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Un monstruo de plásticos que devora nuestra desidia medioambiental

La asociación Senegal Propre lleva alertando desde 2006 de los peligros que supone del uso desmedido de plásticos desde una ciudad como Dakar por la que circulan cada día cinco millones de bolsas

A su frente está Modou Fall, un exmilitar que recorre las calles con una indumentaria realizada a base de plásticos para sensibilizar a la población

“Nosotros podríamos tomar las pateras e ir a Europa, pero no lo hacemos porque somos conscientes de que esto tendría un impacto negativo para la vida de la población, por lo que nos hemos quedado”

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Modou Fall en la Avenida de la Corniche durante la entrevista.

Modou Fall en la Avenida de la Corniche durante la entrevista. Alicia Justo.

Descampados que desde lejos parecen cubiertos por un manto de plásticos blancos, negros o azules, árboles convertidos en seres animados gracias a las ramas de las que cuelgan bolsas que se mueven al son del viento, y cabras y vacas alimentándose de viejos envoltorios de este material. Esta es otra de las caras que forman parte del paisaje de Senegal, en cuya capital, Dakar, se estima que circulan cinco millones de bolsas de plástico al día, según el Ministerio de Medio Ambiente.

Para combatir esta situación, la asociación Senegal Propre lleva alertando desde 2006 de los peligros que supone para el medio ambiente y para el ser humano el uso desmedido de plásticos. La figura visible de esta iniciativa es un hombre de 1,8 metros recubierto de bolsas de plástico que solo dejan asomar su rostro, una especie de monstruo plastificado que advierte sobre las consecuencias de la desidia medioambiental por las calles y eventos multitudinarios de Senegal. En todas sus intervenciones, recoge desechos plásticos como pajitas y botellas, intercambia mensajes con los jóvenes y reparte bolsas de papel. 

Este hombre de plástico –como se autodefine-  que llama la atención a cada paso, es Modou Fall, un exmilitar que se enfureció un día al comprobar que todo el trabajo de los servicios de limpieza durante una jornada, caía en balde a las pocas horas. “En este momento comencé a sensibilizar a la gente. Decidí crear este vestido para concienciar a las personas de que si no paramos de arrojar plásticos al medio ambiente, todos terminaremos siendo devorados por este material. Vamos a ser devorados por ese plástico que está en el pescado que ingerimos, en las vacas que comemos y que a su vez se han alimentado de plásticos”, alerta. 

En Senegal es habitual ver a las mujeres en el mercado con cuatro y cinco bolsas pequeñas en las que guardan en cada una tomates, cebollas o carbón. En las boutiques (tiendas del barrio) se sirven las salsas y la mayonesa en bolsas pequeñas de un solo uso. El agua que se consume en los trayectos de carretera y que se compra a los vendedores ambulantes está envasada en unas bolsas equivalentes a un vaso mediano de agua. Por todo ello, el gran uso de plásticos en el país se ha convertido en asunto preocupante también para las autoridades, por lo que la Asamblea Nacional aprobó 2015 una ley que prohibía la distribución de bolsas de plástico fino en el país.

Precisamente uno de los trabajos del colectivo medioambiental es colaborar con la administración pública, tanto en alertar sobre los peligros que implica la acumulación de desechos plásticos en las calles como en que se les facilite la realización de acciones de sensibilización por todo el país (desde Casamance a Rufisque, en la capital senegalesa), sobre todo en eventos de gran afluencia, como partidos de fútbol o en el tour de Dakar. Además, realizan diversas campañas de educación medioambiental en mezquitas, iglesias, en los barrios... y explotan la educación cívica en los centros escolares, donde imparten actividades de dinamización que recalcan la importancia del reciclaje y de no arrojar basura en las calles.

“Senegal limpio. No a las bolsas de plásticos”,  reza el cartel que porta Modou Fall en todas sus intervenciones.

“Senegal limpio. No a las bolsas de plásticos”, reza el cartel que porta Modou Fall en todas sus intervenciones. Alicia Justo.

“El gran problema son las costumbres de las personas”

Fall confiesa que su traje tiene una doble inspiración. Por un lado, en los vendedores ambulantes de las playas del país, que ofrecen multiplicidad de abalorios, muchos de los cuales son de plástico, y en los árboles de los que cuelgan decenas de bolsas. “Quise crear un hombre vestido de plástico. Desde que me pongo el traje todo el mundo se para y hace preguntas, les llama la atención. Al principio algunos pensaban que estaba loco pero finalmente se dieron cuenta de que estaba llevando una iniciativa noble”. Sus recorridos por los mercados o los eventos públicos son interrumpidos constantemente por muchos curiosos que desean sacarse una foto con él. La llamada de atención, de este modo, ya la ha conseguido. Después, intercambia con las personas del lugar las bolsas de plástico que llevan en las manos por otras de papel. Suele portar unas 30 bolsas de este último tipo para realizar el trueque. Después, adhiere a uno de sus tres trajes las bolsas de plástico que ha recolectado.

El activista se muestra, al mismo tiempo, muy crítico con una parte de la sociedad senegalesa. Reconoce que aunque no todas las personas puedan costearse una bolsa reutilizable ni adquirir en los numerosos mercadillos una de tela, “cada persona podría puede crear su bolsa, comprar una tela y hacerla. Porque si cada casa tiene unas bolsas reutilizables, se podrán mantener las calles limpias. Por eso pienso que todo el problema es el comportamiento, las costumbres de las personas”. Argumenta que ya existen numerosas actividades de sensibilización y que las escuelas también hacen su trabajo enseñando la importancia de la reducción de plásticos: “En Senegal hay conciencia pero falta voluntad. Saben que es peligroso, pero después hay grupos de presión que están detrás de todo esto y no dicen que hay que recoger los plásticos. Las industrias que están aquí, cada año generan 198.000 toneladas de plástico, de las que. solo 6.000 son reciclables. Lo que queda lo echan en el océano o lo queman”, se queja. Por ello, se muestra tajante a la hora de proponer una solución: prohibir su uso. De hecho, asegura que ya han empezado a ver resultados positivos en aquellas empresas que han prohibido el plástico y en aquellos vendedores de café que han introducido vasos de papel. 

Sin embargo, y con toda esta serie de dificultades, confía en que Senegal será un día un país limpio y en que el nombre de su asociación y lema que lleva en el pecho de su traje Senegal propre (Senegal limpio) no sea solo un eslogan, sino una realidad. Para tal fin, confiesa que los miembros de la asociación han decidido quedarse en su tierra, ser voluntarios en esta lucha ecologista para lograr un bien común que después se revierta en cada individuo. “Nosotros podríamos tomar las pateras e ir a Europa, pero no lo hacemos porque somos conscientes de que esto tendría un impacto negativo para la vida de la población, por lo que nos hemos quedado”, afirma. Considera que muchos jóvenes senegaleses deben permanecer en el país para que con su trabajo contribuyan al desarrollo de su pueblo: “Le diría a la gente de las pateras que se quede aquí, que hay un trabajo por hacer”.

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