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BAD DAY AT BLACK ROCK

John J. Macreedy (Spencer Tracy), un veterano soldado de la Segunda Guerra Mundial, se apea en el polvoriento andén de un pueblo de mala muerte llamado Black Rock, un sumidero infecto y atrasado, en medio del desierto, y dominado por el pesado manto de la corrupción y despotismo que representa Reno Smith (Robert Ryan) y sus amorales secuaces, Coley Trimble (Ernest Borgnine) y Hector David (Lee Marvin).

Macreedy, quien perdiera su brazo izquierdo combatiendo en uno de aquellos sangrientos mataderos que tiñeron de sangre el globo terráqueo, da con sus huesos en aquel olvidado lugar por culpa del hijo de un granjero japonés, apellidado, éste, Komoko.

Su llegada, lejos de ser pasada por alto por los lugareños, se convierte en el foco de atención de los “guardianes de las esencias patrióticas”, ignorantes de que la guerra al fin terminó y de que ya no hay enemigos a lo que batir, sino un mundo al que reconstruir. Poco importan los esfuerzos del recién llegado por conocer el paradero del señor Komoko, en un escenario en donde la Omertá impera por voluntad de un ser desmedido y desquiciado que no duda en alardear de su fanatismo e intransigencia frente a quien ha perdido varios años de su vida y una parte de su cuerpo batallando para que gente como Smith pueda alardear de sus privilegios y de una posición social que le permite tener amedrentados a todos y cada uno de los habitantes del lugar. Para él, amo y señor del pueblo, las reglas de la sociedad no funcionan en aquel enclave y su prepotencia es algo que igualmente motiva las acciones de Trimble y David, dos actores de reparto que se escudan en el poder y las influencias de su empleador para tratar de expulsar a Macreedy del lugar, tal y como ya había sucedido anteriormente con otros como él.  

Su pecado, el de ambos descerebrados como el de Smith, es subestimar la audacia, las convicciones y el valor de un hombre que sabe lo poco que puede valer la vida de un ser humano en la sociedad y en el campo de batalla y lo importante que es preservarla, dentro y fuera de él.  Ni siquiera su pérdida física le impedirá enfrentarse, en igualdad de condiciones, con dos matones de mala muerte como Trimble y David, paupérrimas caricaturas de todos los seres humanos que se pegan al lomo de los acaudalados para medrar a costa de los desperdicios que éstos van soltando mientras devoran todo aquello que se les antoja, esté prohibido o no.

En realidad, Macreedy sabe que aquella situación está condenada al fracaso, porque la miseria moral, los excesos y los desmanes de quienes se comportan como si el mundo fuera su archipiélago particular terminar por resquebrajarse, antes o después. Ni siquiera la mayor fortuna del mundo puede evitar que una herida se gangrene si no se trata a tiempo y ésa es la enfermedad que deberán asumir y tratar los habitantes de aquel pueblo de mala muerte, azotado por las arenas de un desierto que mejor lo hubiese engullido tiempo atrás.

¿A que se imaginan lo que le ocurrió al señor Komoko, justo después de estallar el conflicto, tras el ataque a la base naval de Pearl Harbour? Pues lo mismo que le sucedió a los Estados Unidos de América cuando la clase política y los medios de comunicación les hicieron caso a las soflamas de un demente demagogo como lo era el senador Joseph McCarthy, en la década de los años cincuenta -un lustro después de finalizado el conflicto mundial- y con la guerra de Corea revoloteando los corazones y las mentes de las mentes bien pensantes del país de la libertad, secuestrada en aquellos precisos momentos.

Macreedy es, junto con Will Kane (Gary Cooper), la última línea de defensa contra el fanatismo, la indefensión y el abuso desmedido que los poderosos y que una clase política corrupta y desnortada ejercen sobre nuestra sociedad, antes y ahora.

Y poco importa que se trate de anteponer la verdad ante la ignominia, la mentira y el desenfreno torticero de quienes se sitúan por encima de la ley. Al final, tanto uno como otro deberán recurrir a situaciones extremas que solamente sirven para demostrarnos lo poco que ha evolucionado el ser humano desde que éste decidió bajarse de un árbol y empezar a andar erecto.

Bad day at Black Rock (1955) y High Noon (1952) están ambas basadas en dos relatos literarios publicados en dos revistas de la época, pero, por desgracia, dichos relatos -y las situaciones que en ambos se denuncian- se han convertido en los titulares de los medios de comunicación actual, para deshonra y sonroja de una sociedad que presume de democrática y que lejos de está de serlo como debería.

Lugares como Black Rock y Hadleyville han dejado de ser escenarios inventados por la imaginación de un escritor y/o de un guionista y se han transmutado en lugares de pesadilla para quienes deben tratar de sobrevivir en ellos, mientras las alimañas pululan a su alrededor. Y quienes sufren todo tipo de abusos ni tan siquiera pueden recurrir a los métodos expeditivos a los que recurren John J. Macreedy y Will Kane, porque en nuestra sociedad, a trancas y a barrancas, aun se respeta la letra de ley, de uno u otro modo.

Ahora, les reto a que piensen un escenario similar a Black Rock, sólo uno, cerca de donde viven y seguro que se sorprenderán al tener que asimilar que uno, lo que se dice uno, no, pero MUCHOS, seguro que SÍ se les vienen a la cabeza. ¿A que sí?

Bad day at black rock poster

© 1955 Metro-Goldwyn-Mayer

 

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