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Agni pariksha o la indecencia heredada

Andrés Expósito

El ser humano ha conformado todo su alrededor bajo tradiciones y herencias sociales que en una u otra manera, obligan, imponen y aclimatan el estado, la actitud o manera en la que residir. Siempre ha sido así, algunas han quedado poco a poco olvidadas, la arena del desierto del conocimiento y la reflexión las ha cubierto, pero nacerán otras y se impondrán regias a las anteriores, bien por nuevas religiones o nuevas ideologías. Luego, sobre las nuevas, nadie conoce muy bien cómo empezaron, pero se hallan ahí, sopesándolo todo, parte de esos dictatoriales e imperativos credos, ejecutando actos violentos y aberrantes. Unas y otras, antiguas y nuevas, cultivan la opresión y el desgarro. Siempre ha sido así, seguirá así, la convivencia humana transita en esa constante.

Seguimos perdidos y perdiéndonos.

Una joven de la India, tras ser abusada sexualmente, le fue prohibido abortar, luego tras dar a luz se le quitó al recién nacido. No solo esa tormenta física y psíquica que acaeció en su vida, tras ese camino y vereda putrefacta de inmundicia gubernamental y tradicional, sino que ahora, además, tendrá que probar su pureza para regresar a la convivencia con su marido, y para ello debe cargar una roca de 40 kilos sobre la cabeza, mientras es observada por alrededor de 200 personas de su aldea, al tiempo que responderá a diferentes preguntas, y en ese irrisorio catecismo de verdades impuestas, los aldeanos presentes, expectantes y cegados por el compás y sortilegio de dicha tradición, esperarán una señal espiritual que notifique que la prueba ha sido superada por la mujer.

Seguimos perdidos y perdiéndonos.          

El agni pariksha o prueba de fuego, es una tradición antigua, que en algunos lugares de la India obliga de manera indecente e inhumana, a que la mujer mediante una prueba cruel e impúdica, deba mostrar su virtud y honra, luego de ser manchada por un abuso sexual, es decir, después de ser cruel y violentamente violada, y a la espera de que algún símbolo o signo divino aparezca, y así pueda volver a convivir con su marido. Todo nació de una de las dos grandes epopeyas de la India, el Ramayana, uno de los textos sagrados smriti,(textos no revelados directamente por Dios, sino transmitidos por la tradición) y donde Sita, hija del rey de Mithila, es raptada por Ravana, pretendiente y enemigo, pero Rama, su esposo y una de la deidades adoradas más importantes de la religión hindú, tras rescatarla, y para eliminar las habladurías y el rumor de la población sobre su pureza tras el tiempo trascurrido al lado de Ravana, le pide que se someta a un “agni pariksha”, y ella se arroja desconsolada a las rojas y ardientes llamas, y es el señor del fuego Agni, quien la libera y atestigua su inocencia, y más tarde ante Rama, le indica que no tiene falta alguna y su pureza prosigue intacta.

Estas tradiciones, ideologías o formatos religiosos, muestran en símil medida que campos de concentración, sí, campos de concentración, el horror y la sumisión bajo unas rejas invisibles, la pronunciación con la que deben medirse los ciudadanos para sobrevivir. Seguimos perdidos y perdiéndonos. Más, cuando múltiples organizaciones no gubernamentales han denunciado, una y otra vez, que Delhi es una de las ciudades con mayor índice de abuso sexual: una mujer es violada cada 14 horas.

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