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“El polvorín del Castillo de Santa Catalina debería adaptarse como espacio expositivo”

La paleoantropóloga Nuria Álvarez, que dirigió la excavación arqueológica en la fortificación de Santa Cruz de La Palma, defiende que este emblemático enclave defensivo albergó un habitáculo para guardar pólvora.

Nuria álvarez durante la excavación en el Castillo de Santa Catalina.

Nuria álvarez durante la excavación en el Castillo de Santa Catalina. LUZ RODRÍGUEZ

La paleoantropóloga Nuria Álvarez, que dirigió las dos fases de la excavación arqueológica en el Castillo de Santa Catalina de Santa Cruz de La Palma, defiende “la hipótesis de que lo que encontramos tras los trabajos arqueológicos pudieran ser restos de un polvorín cuya utilidad ha podido variar con el paso de los años”, ha asegurado a este digital. En este sentido plantea que “lo ideal es que el lugar sea adaptado para que el gran público pueda visitar el yacimiento creando un espacio expositivo donde se expliquen los distintos usos del castillo y el proceso de excavación”.

Los trabajos de excavación, financiados por la Dirección General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias, se iniciaron a finales del pasado año con la intención de localizar la existencia de un pasadizo que, según una leyenda urbana, unía la emblemática fortificación y el antiguo convento de San Francisco. Finalmente, ese túnel subterráneo no apareció, pero sí un pequeño polvorín.

“Tras los trabajos de reposición de una baldosa del suelo de uno de los cuartos existentes en la segunda planta del Castillo de Santa Catalina, los trabajadores se dieron cuenta de que lo que se encontraba bajo el suelo actual era un espacio hueco, formado por sedimento y cascajos de piedras de diverso tamaño. Ese hallazgo fortuito según cuentan se produjo a raíz de que una de sus herramientas se filtrara a través de la tierra. Apoyados por la tradición oral que narra que en esa habitación se encuentra la entrada de un pasadizo que comunica el castillo con el convento de San Francisco, deciden excavar el área para ver qué es lo que había en ese lugar hasta que fue evidente la presencia de restos arqueológicos de adscripción imprecisa. Es en ese momento es cuando deciden parar y llamar al inspector de Patrimonio Arqueológico, Jorge Pais”, recuerda Nuria Álvarez.

“Al ver los materiales se decide acometer en el 2018 una campaña arqueológica destinada en limpiar el espacio que habían excavado los obreros y cribar el sedimento extraído. Nada más comenzados los trabajos salta a la luz que ese paquete sedimentológico protegía parte de un suelo empedrado que se encontraba dividido por un muro ancho formando unos pequeños compartimentos. Claramente ese hallazgo demostraba que ese espacio, en principio, no guardaba la entrada al pasadizo. No obstante, el suelo empedrado no dejaba de ser un descubrimiento sumamente interesante”, destaca.

“La segunda campaña arqueológica realizada en este año 2019 se centró en la búsqueda de información e investigación en archivos, sobre todo en el Archivo Militar de Almeyda (Tenerife) para poder encontrar en los textos antiguos documentación sobre la utilidad de esos compartimentos y del suelo empedrado. Desde el punto de vista arqueológico se decide ampliar el espacio de trabajo para corroborar la continuidad del empedrado y la disposición de los muros divisorios”, detalla Álvarez.

“Tras los trabajos arqueológicos de esta segunda fase y la búsqueda de información, creemos que la segunda planta del Castillo de Santa Catalina estuvo destinada como cuarto de útiles y no descartamos que fuera en esa zona donde estuviera un pequeño polvorín o espacio destinado para guardar la artillería. Hay que recordar que el polvorín oficial del castillo fue trasladado a Calcina, entre otros motivos, porque la población temía que pudiera estallar y afectar a las casas vecinas. Sin embargo, era necesario que la fortaleza tuviera algo de munición para defenderse. Por ello, podrían haber creado un espacio destinado para este fin. Así pues, en 1741, el Cabildo palmero había expresado al general Don Andrés Bonito y Pignatelli su temor por la declaración de guerra de España contra Gran Bretaña, por lo que se les encarga a unos ingenieros, urgentemente, el arreglo de los desperfectos existente en la fortificación por las diferentes avenidas del barranco así como la creación de un almacén subterráneo para la pólvora”.

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