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Casado y su absentismo académico

Pablo Casado

Pablo Casado

En el PP y sus círculos adyacentes y subyacentes retribuidos claman contra los Presupuestos 2019 de Pedro Sánchez. Para Casado conducen a otra recesión sin disimular cierto regocijo pues su esperanza de medro reside en que caiga sobre nuestras cabezas otra década desastrosa sin haber eliminado aún las secuelas de la que, dicen, ha pasado ya. Y lo hace Casado, oye, emulando a Pedro Sánchez al no citar correctamente, con el entrecomillado de ordenanza, a los analistas que advirtieron de esa posibilidad. En resumidas cuentas: Casado ha tropezado con las consecuencias de su absentismo académico al no asistir a clase cuando explicaron que las crisis periódicas son las impulsoras de la renovación del capitalismo; unas lecciones, las perdidas, que cubren el trecho que va de Marx a Schumpeter y los desacuerdos del segundo con Keynes respecto al papel del empresariado en la generación y remonte de las crisis. Para Schumpeter éstas las provocan los empresarios creativos, los que rompen con sus iniciativas el statu quo de los mercados competitivos y los desequilibran con innovaciones que acaban, por último, impulsando el crecimiento posterior, el que restablece el equilibrio hasta la próxima. Schumpeter discrepaba de Keynes por su rechazo a que fueran los políticos, no la iniciativa privada, los conductores de la economía. Quiero decir que si, como desea Casado, sobreviene una nueva crisis, estaría dentro de la normalidad capitalista.        

Es patético, por otro lado, el grito de Casado a Bruselas para que le ayude a tumbar a Sánchez. Tiene todo el sabor del viejo convencimiento de la derecha española que fundamenta su patriotismo en la idea de que el país es de su propiedad, lo que le lleva a considerar apropiación indebida que gobierne un extraño y llama a que le ayuden a restablecer el orden divino. Esa mentalidad crucificó a Zapatero, que sufrió la campaña más infame que se recuerda y pretende calzar ahora, con los mismos procedimientos, por Pedro Sánchez al que califican de “okupa” con desprecio a la Constitución y al Congreso de los Diputados, donde reside la soberanía nacional o no, según convenga a esta derecha.

Debe relacionarse el modo de hacer oposición de Casado con el ascenso de la ultradereha fascista. El PP la acogió durante años en su seno pero su despegue europeo indica que ya es el momento de asomar las orejas: al parecer, los ultras agazapados en el PP comienzan a nutrir a Vox con militantes y votos. A los ultrafachas les benefició  que la Transición quisiera tener la fiesta en paz y pusiera siempre por delante su afán de convivencia que presuponía un olvido generoso. Lo que permitió, por ejemplo, las reiteradas condecoraciones a personajes tipo de Billy el Niño, y otros; promovió la tolerancia y la protección de jueces y altos funcionarios apegados a los modos y maneras de la dictadura que ha “implementado” deliberadamente hasta el borde de la ruptura definitiva la cuestión catalana; permitió a la Iglesia apoderarse de centenares o miles de inmuebles y fincas, además de piezas muy valiosas del patrimonio nacional, como la mezquita de Córdoba previo pago, eso sí, de 30 euros. Sin olvidar las burlas sangrantes con que obsequió Rafael Hernando, en funciones de portavoz del PP, a quienes buscan a sus familiares asesinados por cunetas, pozos, simas y fosas comunes; o a Rajoy alardeando en televisión como un mérito extraordinario su incumplimiento de la Ley de Memoria Histórica a la que había destinado “cero euros” dirigiendo a la Cámara su mano derecha con los dedos índice y pulgar de su mano derecha unidos. Hay un largo etcétera de horrores y desvergüenzas y considerables dosis de mediocridad. Desde el canto del himno legionario por varios ministros al “desconcierto” de las prostitutas señalado por la ex ministra pepera Dolors Montserrat, actual portavoz en el Congreso, donde derrapó de tal manera que desplazó del hit parade el “finiquito” de Bárcenas detallado por Cospedal en forma de simulación. O el no menor derrape de la también ex ministra García Tejerina para la que un niño castellano-leonés de ocho años posee más conocimientos que otro andaluz de diez. Por más que el récord del despropósito de la semana es para Teodoro García Egea, secretario general del PP, que reprochó al Gobierno socialista andaluz gastarse más dinero en prostitución que en Educación. 

Todo eso que les digo y más que pudiera decirles, que todo se andará, es peccata minuta ante el logro del franquismo de convertir en problema de Estado la traída de los restos del dictador de Cuelgamuros a la Catedral de la Almudena, es decir, al mismísimo centro de Madrid. El Pleno Municipal Centro de la capital de España rechazó el traslado al aprobar una moción de Ahora Madrid y el PSOE aunque, como era de esperar, el PP votó a favor del traslado y Ciudadanos se abstuvo.           

Con tantas emociones fuertes me olvidaba de la poca vergüenza de Casado al escandalizarse porque el proyecto de Presupuestos destina 5.000 millones a gasto social. Un derroche para el PP ese dinero destinado a revalorizar las pensiones, incrementar la financiación de becas y ayudas a material escolar, mejorar el trato a la Dependencia y las cuotas de la Seguridad Social de familiares cuidadores y como remate la subida del salario mínimo a 900 euros, lo que supondría un desembolso de 340 millones. Casado se rasgó las mismas vestiduras que permanecieron intactas ante los 11.000 millones que recibe cada año la Iglesia Católica; el pago de 2.000 millones a Florentino Pérez por el fiasco del proyecto Castor; los 64.000 millones del rescate bancario que según Rajoy devolvería la propia Banca y que, como era de esperar, acabó cargado en la cuenta del ciudadanaje; los 240 millones del rescate de las autopistas conmemorativas de la grandeuraznárica… Y no incluyo el coste de la corrupción cifrado, según las diversas fuentes, entre los 20.000 y los 100.000 millones atribuibles en su mayor porcentaje al PP y su entorno.             

La verdad es que puede uno esperarse cualquier cosa. Ya vieron lo ocurrido con el pronunciamiento del Tribunal Supremo en la sentencia que atribuyó el pago del impuesto sobre Actos Jurídicos Documentados, que afecta a las hipotecas, al banco prestamista. La noticia tuvo su reflejo con la caída en Bolsa de las entidades bancarias, entre otras medidas que demostraron la rapidez de reacción y lo atentos que están los jueces para atender los requerimientos de los bancos: menos de 24 horas después de la sentencia del Tribunal endilgándole el pago del impuesto se produjo la reacción del mismo Tribunal dejando en suspenso la sentencia hasta nueva orden, que será, seguramente, la de dejar las cosas como estaban evitándole a los bancos asumir carga tan desagradable. Llama la atención que el Supremo justifique su acción en evitación de los perjuicios económicos que pudieran derivarse de la sentencia, los que en todo caso serían competencia del Ejecutivo, no del Poder Judicial. Pero donde manda capitán, no manda marinero.

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