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FANATICOS E IGNORANTES

Hace unos días vi la reproducción de una fotografía en donde se recogía un suceso acaecido en nuestro país, en la década de los años treinta del pasado siglo XX, y mi primera impresión me condujo en volandas hasta la sucesión de imágenes que forman la imborrable película que es, y siempre será, Cabaret (Bob Fosse, 1972).

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Aquella foto, al igual que la película del bailarín, coreógrafo, escritor y director americano mostraba un momento de nuestra historia más contemporánea donde la calles se llenaron de camisas de color negro, camisas de color pardo, camisas de color azul, camisas de color verde, camisas de color gris y de otros tantos colores que desembocaron en un genocidio teñido de ideología e irracionalidad homicida que, luego, se recogió en los libros de historia como Segunda Guerra Mundial. 

Aquella contienda -llena a rebosar de episodios que harían vomitar a un ejemplar de Capra aegagrus hircus, mamífero artiodáctilo de la subfamilia Caprinae capaz de sobrevivir en prácticamente cualquier hábitat, dada su capacidad para ingerir la más variada y extrema alimentación por escasa que ésta pudiera llegar a ser- debió disuadir a los seres humanos de caer en radicalismos ideológicos, pero está claro que no fue así.

De un tiempo a esta parte son legión quienes, ignorantes de un pasado nada glorioso ni digno de imitar, se empeñan en reverdecerlo y reivindicarlo como si nada hubiera pasado. Su nuevo discurso, nada “nuevo” por otra parte, se sustenta en los efectos de una crisis que se ha convertido en el acicate para justificar su diatribas incendiarias, dementes y populistas. 

Poco importa que sus antecesores demostraran, tras teñir de sangre los campos, las calles, los mares y los ríos de buena parte del mundo, que su discurso no era válido, de ninguna de las formas.

Poco importa que sus antecesores quisieran acabar con una raza o exterminar a quienes ni pensaban, ni escribían, ni hablaban, ni mostraban el afecto como ellos.

Poco importa que sus antecesores pudieran llegar a comerciar con las vidas de quienes habían nacido con un credo y unas costumbres distintas a las de quienes, en ese momento, ostentaban el poder.

Poco importa que toda aquella charada criminal se sustentara sobre unos principios ideológicos, sociales, étnicos y territoriales torticeros, falaces y demenciales.

Lo único que importa es el poder, la fuerza derivada de unas urnas que, cada día que pasa, demuestran lo equivocados que pueden estar los seres humanos, por mucho que luego quienes han ganado nos avasallen con cifras, datos, estadísticas y noticias falsas.  Ya ni siquiera la máxima “un hombre, un voto” parece tener vigencia ante el aluvión de intromisiones que los procesos electorales están sufriendo por parte de quienes disfrutan con la inestabilidad y el caos.

Al final, aquello que nunca debería volver a suceder parece condenado a repetirse por la ignorancia y el fanatismo de unos líderes de tercera categoría, auténticos analfabetos funcionales, que se muestran dispuestos a causar cuantos más males y desaguisados, mejor.

Bien le estaría al común de los mortales ver la secuencia final de la ya mencionada película de Bob Fosse, para entender cómo terminan estas cosas, aunque si se fijaran en las circunspectas caras de los ancianos que se encuentran entre los exaltados asistentes del recital patriótico musical del joven miembro de las Hitler-Jugend, entonando la simbólica canción titulada "Tomorrow Belongs To Me", quizás entendieran todo lo dicho anteriormente de una forma más clara.

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© Eduardo Serradilla Sanchis, 2018

© 2018 A Feuer & Martin Production, Allied Artists Pictures Corporation and ABC Pictures Corp.

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