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Un espacio para la esperanza

Los grandes desarrollos económicos y sociales, como los que hemos vivido en Fuerteventura en los últimos veinte años, situándonos en la órbita de avance de otras zonas occidentales en bienestar social, generan, paradójicamente, situaciones de una gran injusticia para muchas personas que se ven relegadas al ostracismo de ese espejismo que para ellas es un aparente progreso. Ya no resulta raro, en absoluto, ver en algunas calles de Puerto del Rosario, o de algunas de las comarcas más pobladas de la Isla, a algunas personas que deambulan de un lado para otro buscando cobijo para el frío de la noche o un poco de tranquilidad y silencio para los tormentos de una existencia que en un tiempo no muy lejano truncó las ilusiones de unos días que verían más sombras que luces.

Hasta hace bien poco, las imágenes de personas vagabundeando, arrastrando cartones o carros de supermercado con las pocas pertenencias materiales que se poseen, era típica de grandes urbes, y solíamos verlas en reportajes de televisión o en grandes producciones cinematográficas ambientadas en ciudades muy populosas. Ese fenómeno, en parte expandido por las consecuencias de experiencias globalizadoras, ya se puede ver en latitudes de menos presión demográfica como en la que vivimos. Si esto está ocurriendo aquí, como es obvio, tenemos que empezar a pensar que el ilusorio reparto de la riqueza y de los recursos se está polarizando de manera extremadamente progresiva y evidentemente acelerada.

Siendo así, y teniendo en cuenta que venimos considerando a Fuerteventura como un territorio de relativa bonanza económica desde hace años -dentro de la innegable crudeza y de las consecuencias que la crisis económica sella también aquí-, quizá habría que valorar que en esta isla el progreso social se mueve únicamente en una dirección, dejando en la cuneta a muchas personas que, por diversas razones de índole, por lo general, personal, se han despeñado por la pendiente de la exclusión social. Insisto, en Puerto del Rosario, así como en otras zonas de la isla, ya hay un considerable número de personas que viven bajo el umbral de la estricta pobreza.

Ante esta realidad, es loable la labor que están llevando a cabo muchas ONG, con el apoyo de las instituciones públicas, que trabajan directamente con estas personas, aportando los medios necesarios para mitigar la fatiga y el abandono al que están siendo condenadas. No se trata tanto de ofrecer dinero hoy y más dinero mañana para poder comer tres veces al día, sino de dotar de medios y recursos de autonomía individual con los que incursionar en el mercado laboral, superar las adicciones o mejorar las actividades diarias y la inserción social. En definitiva, abrazar un poco, si cabe, la felicidad en el entorno en el que se desenvuelven. Estoy seguro de que el abandono al que se han visto sometidas estas personas tiene un origen, en muchos casos, más sentimental que un requiebro económico en algún momento de sus vidas. Y es ahí donde deben incidir las instituciones a la hora de ofrecer las soluciones a esas situaciones.

Nuestro cielo es muy bonito, pero seguramente para muchas personas es cruel y no tiene el brillo que muchos vemos en él.

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