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PONGAMOS LAS COSAS EN SU SITIO

Hace justamente una semana que impartí la última conferencia que tenía programada para el presente año -y tengo pruebas documentales, físicas y digitales, que la acreditan, por si acaso.

Si recapitulo y reviso el programa original que me tracé a finales del pasado año he podido completarlo, salvo en dos ocasiones, debido a una incompatibilidad con las fechas de los eventos en los que debía impartirlas.

Cierto es que, al final tuve que impartir cuatro de ellas, en tan sólo los días -circunstancia que acentuó el desgaste físico que una actividad como ésta lleva acarreada-, pero, en mi descargo, debo decir que los planes no eran ésos y, además, con la experiencia adquirida, bien me podría haber ahorrado dos de ellas. Claro que eso no lo sabes hasta que estás subido en el escenario, literalmente hablando, y ves que las cosas no funcionan como deberían.  

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En realidad, esto sucede cuando nunca te has resignado a permanecer en un segundo plano y, por ende, has tenido la oportunidad de coincidir con personas que te han hecho crecer, profesional y personalmente, a lo largo de tu carrera. Después, con el tiempo, te ves en cierto modo obligado a cambiar el lugar de trabajo e, incluso, el idioma en el que hablas, dándose la circunstancia, llegado el momento, de tener que adaptar hasta tu forma de hacer cosas para cumplir con las exigencias de un país que no es el tuyo. Si aceptas lo bueno que puede acarrearte un desafío de estas características, los inconvenientes se transforman en el mejor aliciente para tratar de superar los miedos que siempre te habían acompañado en este tipo de travesías tan extremas.  

De no haberlo hecho entonces, hubiera tenido que permanecer recorriendo un camino tan tortuoso y poco gratificante como el recorrido por el literario Charles Marlow, pero sin posibilidad alguna de encontrar a un Kurtz que me abriera los ojos ante la oscuridad en la que me encontraba atrapado. Esto ya me ocurrió la última vez que impartí una conferencia en mi país de origen, momento en el que sentí no solo el más absoluto desprecio por una parte de los organizadores de evento -la programaron al final del programa, justo con los “minutos de la basura” y casi por obligación- sino por el cansancio y desazón ante un cuadro que ya ni siquiera me despertaba sentimientos encontrados. Lo mejor del caso es que aquel esperpéntico evento, digno de ocupar un capítulo en la novela original de Joseph Conrad, me permitió, por última vez en mi carrera, trabajar con dos de los mejores PROFESIONALES, con mayúsculas, con lo que he tenido el placer y, sobre todo, el honor de compartir mi tiempo y dedicación durante estas tres últimas décadas. Sólo por eso, y por el empeño de ambos en lograr que los espejos cóncavos pudieran proyectar una imagen menos distorsionada, a pesar de los intentos de la bancada contraria, el resumen final no fue tan desastroso como se pudiera pensar.

Lo cierto es que aquella conferencia sobre un personaje del mundo gráfico, de la cual no estoy del todo orgulloso -y eso que el tema me gustaba mucho, debo decir- está directamente relacionada con otro de esos ENORMES profesionales, como los dos anteriormente citados, con los que he coincido y que, me hizo cambiar, no solamente el discurso argumental de buena parte de mi trabajo, sino que me llevó un paso más allá y me enseñó, cual Kurtz a un desorientado Marlow, que hasta en el corazón de las tinieblas se pueden encontrar argumentos válidos para seguir adelante.

Siendo del todo sincero, debo admitir que nuestra relación contractual empezó, por decirlo de forma educada, de forma un tanto brusca y teñida de cierto regusto a sorpresa. Les cuento para que se hagan una idea más clara. Nada más llegar a un evento del que formaba parte del elenco de invitados, aparte de ser comisario de varias muestras, me di cuenta de que tenía solamente unas horas para poder supervisar y montar dos exposiciones y, al terminar, me quedaba una veraniega velada nocturna para terminar de preparar la primera de las conferencias que tenía programadas para el día siguiente. En total mi saldo temporal ascendía a 20 horas, incluyendo comidas, paseos por el baño, hacer uso y disfrute de la cama del hotel y, además, tener un encuentro con varios medios de comunicación, antes de la ya mencionada conferencia. Otro cualquiera, en esta misma circunstancia, se hubiera subido en el primer barco que regresara a Gran Canaria -el evento se celebraba en Sta. Cruz de Tenerife-, pero, en mi caso, hay momentos en los que me gusta aceptar retos y, además, la primera de las conferencias tenía como personaje principal al vecino arácnido y yo ni siquiera tenía un signo de exclamación ni en mi nombre ni en mis dos apellidos… ¡Qué cosas!

Admito que durante la noche sonaron en mi mente, y más de una vez, las palabras del épico poema de Lord Alfred Tennyson y eso, si bien te ayuda a estar alerta, también te produce cierta desazón. ¿Y saben cuál fue la causa? Pues una y bien sencilla; es decir, aquélla iba a ser la primera que impartiría sobre un personaje de cómic. En realidad, era la primera conferencia que daba basada en el noveno arte. Anteriormente -y salvo un seminario que impartí titulado, el cine y el cómic, en unos años donde las adaptaciones actuales, ni estaban y casi diría que ni se las esperaba- el resto de mi trabajo tanto durante mi etapa universitario, como posteriormente se había ceñido al séptimo arte.

Alguno podrá decir que no hay tanta diferencia, pero, en realidad, SI que la hay, dado que siempre es más fácil acotar la filmografía de un actor/ actriz/ director/a con una docena de títulos que, por el contrario, leer trescientos o cuatrocientos números de una determinada serie gráfica, más crossovers y demás, sobre todo en un país, España, donde los cómics no suelen ocupar un lugar de “honor” en las bibliotecas que jalonan la geografía nacional. Hoy en día, dieciocho años después de aquella primera conferencia, Internet funciona a pleno rendimiento y es mucho más fácil encontrar prácticamente todo, aunque se sigue jugando a favor del cine frente al cómic.

La historia, mi historia personal, cuenta que aquella primera conferencia me abrió la puerta a seis años de trabajo, a seis años de experiencias y a seis años de retos que no cambiaría por nada, a pesar de los analfabetos funcionales y los abrazafarolas con los que me crucé y que no nos lo ponían nada fácil. La suma de aquellos momentos terminó por definir a la persona que ahora mismo está escribiendo estas líneas. Hace unos días, esa misma suma me llevó hasta un evento celebrado en la ciudad finlandesa de Tampere y, una vez allí, a ponerme delante de una audiencia para hablarles sobre los héroes Marvel “Made in Asia” en inglés, un idioma que no es mi lengua materna.

Y no seré yo quien diga que, en aquellos años, todo salió “bien” y que mi trabajo siempre cumplió con las expectativas depositadas sobre mí. Y no me refiero a las expectativas depositadas por los… que pagaban el evento, pues eso sería darles a ellos un protagonismo que ni tenían, ni tampoco se habían ganado. Me refiero a las expectativas de quien me reclutó para llevar a cabo, de una manera seria y profesional, un evento cultural como lo es un salón del cómic y la ilustración y lo que éste puede aportar a una población, sin importar la edad de los potenciales visitantes. Y lo hizo todo sin caer en los excesos argumentales de los ignorantes. Lo hizo sin una mínima muestra de frivolidad y sin olvidar quiénes eran los destinatarios finales. En su esquema no cabían los hechos pensados para salir un día en la foto oficial -de rigor-, y después, “si te he visto, ya no me acuerdo de ti”. Se trataba de divulgar aquello que nos gustaba a todos los que trabajamos y hacerlo de la mejor forma posible, siempre combatiendo con la problemática derivada un presupuesto que solía menguar de manera exponencial en vez de crecer.  

Lo lógico, y suelo evitar utilizar esa palabra, es que hubiésemos tirado la toalla mucho antes de que el dinero se acabara -las mentiras para justificar tal hecho continuaron años después de su desaparición- y hubiéramos buscado otros pastos más propicios. El problema, mejor dicho, la razón de no hacerlo estuvo relacionada con algo que se podía palpar incluso antes de empezar el montaje y que la persona que nos aglutinaba esparcía en el ambiente como si se tratara de un virus: de alguna forma, sabíamos que estábamos trabajando para construir un evento que representaba algo más que una cifra en el calendario y una estadística para justificar la incompetencia burocrática de turno. No se trataba de llenar las paredes con cuadros, ni las vitrinas con todo tipo de cachivaches ni nada por el estilo. Por un momento, éramos conscientes de la validez de un trabajo que, por lo general, suele caer en manos de mediocres endomingados, divinos de tercera categoría, mercachifles de vodevil o especuladores que sólo miran la cantidad de entradas vendidas y se desentienden del resto.

Mi experiencia me ha enseñado que hay momentos en la vida de uno en los que te das cuenta de que estás haciendo lo que debes, cuando debes y con quién debes. Y aquellos años fueron una muestra clara y real que ese sentimiento se puede lograr y, por excesivo que pueda sonar, le acabas ganando la partida al destino, por muy esquivo que éste pueda llegar a ser.  Poco importaba, entonces, los sinsabores, los desprecios y los requiebros que había que improvisar para poder abrir en el día y la hora señalada, como si fuéramos los ayudantes de Marshall Will Kane, expuestos al peor escenario posible.

Dicen que el tiempo edulcora lo recuerdos y te hace ver lo que fue de una forma mucho más “hermosa” de cómo sucedió realmente todo. En teoría puedes ser cierto, pero, si me tomo el trabajo de ver lo que ha sido mi carrera profesional desde entonces, lo único que he hecho ha sido sumar más y más cosas -y más y más conferencias sobre el noveno arte, en detrimento del séptimo- y seguir tratando de desarrollar lo que hice durante aquellos momentos. Además, la memoria, por lo menos la mía, no se puede borrar, ni cambiar, ni alterar, así como así.

Recuerdo que la única discusión que tuvimos tuvo que ver con un tema de derechos de autor y con mi afán porque el nombre de todos los que habían escrito un texto para el evento figuraran tal y como yo creía que debían figurar. Admito que soy una persona obsesiva con todo lo que tenga que ver con respetar el trabajo ajeno y NUNCA he entendido, ni apoyado esa exigencia de los centros públicos españoles por tratar de anular los derechos de autor de una persona -y lo han hecho conmigo, borrando mi nombre de varios textos- bajo la excusa de que, por encima de las personas, está el organismo en cuestión.

Al final, las cosas se quedaron como estaban, aunque me imagino que alguien le terminó afeando el comportamiento por mi culpa, al igual que un lameculos profesional le afeó el comportamiento -de eso sí que tengo pruebas fehacientes- por culpa de una columna de opinión que escribí, la cual debí haber ponderado más, a tenor de las víctimas colaterales que puede llegar a dejar tu trabajo, aunque no llegues a ser consciente cuando lo estás realizando.

Hoy día sé que cambiaría algunas cosas, sobre todo mi rigidez y el no ser capaz de asumir toda la presión que él debía soportar, más en un ambiente, el mundo del fandom, lleno de manadas de hienas hambrientas y dispuestas a devorarte sin la menor compasión. En su día ya me disculpé, pero su respuesta fue premiarme por haber sido paciente ante la falta de ética y deontología profesional de quienes se aprovechaban de su posición de privilegio y el control de las cuentas.

Esta circunstancia sólo me ha ocurrido dos veces en mi vida profesional -y treinta y dos años dan para mucho- y, aún hoy, me cuesta entender la razón por la que una persona, con una ética fuera de toda duda, asumió y terminó por compensar los desmanes de otros que, a un buen seguro, le hubieran censurado tal comportamiento. La historia no la escriben los vencedores, pues en muchos casos, son demasiados analfabetos para hacerlo. La historia la escriben las personas que saben lo que deben hacer y no porque se lo diga una regla y/o una persona, sino porque así lo entienden. Es un camino mucho más duro que quienes se postulan para tal o cual cargo por el mero hecho de aparentar, “chupar cámara” o demostrar todo lo que tienen, pero, creo que a él siempre le compensó todo aquello, por mucho que el final fuera del todo inaceptable.

La última vez que trabajamos juntos fue una década atrás y, de nuevo, me volví a sentar para hablar sobre el vecino arácnido, aunque no lo hice solo. Según cuentan las crónicas, nuestra “actuación” emuló a los conocidísimos Faenino y Cansado -apunte, éste, que nunca he podido certificar, al no haber visto ninguna actuación del dúo de humoristas- pero lo cierto es que ya antes de aquel momento tanto Patricio García Ducha como yo confesábamos, sin mayor pudor, que éramos pareja artística y así lo expresamos, por ejemplo, en una entrevista de radio a la que asistimos anterior a la inauguración al evento del que ambos formábamos parte, en el museo Néstor de la capital Gran Canaria. 

Y sin ser amante, ni seguidor del noble arte de los toros, no se me ocurre mejor forma de terminar esta columna que de una forma muy taurina: “Esta faena, todas las anteriores y las que vendrán, van dedicadas a ti, ¡maestro!”

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2018

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