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No sé qué pensar

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Cuando nació Juan Manuel García Falcón hace 57 años aún desconocía cómo sería su vida: podía llegar a la dirección general de La Caja, como finalmente ocurrió, o ser uno más de sus 600.000 paisanos que están debajo del umbral de la pobreza.

Canarias es la quinta comunidad con más personas en situación de riesgo y el porcentaje de pobres isleños supera en diez puntos la media nacional. Muchas veces el filo de la navaja entre ser un ejecutivo bancario rico o un desgraciado y paupérrimo infeliz es muy estrecho, casi imperceptible, como una fina y gélida cuchillada callejera en la madrugada.

Cada día hay más pobres en la calle, cada día hay más mendigos revolviendo en la basura de los contenedores o en los desechos caducados de los supermercados. La cifra del paro va aumentando, como incrementa la desazón de una sociedad enferma donde cada minuto hay más diferencias entre ricos y pobres.

Esos seres humanos de mirada caída que encontramos cada día en la esquina son personas de carne y hueso, muchos de ellos padres o madres de familia que no tienen donde caerse muertos ni un euro para poder comer una lechuga hervida o un yogur de piña.

Los carteles que portan estos menesterosos piden ayuda urgente y desesperada, agua por señas. Son mensajes plagados de faltas de ortografía. A veces les falta una hache porque se la han comido de pura hambre.

El otro día me topé con un hombre de mediana edad con cara envejecida y barba raída. Su cartel no decía que era un padre a cargo de una prole numerosa ni que tenía hambre. No imploraba ayuda inminente.

En su cartel solo se leía que era un hombre triste. Con eso ya lo decía todo. Este parado no especificaba que necesitaba ayuda, que hacía tiempo que no hincaba el diente a un filete o que tenía una familia a la que mantener.

No sé qué piensan los ejecutivos agresivos de los bancos y los empresarios con fortuna cuando ven a esta gente tirada en la calle. Ni siquiera sé si piensan a pesar de sus sueldos millonarios. En realidad ya no sé ni qué pensar.

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