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Las guerras de identidad y otros asuntos de 'millenial'

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Puente de los Franceses

Puente de los Franceses

Yo paso por Cuatro Vientos

y sólo veo el frente,

el Puente de los Franceses,

mamita mía y los milicianos.

Ana I. García Llorente (Gata Cattana)

Ana veía restos de la guerra civil española donde otros sólo vemos una calle, un parque, una tienda, un pedazo de ciudad.

Donde muchas sólo vemos polvo y gravilla apelmazada, ella veía restos de barricadas, milicianos y otros trocitos de historia aun sin enterrar. 

Cada vez que paso ahora por el puente de los franceses veo la trinchera “mamita mía, nadie te pasa” y veo a Ana tratando de hilvanar, calle a calle, la memoria. Veo como el paso del tiempo y sus novedades van deshaciendo viejas historias, la metralla incrustada en las paredes del siglo, los fósiles subterráneos de alguna que otra verdad. 

Cada vez que pienso en la paz, me acuerdo de la guerra. 

Es el mío un recuerdo social, generacional y mediático puesto que yo no viví ninguna guerra.  Los millenial no hemos vivido la guerra, ese es nuestro pecado original (uno de tantos). Nací en 1989. Cayendo estaba el muro de Berlín y el mundo occidental (el mejor de los mundos posibles*) se atrincheraba en un solo bloque. Nací cuando surgía este nosotros unívoco e incuestionable, sin fisuras. Nacimos siendo un nosotros cosmopolita, capitalista y universal (el mejor de los nosotros posibles*). 

Hemos sido la generación afortunada, con panes de ocho cereales bajo el brazo y estrellas de bits guiando nuestros pasos. Con ideales de paz internacional, movilidad universal y democracias en oferta. Nuestros predecesores nos legaron la Sociedad de Naciones, el continente Schengen, las bombas atómicas, el FRONTEX y el Estado del bienestar. Nosotros, sólo dejaremos al Futuro el Mindfullnes de las narices, las máquinas de café en cápsula, los océanos de plásticos y a la Rosalía. 

Nuestros abuelos corrían delante de los grises o detrás de los rojos. Nosotros correteamos por los pasillos del Primark, fletamos autobuses enteros para ir de excursión al Primark, ese templo del consumo en la Gran Vía. 

Las guerras son ahora en El Corte Inglés cuando hay rebajas. En Facebook, en Twitter, en los departamentos de la Hunibersidad, en las oficinas de recursos humanos, en cualquier ámbito social donde se crucen dos posiciones diferentes. 

Aunque no las veamos, las guerras se encuentran en el sustrato de la democracia. En defensa de la paz nos fuimos a hacer “la guerra contra el terror”, para conseguir petróleo barato y financiar la democracia vendemos armas a Arabia Saudí, para fortalecer la libertad levantamos fronteras, creamos policías autonómicas, policía migratoria, policía social. 

Digo creamos, digo nosotros, porque nací siendo un nosotros que aún desconozco, crecí atesorando distintos nosotros sin cuerpo ni rostro, pero con identidad. 

Hay una guerra generacional que hace que inevitablemente y desde que el mundo es mundo los hijos luchen contra los padres, los alumnos contra los profesores, los pacientes contra los médicos, los criminales contra los jueces, lo nuevo contra lo viejo y viceversa todo el rato.

Hay una guerra de clases (de identidad) que vive en la inquina que se profesan el rico y el pobre, el triunfador y el subalterno, el nacional y el extranjero, el hombre y la mujer, los fans y los detractores de Rosalía.

Hay una guerra entre religiones que, como polos iguales, se repelen. 

“La guerra es la continuación de la política por otros medios” que dijera Karl Clausewitz y que después, Foucault planteó en sentido inverso: “La política es la continuación de la guerra por otros medios”. Es también la continuación de la religión por otros medios. Y de la economía. Y de la democracia. Es la forma de alargar el perímetro del poder a través de la violencia legítima. 

La guerra empieza en la televisión, en un apretón de manos y termina en Yemen, en Siria, en Nicaragua, en Palestina, en Venezuela, en Hungría, en Afganistán, en millones de cadáveres. 

Forman parte de mí las relaciones de poder en las que me escenifico, las guerras que me atraviesan y preceden. Forman parte de mi ADN las guerras que causamos en otros lugares, aunque ni siquiera sepamos quien carajo somos nosotros.

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