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El maestro Dutoit y Fiona Allan

La noticia irrumpió en los medios locales el pasado día 1 de febrero, para extenderse luego como la gripe por medio mundo: la comisión ejecutiva de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria prescindía del maestro Charles Dutoit (la estrella más fulgurante de su temporada 2019/2020), tras haberlo invitado a dirigir el undécimo concierto de abono. La consejera y presidenta de la comisión, Guacimara Medina, se mostró cauta ante la prensa y adujo entre otros motivos la renovación de cargos en el Cabildo.

Luego los medios se encargaron de recordarnos lo que mucha gente sabe: que el maestro Dutoit ha sido acusado de agresión sexual por diferentes mujeres, presuntamente victimizadas entre 1970 y 2010. Y que por eso otras orquestas más antiguas y robustas, en Londres, Nueva York, Boston, Filadelfia, Cleveland, Chicago, San Francisco o Sydney, ya habían desterrado su nombre de las programaciones. No obstante, la Orquesta de París, la Sinfónica de Montreal o la Filarmónica de San Petersburgo no encontraron motivos para rechazarlo.

La polémica está servida y aliñada: algunos críticos y comentaristas del ámbito musical, de los que se espera al menos cierto grado de ecuanimidad, no han tardado en tomar partido frente a la noticia. Cabía esperar que lo hicieran, porque en los dominios del gusto y los apegos se hace difícil atemperar las pasiones. Por eso no han faltado invectivas contra la decisión, a la que atribuyen dos clases de vicio. Una, la confusión entre el hombre y el artista. Otra, el desprecio a la presunción de inocencia.

No se me esconde lo evidente: el relevo de Dutoit es en sí mismo una manzana de la discordia, o una papa caliente si lo prefieren, que propicia y hasta exige una confrontación de posiciones éticas. Por eso no quiero ocultar la mía.

Debo aclarar de entrada que ni el fascismo antisemita de Ezra Pound ni los presuntos delitos sexuales de Roman Polanski me impiden admirar sus obras. Aun así, a ninguno de los dos lo habría invitado a pisar mi casa. Ningún código regula la disyuntiva de invitar o no, pero tampoco es éticamente neutra: cada una de sus dos opciones habla por quien la toma. Por eso, aunque admire el atmosférico Ravel que ha grabado Dutoit e incluso recomiende su compra, a él jamás lo invitaría. Me propongo explicar por qué.

Sobre la presunción de inocencia no voy a ser menos claro: defiendo con firmeza el derecho del director suizo a no ser tratado como un delincuente, pero eso no me exime de creer con la misma firmeza en la veracidad de Fiona Allan.

El nombre de Fiona Allan tiene un peso creciente en el mundo teatral británico. En 2016 fue elegida presidenta de UK Theater, la organización profesional más importante en las artes escénicas de aquel país. Dos años después, cuando ya poco le quedaba por lograr y mucho que perder, decidió sumarse a la lista de quienes alzaban su voz contra Dutoit. Su relato se remontaba a los años noventa, cuando era una simple becaria en la Sinfónica de Boston (BSO). Igual que otras mujeres en diferentes ciudades, con parecido grado de detalle y congruencia, declaró haber sido agredida sexualmente por el maestro. Mediaban ya veinte años. Pero esta vez la BSO dio crédito y relevancia a su relato, rompió todos los vínculos con Dutoit y le retiró el nombramiento de Koussewitzky Artist.

Leí las declaraciones de Fiona Allan a la revista The Stage y confieso que me estremecieron. Su rabia y su soledad sin fondo tras los hechos descritos, su impotencia frente al insalvable y tremendo desequilibrio de poder, su autoinculpación por haber conocido demasiado tarde la “regla de oro”, que era entrar de dos en dos en la habitación de “aquel hombre”… Todo parece un espejo en el que miles de mujeres podrían reconocerse.   

Hoy, al frente del UK Theater, Fiona Allan desarrolla un importante proyecto de ámbito nacional. Su objeto es proteger a otras personas, hombres o mujeres, de los abusos ancestrales que se cometen en ese sector de la cultura. Unos abusos a los que Vicky Featherstone, directora artística del Royal Court Theatre, se refiere con esta sentencia en staccato: “Todos. Nosotros. Sabemos.”

En El maestro y Margarita, la delirante novela de Bulgákov, la protagonista se expone desnuda a las potencias del infierno. No siente ni miedo ni vergüenza, porque la mueve el afán de reunirse con el hombre al que ama. Bien distinta parece esta historia real, la del maestro y Fiona Allan. Sin embargo, el coraje se nos muestra otra vez con rostro femenino. Como la Margarita de Bulgákov (después de todo un trasunto de la goethiana), Fiona Allan tiene el valor de exponerse en desventaja a las fuerzas infernales. Claro que los demonios de su entorno son bien distintos: tienen afanes y ademanes de felino, se muestran tan pronto rampantes como furtivos, van dejando un rastro de temores, frustraciones, maledicencias, hipocresía, y su madriguera es el backstage innumerable y tortuoso de los escenarios europeos, rusos o americanos. Como algunas otras mujeres (pocas todavía, pero in crescendo), ella trata de poner barreras y controles a ese poder hasta ahora incontrolado, por no decir absoluto, que entre todos hemos ido delegando en ciertos monstruos -unas veces grandes, otras no tanto- de la cultura y el espectáculo.

Nadie estará contento a estas horas con la historia del concierto número once. No puede estarlo quien diseñó en su día la programación, con aquella “operación prestigio” que apostaba hábilmente por un crack en horas bajas. Tampoco el actual equipo de gobierno, con sus carreras contra el reloj para cambiar la composición del menú. Pero los hechos están ahí, son los que son, y en el debate ético que suscitan yo doy crédito a Fiona Allan. Con ella me alineo. Aunque solo hubiese supuesto un homenaje a su persona y su labor, aplaudiría sin vacilaciones el relevo del maestro.

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