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Bajada de La Virgen de Las Nieves 2020 o Más vale prevenir que curar

La Bajada de La Virgen, no es de los comerciantes, ni de los gerentes que coordinan o manipulan (como prefieran) las fiestas, ni del señor alcalde, ni del cabildo, ni de la Santa Madre Iglesia. La Bajada de La Virgen de Las Nieves, es nuestra, nuestra y solo nuestra.

“Estas van a ser las mejores fiestas de la historia” ha dicho uno de los miembros del Patronato de La Bajada de La Virgen. Y una, acostumbrada ya a cualquier sobresalto cultural, se ha puesto de rodillas delante de la festejada y le ha suplicado perdón por todos ellos, gobernantes y súbditos acobardados por los acontecimientos políticos que se avecinan. Y Ella, consoladora de afligidos y navegantes sin rumbo, ha vuelto su rostro hacia los bancos del fondo y con los ojos llenos de pesadumbre (misteriosas las lágrimas de una Virgen tan mimada y festejada siempre) me ha indicado silencio y dónde estaba la salida de la iglesia. Ella quiso decirme algo. ¿Que callara, quizá? ¿Quizá que no mentara al diablo en el salón de su propia casa? ¿Que mirara hacia otro lado? No lo sé. Pero me quedé sentada insistiendo. “Haz algo”, le dije. “Un milagro, por ejemplo. Que lluevan flores o cenizas y que ellos sufran el espanto de sus errores” Ella volvió la cabeza hacia otra parte, bajó su cabeza y se apagaron los cirios. Me levanté y salí a la plaza. Todo era penumbra a esas horas del día. Todo en silencio. Ni el cura ni el gato del santuario, ni los santos que acompañan procesiones y tómbolas. Silencio.

Yo comencé el camino de bajada hacia la ciudad pensando en los caprichos de don dinero; en las raras aventuras de los corsarios que siempre nos invaden; en la política de obispos y beatas; en las bienaventuranzas, en los muertos de la isla que lucharon por una Bajada de La Virgen hermosa y leal a unos principios que venían de sus antepasados. Pensé en don José Pérez Vidal, en Luis Cobiella, en Elías Santos, en Juan Fierro, en don Pedro Capote, en la otra iglesia bendecida por Jesús y creada para los pobres de la tierra. Pensé en mi infancia tan llena de luces y sombras, pero siempre esperanzada viendo desde el camino de El Planto los romeros y sus cestas de mimbre llenas de vino, pan dulce y almendras; saludando a amigos y parientes desde el patio de una casa que me veía crecer cada cinco años.

Y ahora, ¿qué? Me digo. Ya no hay sitio en las aceras para tanta gente, ya no hay enanos para tanta demanda de espectáculo puro y duro; ya no hay arte y tradiciones populares para regocijo de todos, grandes y pequeños. Ahora la demanda, creada y gestionada desde arriba para el consumo de masas hambrientas de ordinariez y malas costumbres, exige que el dinero de unos presupuestos engordados con el dinero de todos sea para pagar conciertos monumentales, monumentales artistas, monumentales espectáculos de monumentales consecuencias para el oído y el alma. ¿Son esas las “mejores fiestas” que ustedes, los políticos de esta bendita ciudad de Santa Cruz de La Palma nos prometen? ¿Quién vendrá que buenos nos hará? ¿A quién o a qué vamos a dar nuestro dinero? ¿A qué bendita idea vamos a pagar por hacernos creer que somos idiotas y nos conformamos con pan y circo?

Pues se equivocan. Hay quien no está dispuesta a callar ante esos desmanes y ya vengo denunciando desde hace tiempo las malas artes de quienes pretenden engrosar sus arcas con conciertos carísimos, cantantes carísimos, deslumbrantes y carísimos anuncios, carísimos movimientos de masas que se comen cualquier circo sin saber si hay red o fieras esperando en el centro de la pista. La Bajada de La Virgen, no es de los comerciantes, ni de los gerentes que coordinan o manipulan (como prefieran) las fiestas, ni del señor alcalde, ni del cabildo, ni de la Santa Madre Iglesia. La Bajada de La Virgen de Las Nieves, es nuestra, nuestra y solo nuestra. De la tradición, del pueblo, de la gente vulgar que cuelga banderas y manteles de los balcones de sus casas, de quienes la acompañan cuando sube y cuando baja, de los niños y sus pandorgas, de las calles y de usted que se sienta en su silla en la acera y espera que pase algo, que pase Ella, que pase un ángel o un acróbata o un enano distraído que ha perdido un zapato a la entrada de la Calle Real. Y no necesitamos pasar a la historia por nada más que por eso: por saber conservar y respetar nuestra memoria sin concesiones a nuevas culturas, a nuevas tendencias, a nuevas gentes que tienden a borrar el pasado y lavar nuestros recuerdos para beneficio de unos pocos que no saben leer ni escribir ni pensar por sí mismos. ¡¡A ver si se enteran!!

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