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¡Un abrazo eterno, amigo Tomás!

Enseñaba sin querer que se puede tener un sentido recto de la razón, y ser un profesional intachable, al tiempo que empatizas con el error y el drama humano que visitaba cada jueves aquella sede judicial.

Siento la necesidad de escribir estas letras a modo de epitafio. En mis primeros pasos por plenarios judiciales tuve que acudir alguna que otra vez al Juzgado de lo Penal número 7 de Santa Cruz de La Palma, y desde el primer momento conecté con aquel pulcro secretario judicial, que desprendía humildad y humanidad. 

Enseñaba sin querer que se puede tener un sentido recto de la razón, y ser un profesional intachable, al tiempo que empatizas con el error y el drama humano que visitaba cada jueves aquella sede judicial. Y es que el Poder Judicial debe ser eso, la aplicación de la norma en conexión con la realidad social. 

Luego, en el plano personal, conocí a Tomás en los encuentros del Colegio de Abogados, ya que siempre amenizaba la fiesta, y su seña de identidad era su guitarra colgada. Preocupándose como se preocupan los grandes de la felicidad de sus iguales. Conoció a fondo la isla, y nuestras costumbres, y cual camaleón, pareció más palmero que nosotros. Recuerdo encuentros casuales, en los que presumía de conocerle y saludarle.  

Tomás era de esas personas que cree que la esperanza de vida al nacer es demasiado corta como para entregarla a la inacción y la sopa boba. De esas personas que confiaba más en el optimismo de la voluntad que en el pesimismo de la inteligencia. De esas personas que vino al mundo a dejar huella en aquellos que tuvimos la suerte y el honor de conocerle. 

Por eso y por mucho más, con tu huella inscrita en cada uno de nosotros, hasta siempre, Tomy. ¡Un abrazo eterno! 

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