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Caimán no come caimán

Las negociaciones poselectorales son una almoneda en la que se reparte el “botín” obtenido en las urnas

Es de ver el asedio de las televisoras con imágenes de mares u océanos repletos de basuras hasta arriba y desde abajo para hacernos ver, como si no lo supiéramos, que el planeta se va a hacer puñetas

Bajo la dictadura, los ecologistas eran sospechosos de desafección a aquel Régimen que por la gracia de Dios regía un excepcional Caudillo que cuando no estaba de palique con Santa Teresa era porque probaba el motor de agua de su invención, según informaba la Prensa fiel 

Ábalos sobre un adelanto electoral al 26 de mayo: "Nada es descartable"

Ábalos sobre un adelanto electoral al 26 de mayo: "Nada es descartable" EFE

Imagino que ustedes también estarán hasta el gorro de los pactos para el “reparto del botín” que llamó el profesor Alejandro Nieto a las negociaciones poselectorales para repartirse el pastel en función de los intereses de cada partido. Todo indica que los apaños no acaban de cuadrar al gusto de todos por lo que el ministro José Luis Ábalos dejó caer que igual hay que repetir elecciones. No sé si fue un pronto de los que sobrevienen, como un eructo inesperado en mitad de un concierto de la Filarmónica, aunque dude de tanta espontaneidad y me incline a pensar que son como niños que repiten por ahí lo que oyen en casa. 

De fomentos y fomentaciones

Ministrea Ábalos en Fomento aunque fomentar, lo que se dice fomentar, fomenta poco en las Islas si nos atenemos a que el verbo sustantivado para el quehacer del dicho Ábalos significa, al decir de Covarrubias, “dar calor, favorecer, atizar algún negocio” allá, en las Españas, que lo de estas Ínsulas es cosa distinta. Por eso hemos de conformarnos con seguirle la pista al palabro “fomento” que dio lugar en la Medicina del siglo XVI a las llamadas “fomentaciones”, denominación que en el XVIII designaba, según el Diccionario de Autoridades, una “untura o fricación que se hace para dar calor al  cuerpo”  y que “cocida y aplicada caliente como fomentación, cura la frialdad y opilación”, siendo “fricación”, ya de vuelta al DRAE, equivalente a “fregación” (frotar, o sea) y “opilación”, una “enfermedad ordinaria y particular de doncellas y de gente que hace poco ejercicio”, según el ya mencionado Covarrubias. .

El caso es que me quedé como estaba, por lo que cambiaré de discurso para irme derecho contra quienes consideran en este contexto político a la democracia española, no digo que incomparable, porque sin duda caben comparaciones con otras a las que no menciono, no vayan a tildarme de racista. Pero, en fin, hablaba de democracia y, para que no digan, aceptaré que la española es una maravilla, al menos para los negocios, y de ahí que se rompan la cara y hasta la crisma por un cargo. Una democracia en la que los partidos buscan hacerse con la porción más grande posible de poder. Tan es así que, en el caso canario, aparecen figuras como Casimiro Curbelo que con tres diputados está en condiciones de inclinar la balanza de la gobernación de Canarias de un lado o de otro, según sea el toletazo. Y conste que no critico a Curbelo porque, después de todo, es lo que hay en la política española y en la canaria, repletas, las dos, de seres que no pueden ser, que diría Pancho Guerra. Curbelo juega en definitiva en cancha marcada.

El planeta en peligro

Por poner un ejemplo, el del asedio al que nos someten ahora las televisoras con imágenes de mares y océanos repletos de plásticos y basuras hasta arriba para hacernos ver, como si no lo supiéramos, que el planeta se va a hacer puñetas. Manda huevos, con perdón, que de repente se nos vengan encima con la repentina preocupación por el futuro del planeta a “descubrirnos” fondos marinos llenos mayormente de plásticos de los que se alimentan peces desaprensivos que, llegado el caso, nos miran con un ojo sobre un fondo de lechugas dispuestos a envenenarnos y vengar a sus congéneres fritos o sancochados, jareados o troceados en salsa a la portuguesa.

Quiero decir, que no hay nada nuevo y en muchos casos podría decirse que no hay marcha atrás; o es muy difícil meterla (la marcha, claro). Ha tenido primero que formarse en la superficie de algunos mares y a pleno sol verdaderas islas de basuras para que cunda la alarma que ahora repiten en todos y cada uno de los informativos de la tele y que ha servido ya incluso para montar algún anuncio publicitario. Que el planeta está enfermo es historia vieja y corruta (no corrupta), una realidad que se veía venir a pesar de la cara de incredulidad que solían poner en tiempos los enterados de la caja del agua cuando alguien recordaba que los recursos del planeta no son inagotables. Bajo el franquismo, los ecologistas eran sospechosos de desafección a un Régimen que por la gracia de Dios regía un excepcional Caudillo, que cuando no estaba de palique con Santa Teresa era porque probaba el motor de agua de su invención.

Paradojas de PP y Ciudadanos

Todo lo anterior viene a cuento, aunque no lo parezca, de las campañas y poscampañas electorales. Porque es terrible que no haya manera de saber qué opinan y proponen los candidatos más allá de con quien o con quienes están dispuestos a pactar y montarse el chiringuito. Es por eso que ando yo discurseando sin entrar en materia, a lo que procedo de inmediato.

Resulta llamativo que el PP y Ciudadanos se nieguen a llegar a acuerdo alguno con Pedro Sánchez porque anda, dicen, del bracillo de populistas y separatistas, cosa que podría entenderse perfectamente si no fuera porque a ellos no se le caen los anillos al suscribir acuerdos con Vox que aspira a acabar con la Constitución y devolvernos a los tiempos negros del franquismo. Un apaño que, la verdad, sorprende menos en el PP, pues al fin y al cabo es heredero directo de las glorias franquistas que incubaron a Vox. Por más que tampoco choca demasiado en Ciudadanos, un partido liderado por un personaje de tan escasa consistencia como Albert Rivera, que es de los que donde dije digo, digo Diego. Se entiende que si les repugna el PSOE, lo eviten, pero ponerse tan exigentes con los socialistas, atribuyendo a Pedro Sánchez las más siniestras intenciones y connivencias con la anti-España, mientras promueven y respaldan la consolidación de un partido que no oculta su propósito de devolvernos al siniestro pasado del que venimos es demasiado para el cuerpo.        

Cataluña y la derecha española

Si se fijan, las campañas electorales de esta gente no entran en temas de la mayor trascendencia para la gente y se reducen a un quítate tú para ponerme yo. No se sabe qué piensan los candidatos de la paralización de la Unión Europea (UE) que podría prolongarse hasta finales de este año y alcanzar el que viene; o lo que cabe esperar de consumarse el brexit en comunidades como la canaria; sobre todo si es Boris Johnson el nuevo premier británico. Ni preocuparse, claro, de las andanzas de Steve Bannon organizando la ultraderecha europea y hacer saltar por los aires a la UE. Tiene a su favor, sin duda, que la UE no es, precisamente, popular y aparece a ojos del personal de a pie como mera tecnoestructura al servicio de los grandes dineros. Aunque no es menos cierto que ha dejado de ser para la izquierda menos radical la “Europa de los mercaderes”, a pesar de que lo sigue siendo. Habría que atender también un problema no menor como el catalán, que para PP y Ciudadanos es simplemente un arma contra Pedro Sánchez, al que acusan de haberse juramentado con los catalanes para destruir España. A estos dos partidos, claramente de derechas, aunque Ciudadanos tratara de pasar por centrista con olvido del evangélico “por sus obras los conoceréis”, habrá que añadir a Vox que al menos no engaña a nadie. Se habrán fijado que ambos dos partidos se han ocupado de la cuestión catalana sólo para atacar a Sánchez sin más propuestas que castigar con la mayor dureza a los catalanes y sin asumir ellos la menor responsabilidad.

Ya en alguna ocasión me he referido a la cuestión catalana debida, en buena parte, a que no se le ha proporcionado el adecuado anclaje en la nueva realidad española obligándola a seguir prolongándose en el tiempo después de unos cuantos siglos. Hubo un intento, cuando el entonces presidente Zapatero puso en marcha el proceso de reformas estatutarias que en Cataluña cuajó en un nuevo Estatut que se atuvo rigurosamente al proceso de reforma previsto en la Constitución. Me consta que los catalanes artífices de aquella reforma se esforzaron en cumplir a rajatabla con la Constitución para que el centralismo no tuviera nada que decir ni de donde agarrarse para tumbarles la burra. El Estatut fue, pues, aprobado por el Parlament y enviado a Madrid  donde el Congreso y el Senado se ocuparon de cepillarlo y “limpiarlo” y una vez pulido y repulido lo devolvieron a Cataluña donde se sometió al preceptivo referéndum que lo aprobó a pesar de los pesares y con la opinión en contra de los separatistas que no tenían demasiada fuerza en aquel momento. Pero al PP todo eso le tenía sin cuidado y no estaba dispuesto a admitir, tal como ocurre hoy, que su rival socialista se apuntara el tanto de meter en vereda un asunto que venía de tan atrás.

No quería el PP un final feliz y puso sobre el tapete sus poderes surgidos de la política subterránea de ir ganando influencia en los medios de la Justicia, de modo que recurrió al Constitucional, que dictó sentencia contra el Estatut con la anulación de varias disposiciones aceptadas en otras reformas, lo que acabó por abrir una nueva edición del secular conflicto catalán. Ocurrió en 2010, año electoral en Cataluña; unas elecciones que marcaron el principio del auge independentista. Hasta entonces, los segregacionistas eran minoría que pintaban poco en el juego de partidos catalanes pero en las elecciones de aquel año tuvieron una importante subida que los convirtió en poco tiempo en fuerza política determinante ante el desánimo de los autonomistas de los que poco se espera ya. El conflicto cogió su propio rumbo y a ver ahora quien le pone el cascabel al gato. La torpeza política del PP agravó la situación provocando el nuevo capítulo del viejo conflicto y lo sigue agravando buscando la manera de impedir que Pedro Sánchez consiga, mediante el diálogo, reducir tensiones y desencuentros. El “éxito” de la derecha fue, insisto, que los separatistas catalanes pasaran de ser una minoría, que apenas pesaba al principio de los 2000, a iniciar una carrera ascendente ante la que se les ha quedado a los autonomistas cara de idiotas.

Conviene recordar, como experiencia previa, que la clandestina Asamblea de Cataluña llegó a la conclusión, bajo el franquismo, de que su avance hacia la democracia no podía ir demasiado lejos si no se producían avances en la misma dirección en el resto del país. Ya he contado otras veces detalles de la visitas a las Islas de dirigentes catalanes de derechas y de izquierdas, incluidos algunos de la alta burguesía empresarial catalana. Aquellas iniciativas reflejaron el talante, el modo de hacer política de los catalanes que de poco sirve hoy porque los peperos, arregostados entonces en el franquismo, no aprendieron la lección y hoy sigue valiendo aquello de burro viejo no aprende idiomas y ni siquiera se detienen en antecedentes significativos como los que acabo de evocar.

Creo que engañaron al PP los buenos réditos electorales que dieron a Aznar las campañas anticatalanas, además de la ridiculización del entonces líder supremo que se permitió la gracia de afirmar que hablaba catalán en la intimidad. Le rindieron bien las operaciones anticatalanas a él y al primer Rajoy. Aún recuerdo la ira con que una señora me reprochó en unas Navidades, en el super, que comprara botellas de cava cuando el boca a boca derechoso recomendaba no comprar productos catalanes. Les fue bien, ya digo, en su momento pero una vez se dice que la calabaza es buena. Volvieron a intentarlo pero ya no resultó y ahí los tienen, a los peperos y a Ciudadanos, embistiendo a Pedro Sánchez por tratar de establecer vías de diálogo que podrían funcionar (cosa que dudo tal y como están las cosas) y poner en evidencia el error de la mano dura que exigen PP y Ciudadanos en un tono que refleja más que nada odio. Y es que la derecha sigue por la mano dura muy temerosa de que Pedro Sánchez salga airoso y de ahí que lo presenten como una traidor malnacido dispuesto a vender España para satisfacer su ambición. A mí, que quieren, no me entusiasma Sánchez pero tampoco me agrada que ahora repita la derecha, con mayor intensidad, la campaña que le montaron a Zapatero haciéndole socio de ETA, a la que atribuyó, contra toda evidencia, el criminal atentado de Atocha. O la que intentaron para desacreditar a Felipe González, también fracasada porque caimán no come caimán.

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