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Cinco chupas

Nací siendo dos niños, el que trajo mi madre, y el que trajo mi hermana. No tuve problema alguno en ser los dos, en un mismo tiempo y en un mismo cuerpo.

Queridos amigos:

Desde mi temprana infancia llevo divisando la línea que separa la vida de la muerte, la línea de las dos orillas. Sé que voy a morir una sola vez en esta vida, lo tengo claro. No es la muerte lo que me ocupa, de ella me ocuparé cuando esté muerto, es la vida la que me trae hoy, es otra vez la vida y los nacimientos que llevo alumbrando en ella. He divisado muchas veces la muerte, cada vez que la he tenido cerca, he alumbrado otro nacimiento en mi vida, otro ser que con tantos otros más, se viene a vivir conmigo.

Yo nací dos veces al mismo tiempo. Una de ellas, dolorosa, sobre todo para mi madre, os comenté algo la semana pasada (Esther me tiene “amenazado” porque los artículos son largos para ser La Palma Ahora, como es, un periódico digital). No os comenté esta otra, la segunda, aunque quizás haya sido la primera, que ahora les voy a comentar: el patio de la casa de Garachico recibió una lluvia de flores, de distintos colores, que tenían la forma como la boca de un conejito, en medio de esa lluvia de flores, venía con ellas, una cuna pequeña con sabanas bordadas y croché de color blanco, en la cuna estaba el recién nacido que era yo, durmiendo, la cuna llegó al suelo del patio alfombrado de flores, en donde me esperaba mi hermana (si queréis conocer el nombre de la flor, que a mí siempre se me olvida, o los detalles del borde y el croché de las sabanas, hablad con ella)   ¡ Así lo vio Carmen Rosa ¡ ¡Y esta manera de nacer para mi es tan real y natural como la otra!

Nací siendo dos niños, el que trajo mi madre, y el que trajo mi hermana. No tuve problema alguno en ser los dos, en un mismo tiempo y en un mismo cuerpo. Sabíamos vivir, estar juntos, cada uno de los dos éramos igual de tolerantes el uno con el otro.

La dimensión de mi cabeza, de la que os hablé también la semana pasada, atraía todo tipo de accidentes sobre ella. Cuando caía al suelo, siempre me daba con la cabeza. Cuando los chicos mayores, en Garachico, me llevaban en sus hombros, si me caía desde encima de ellos, era de cabeza, si me volvía a caer, la caída era sobre el mismo chichón que aún no se me había curado. ¡Muchas veces no se me acababan de curar los chichones! No hacía falta correr riegos para darme golpes en la cabeza, otras veces, algo o alguien venía buscando la cabeza mía. En la fábrica de tabacos, por ejemplo, una hoja gigantesca de madera de tea, de una de las ventanas, cuando la fábrica estaba en el segundo piso, me vino a caer en la cabeza; otra vez, mi tía Nela me lleva a la recova, y me dice que la espere sentado en la acera, en frente de la carnicería de Ulises, por la misma acera bajaba un señor mayor con unas gafas negras y un bastón (unos años más tarde supe que era Don Pablo el Ciego ), que tropieza conmigo, y yo, otra vez, con mi cabeza al suelo, inconsciente, y Don Pablo encima de mí.

En la mayor parte de estos accidentes me quedaba inconsciente, tengo claros recuerdos tanto de unos instantes antes de producirse, como de cuando volvía a tomar consciencia. No tuve experiencias de túneles con luces al fondo, y ángeles que me viniesen a buscar, pero sé que anduve cerca de abandonar el cuerpo. Al despertar, al retomar la consciencia, después de aquellos viajes de los que no se a dónde iría a dar, sentía que había vuelto a nacer, que había alumbrado algo mas en mí. ¡Si había nacido dos veces, por qué no lo podría hacer tres o más!

Cuando ocurrían estos accidentes la familia corría conmigo inconsciente, en brazos, al despacho de abuelo o me subía a la azotea a intentar reanimarme. Abuelo había enseñado a sus hijos cosas de la profesión, para cuando alguien llegase a su despacho, y no estuviera él; si era urgente, y ellos lo podían resolver, mejor para el paciente, así no tenía que estar esperándolo; mi tía Isabel fue la más avanzada en este tema, llegó a atender partos sin estar mi abuelo, y los médicos y practicantes tiraban de ella con mucha frecuencia; tuvo también un hijo médico, oftalmólogo, el primero en la Isla, su primogénito Agustín. Mi tío Óscar, para los amigos de su edad, Zarra (ex delantero del Bilbao y de la Selección Nacional), me ha comentado varias veces de cuando en una de las veces que me reanimaban, tuvo que ir corriendo a la farmacia del Puente a buscar una medicina que le pedía mi abuelo para pincharme con urgencia. Óscar, como buen delantero, acostumbrado a jugar como Zarra, no lo pudo hacer más raudo, y hasta marcó un gol de cabeza, su mejor gol sin lugar a duda: me salvó la vida.

No crecía yo amedrentado, pese a tantos golpes y reanimaciones. Si había que subirse a los hombros de un amigo otra vez, pues me subía, sin recordar la vez anterior que me había caído, si había que saltar, pues saltaba. ¡Mi moral era como la de un espartano! Además, al ser de los niños más pequeños de Garachico, tenía que dar a entender mi valía ante los mayores.  

Si había tenido varios nacimientos en mis primeros cinco años, tantos como accidentes “graves” tuve, ¿con cuántos niños tuve que vivir, al mismo tiempo, dentro de mí? No lo sé, porque todos nos llevábamos bien. Pero un día, uno de ellos, ya con cinco años, quería seguir acostándose en la cama con cinco chupas para dormir. Lo mejor, siempre en estos casos, es hablar. Subimos a la azotea para que no nos escuchasen, y le digo: con cinco años, no se deben de tener chupas, ni cinco, ni una. Me miró, bajó al cuarto, cogió las cinco chupas y subió con ellas. Miramos, con ellas en la mano, en alto, lo más alto que pudimos, intentando traspasar el cielo con la mirada, y las aventamos contra el cielo, con toda la fuerza que teníamos.

No dejamos de dormir aquella primera noche sin las cinco chupas, ni las siguientes, al mismo tiempo que empezábamos a aprender cómo se sale de las ataduras, o dependencias negativas: estampándolas contra el cielo, o más allá de él. ¡Es muy fácil y sencillo! Y si quiere venir doña Ansiedad, pues que venga, y le cantamos su canción preferida, al estilo Nat King Cole, o al que ella quiera. ¡Tiene muchos enamorados esta canción!

Todavía no sé a dónde fueron a dar aquellas cinco chupas. Si a los tejados de alrededor, y los gatos se las llevaron para dárselas a sus hijos más pequeños; si al Roque de Los Muchachos, y de ellas emergieron los cinco primeros observatorios del Astrofísico; o si atravesaron la barrera de la gravedad y andan, cada una, buscando ser galaxias, algún día, dentro de algunos millones de añitos  

En ‘2001. Una Odisea del Espacio”, de Stanley Kubrick (volvemos con Kubrick, hace dos semanas lo hicimos con la película ‘Barry Lyndon’ ), la primera película seria y madura de ciencia ficción, una obra de arte. Empieza con unos sonidos guturales de una tribu de homínidos, que se pelean entre ellos, y un homínido matando a otro con un fémur, de otro animal, usado como arma; luego, lo lanza contra el cielo. El fémur se ve en la pantalla ascendiendo a cámara lenta y con el fondo musical de ‘Así habló Zaratustra’ de Strauss, el fémur se va convirtiendo en una nave espacial en donde se desarrolla el argumento de la película, que vamos a dejarlo hoy quietito, para poder vacilar con él otro día. Siempre que veo esta escena de la película, y el fémur intentando romper el cielo, recuerdo a las cinco chupas queriendo hacer lo mismo.

Stanley, maestro, ¿qué nos quisiste decir con aquella escena? Si con la de Kubrick el género celebró su madurez, quiero comentaros que la más artística fue la de Melies en 1902, ‘Le Voyage dans la Lune’, que también fue la primogénita de esa familia. Por cierto, que hablando de viajes a la Luna, ahí es donde me gustaría estar algunas veces, cuando no me queda otra que encararme con algunas cosas que ocurren por aquí abajo, que me hacen dar la impresión de que no estamos todavía muy lejos de la primera escena de la película de Kubrick: cuando los homínidos, en la soledad del desierto, se van a la guerra, y se matan entre sí.

Abrazos por El Lado del Corazón. Salud y Alegría Interior

Las Cosas Buenas de Miguel

 

    

  

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