper y pueden estar seguros de que diría cual si conociera el conjuro que ahuyente la maldición. Casi no nos queda más que recurrir a la santería.

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