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Los contrastes de la historia

La vida da muchas vueltas. Y la política. Dicen que las piedras rodando se encuentran. Y cuando no ocurre eso, cuando los escenarios son diferentes pero tienen algo en común, es que los designios son inescrutables

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La vida da muchas vueltas. Y la política. Dicen que las piedras rodando se encuentran. Y cuando no ocurre eso, cuando los escenarios son diferentes pero tienen algo en común, es que los designios son inescrutables. Es como si hubiera unas deudas latentes que, al cabo, precisan de una solución o de un sabor más dulce. Es imposible -y hasta no se debe- borrar ciertos episodios pero los pueblos tienen derecho a vivir y tener otros sueños, otros episodios que conviertan la historia en algo más gratificante.

Las vueltas de la vida: hace cuarenta y dos años, en 1973, el palacio presidencial de La Moneda y el Estadio Nacional de Santiago de Chile fueron los lugares donde el horror, la sangre, la violencia, las bombas, la crueldad y la brutal represión camparon a sus anchas. Allí entregaron sus vidas un presidente democrático y constitucional y unos cuantos leales. Allí, en un no tan improvisado campo de concentración, acabaron con dirigentes políticos, con artistas y con personas a los que solo podía acusarse de tener un pensamiento diferente.

Las imágenes reales y las escenas de películas, además de una vasta literatura, reflejan aquel Chile de terror que se quedaba sin libertades y sin democracia.

Lo que son las cosas: cuarenta y dos años después, en 2015, en el Estadio Nacional, concebido exclusivamente para el uso deportivo, la selección chilena de fútbol se proclama campeona de la Copa América. Los gritos del desespero y del miedo de entonces trocaron en exclamaciones de aliento e ilusión. Tuvieron que esperar a la suerte incierta de los penales pero se escucharon en todo el país, en aquella capital donde abrieron las grandes alamedas que soñó Allende.

Y cuarenta dos años después, aquel fuego despiadado y aquellos daños que sufría La Moneda como consecuencia de atroces bombardeos dejó paso a los vítores, a los cánticos y a la alegría incontestable de un equipo nacional y de una presidenta que se sumó al insólito festejo: ¡Chile, campeón!

Lo que va de ayer a hoy: de golpe cruento, horror, muerte... a fiesta, a catarsis colectiva, a sano grito de pueblo.

Qué bueno es vivir los contrastes de la historia.

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