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Jueces

Un trabajo necesario y muy duro, que les da un poder enorme. Por eso se espera de ellos que hagan las cosas mejor que nadie. Con mucho más cuidado.

Anda la barra del bar entretenida con la presunta desaparición del presunto auto que debería haber autorizado las escuchas a Fernando Clavijo. Se barajan sobre todo dos hipótesis: la de que la Justicia es un cachondeo (más que una hipótesis un hecho), y la de que el alcalde tenga un propio en el juzgado que se guindó el auto para hundir el proceso. Nos encanta darle tres vueltas a la certeza de que los políticos siempre se las apañan para salir de rositas, y eso en un país en que cada día entran más políticos en el trullo, muchas veces con razón y algunas pocas sin ella. Pero en cuestión de hipótesis sobre el auto extraviado (o no) nadie se atreve a manejar la más evidente, que es que las escuchas no fueran autorizadas legalmente en tiempo y forma. De hecho, Pamparacuatro no adjunta el auto al procedimiento, que esta foliado. Y no es que no lo adjunte ahora, es que no lo adjuntó cuando debió hacerlo, hace ya cuatro años.

En los tribunales a veces pasan cosas muy raras: al juez Pamparacuatro, por ejemplo, en el caso Unión le desaparecieron 21 autos y una interminable lista de imputados de postín, desechados por la jueza que le sustituyó. Lo de Pamparacuatro es tan raro que hasta un clon suyo apareció desaparejando un barco con periodistas en una grabación de la tele sobre el caso Unión en el que –previamente- el hombre había hecho un montón de aspavientos a cámara diciéndole a esos concretos periodistas que él no podía dar información sobre el caso que estaba juzgando. ¡Qué cosas!

Y es que los jueces no son ni mejores ni peores que los políticos, los periodistas, los médicos o los fontaneros. Tienen derecho a ser vanidosos, a preocuparse por sus carreras (desde el punto de vista profesional o mediático), y también el de hacer las cosas con desgana o con prisas. Pueden equivocarse, como nos equivocamos todos. Son seres humanos, con prejuicios e ideología, se divorcian, tienen (o pueden tener) deudas, les cuesta llegar a fin de mes y seguro que alguno tiene hijos con problemas o suegras insufribles. No son héroes ni santos, ni hay porque esperar de ellos que sean infalibles. Pero cumplen una función delicada y compleja, que es la de decidir si la gente pierde o mantiene su honra, sus bienes y –en última instancia- su libertad. Un trabajo necesario y muy duro, que les da un poder enorme. Por eso se espera de ellos que hagan las cosas mejor que nadie. Con mucho más cuidado.

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