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Esta misa ya está dicha

Todos los rivales políticos de Sánchez critican el modo y la manera de sacar los restos de Franco de Cuelgamuros

El acontecimiento puso en evidencia las limitaciones de los líderes políticos

Abascal lamenta que se impida a una familia decidir donde enterrar a los suyos

Casado, el dirigente de la derecha menos descompuesto de la derecha

El miedo sociademócrata a la derecha

Los familiares de Francisco Franco salen de la Abadía con el féretro a hombros

Los familiares de Francisco Franco salen de la Abadía con el féretro a hombros. EFE/Juan Carlos Hidalgo.

Creo francamente, nunca mejor dicho, que con el traslado de los restos de Quien habitara entre nosotros algunos “han perdido el Oremus”;  expresión de origen religioso, de antes de que el Concilio Vaticano II jubilara al latín.

Quienes pasaron por el colegio de los jesuitas, pongamos, recordarán que la misa diaria obligatoria terminaba un minuto después de volverse el cura celebrante de cara a los alumnos: “¡Orate fratres!”, decía y digo yo si no vendrá de ahí el “Oremus” de referencia. Lo cierto es que a la misa seguía el desparrame por los patios de los forzados fieles y no era raro que en medio del griterío algún virtuoso, tipo José Cristóbal Correa, se apoderara de la pelota y tras controlarla con los pies, diera en driblar (“cuartear”, decíamos entonces) al enjambre vociferante que trataba de arrebatársela sin dejar de mordisquear el pan con mantequilla y otra cosa dentro. Debió ser entonces cuando se me pasó por la cabeza que podría dársele a cada futbolista un balón para que no se peleen. Pero dijeron que eso era comunismo y deseché la idea.

A lo que iba. Hay varias versiones acerca del extravío del “Oremus”; como la de que así llamaban al marcador colocado en el gran misal ceremonial que el oficiante podía manejar adelante y atrás con soltura y dar enseguida con la página en que figuraba el rezo o el pasaje de las Escrituras indicados para los distintos momentos de la ceremonia. Y si se preguntan ustedes a qué viene evocar recuerdos tan lejanos, diréles que el jueves pasado alguien exclamó cerca de mí lo de “¡Esta misa ya está dicha!” al consumarse, en el televisor de la cafetería, la “privatización” de los restos del ex caudillo en el cementerio de El Pardo. Aunque, tengo entendido, será el Estado quien pague los gastos, no sé si con cargo a la Memoria Histórica a la que pertenece, sin duda, la cara que le echan. Admitan ustedes, pues, en beneficio de este escribidor, que la misa no ha acabado y que en el patio están los dirigentes políticos que son como niños. Veamos.

La veleta de Riveray el consecuente Abascal

Comienzo el repaso por Albert Rivera y la perreta que se agarró con la movida del jueves pasado en el Valle de los Caídos y no sé si después en el cementerio de El Pardo. Calificó la movida de “show de Pedro Sánchez”. Lo cito en primer lugar, no vaya a cambiar nuevamente de opinión, pues estuvo un tiempo de acuerdo con la exhumación y traslado, después dijo que mejor no, digo yo que para complacer a sus socios de Vox y cualquiera sabe la tiempla con que se levantará mañana. Lo veo muy inestable. Aunque sigue empeñado en dictar doctrina acerca de lo que debe hacerse y lo que no. Y ya que mencioné de refilón a Vox, tiene tela lo de Abascal que considera “profanación”, con acento en la “o”, sacar a Franco de Cuelgamuros (¿o Cuelgamoros?) al tiempo que clama contra el Gobierno por impedir a una familia decidir donde quiere enterrar a su difunto; asegura, además, que no tiene sentido condenar al franquismo y que no se pueden tirar a la basura los 40 años de dictadura. Es evidente que a Abascal se la suda que la ONU considerara una anomalía la situación de Franco en Cuelgamuros y que el traslado de sus restos lo avalen los tres poderes del Estado: el Ejecutivo que tomó la iniciativa, el Legislativo que la aceptó y el Judicial que obligó a que las actuaciones se atuvieran a las leyes españolas y a su espíritu garantista. Y es lógico que nada de eso le diga nada al líder de Vox pues propone no tirar a la basura un régimen dictatorial que lo fue,  justamente, por la inexistencia de la división de poderes, pues solo valía la exclusiva voluntad del dictador; que autorizó la ejecución de cinco penas de de muerte pocas semanas antes de morir. No puede negársele a Abascal que es consecuente.

Casado con barba     

Diría que del trío de la derecha el menos descompuesto es Pablo Casado. Si debilitó a Sansón que Dalila le tomara el pelo, a Casado la barba le ha servido para poner un antes y un después presidido por la moderación estandarizada en los gabinetes de imagen que le ha provocado un ataque de moderación del que le conviene no reponerse. Desde luego, es lógico y comprensible que considere la guerra civil, la dictadura y el franquismo, en general, cosas del pasado: de “batallitas del abuelo” calificó su recordatorio  cuando aún no lucía barba y no ha dicho ni pío desde que la tiene. Está bien asesorado y me apresuro además a reconocer su impecable lógica: si llegó a considerar “viejos” los asuntos de corrupción del PP, de los que muchos siguen todavía en los tribunales, lo ocurrido entre 1936 y 1975 ha de antojársele “batallitas” más cercanas a los días de don Pelayo que a los tiempos actuales.

De todos modos, no ha hecho Casado que yo sepa, en su actual moderación, gesto alguno que permita colegir una actitud más positiva en relación con la Memoria Histórica. Lo digo porque aún recuerdo a Rajoy alardeando en la tele de no haber gastado ni un solo euro en la aplicación y desarrollo de la ley que la regula. Puso tal énfasis al gloriarse de haberse pasado por el forro una ley aprobada en el Parlamento que juntó la punta de los dedos pulgar e índice de su mano derecha y puso el cero resultante ante las cámaras; que quedara gráficamente clara su actitud y no veo un cambio alguno en el PP inducido por Casado en este punto tan sensible.   

En cuanto al PSOE, ni rechistó al boliche de Rajoy. Como si no tuviera importancia ni fuera significativo y muy revelador que todo un presidente del Gobierno presuma de incumplir una ley emanada del Parlamento, como ya dije. Una actitud que, a mi entender, abunda en el miedo a la derecha que se le atribuye a la socialdemocracia y no solo a la española. No recuerdo ahora mismo quien calificó de “tragedia” ese miedo, el que hizo que Pedro Sánchez no se atreviera a apostar por un Gobierno progresista y se vea ahora muy a tiro de la derecha temida con la única esperanza de que lo de Franco movilice al electorado de izquierdas tan harto como cualquier otro de adonde nos han llevado los dirigentes. Los que padecemos y nunca mejor dicho.   

El miedo socialdemócrata

Las reacciones de la derechona eran absolutamente previsibles. Desde considerar una antigualla lo de la Memoria Histórica a volver a echarle la culpa de todo lo que se les ocurra a los “rojos” a los que ya no define por esa coloración sino como izquierdas vengativas que buscan enfrentar de nuevo a los españoles. O sea, que sigue con la idea de Cruzada danzando por ahí aunque ya no esté en su garita el Centinela de Occidente. Sin pararse a considerar (¿o sí?) a centenares de miles de asesinados, de condenados por sentencias dictadas de antemano sin que sepamos a cuantos ascienden las vidas arruinadas. En el caso canario, conviene recordar que en las Islas no hubo frente de guerra pero sí, al decir de los historiadores, unos 5.000 muertos y no he visto el menor ánimo de venganza en sus descendientes que justifiquen la especie del vengativo retorno de los vencidos que dicen. Ya comienza a hablar esta derecha de vencedores y vencidos y no veo que los doloridos por la matanza en las Islas, sin ir más lejos, hablen de venganza ni del genocidio que aquí se perpetró, pues se mató por ideas, por sindicalismo, por venganzas personales y no hay el menor deseo de volver a las andadas. 

Y he puesto las referencias a la derechona por delante del comentario a la reacción de Pablo Iglesias porque veo al hombre requemado por la tomadura de pelo de Pedro Sánchez que solo le respetó la coleta. Cada vez estoy más convencido de que el presidente en funciones le jugó el ojo y que mueve a Iglesias una justa rasquera y buena parte de razón. No la tiene toda porque parece haber olvidado que la política es como es y no puede nadie moverse en ella pensando que todo el mundo es bueno. No se trata de desconfiar por sistema sino de acertar en el análisis realista de lo que hay.  Pedro Sánchez obró de acuerdo con sus intereses y que Iglesias salga con que de hecho el traslado de los restos de Franco fue un funeral de Estado es, cuando menos, exagerar un poco y darle a Sánchez la oportunidad de mostrarse compungido de que un éxito como este lo consideren algunos, Iglesias mismamente, una derrota.   

Sin embargo, ya ven, a Iglesias le ha parecido bien el traslado. Lo considera un paso adelante, pero tiene razón al señalarle a Pedro Sánchez que los verdaderos restos del franquismo siguen ahí, en el poder oligárquico que va desde el frente político y económico al funcionarial y al mundo de la información. Una oligarquía decantada del lado del centralismo que defiende, no lo olviden, Albert Rivera, al que se le fue la mano con Cataluña con propuestas de trato de extrema dureza; las que cabe explicar desde la perspectiva de que es Cataluña clave de bóveda, por así decir, del Estado de las Autonomías que no gusta a la oligarquía centralista a la que ha venido de perlas los sucesos catalanes a los que abocó, no creo que por casualidad, la política de Rajoy a partir de 2004 en que tomó la que ya traía Aznar cuando dejó de hablar catalán en la intimidad. Justo esa derecha de intereses a la que temen los socialistas y con la que procura entenderse tratando de convencer a sus electores de que no le quedaba otra salida. 

Pienso, por otro lado, que la resistencia ya tradicional del PSOE a abordar la cuestión catalana como fundamental problema político, ligado al de la organización territorial, obedece a que está contaminado por el peso de esa misma oligarquía que maneja a los partidos de derechas. Para empezar, siguen pesando las numerosas fortunas que se hicieron a la sombra de la dictadura que las privilegió, entre otras, la del mismo dictador, por mucho que Francis Franco diera a entender el sábado pasado, en la Sexta, que ni de lejos alcanza los 500 ó 600 millones de que se ha hablado no sé con qué fundamento.

Por cierto: en el mismo programa en que se entrevistó al nietísimo estuvo Pablo Iglesias, que se mostró más certero que en ocasiones anteriores en su análisis del modo y manera en que se desarrolló la operación del traslado. Quizá sea exagerada su idea de que fue un “funeral de Estado”, aunque se observaran incongruencias, fallos si se quiere, que subrayó Iglesias a los que se añaden los señalados en la misma cadena por Francisco Marhuenda, director del diario La Razón, que enumeró con satisfacción los “goles” que le metieron los Franco al Gobierno.

Por cierto, Iglesias ha sido capaz de no poner por delante el resquemor de la burla para poner el dedo en la llaga. Sin duda, ha incurrido en lo que siempre hacen los candidatos recordando a sus rivales que no abordan “los problemas que de verdad preocupan a los españoles” de enfrascados, diría yo, en el eterno quítate tú para ponerme yo. Por eso no haré relación de temas que andan por ahí muertos de risa para preguntar a título de muestra qué fue de las dos caravanas de jubilados que atravesaron la Península y en la que estuvieron algunos canarios. ¿Fueron recibidos por alguien que tuviera algo que decirles? ¿Les dieron noticia de algún proyecto de ley traspapelado? Creo, qué quieren, que tampoco los medios informativos dieron a la hazaña de los jubilados participantes que no han informado, que yo sepa, de en qué ha quedado todo o qué piensa hacer el Gobierno. Si lo piensa, claro.

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