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Más allá de la nevera hay una lotería de risas

Quién sabe si este mundo, se preguntaba Saramago, no sería un poco más decente si supiéramos cómo juntar unas cuantas palabras que andan por ahí sueltas.

Patri, Rober, Ana, Noe, Nieves, una caja de madera y un público dispuesto a entregar las piezas que van a configurar el espectáculo. Trankimazin, más allá de la nevera, orgasmos a rimas o una lotería de risas fueron algunas de las piezas que el público introdujo anoche en la caja, para que los funambulistas de La Palma improvisaran con ellas en el árido desierto, en una capilla en el Garajonay, subidas a una Harley Davison o siendo devoradas por un árbol de Navidad. Quién sabe si este mundo, se preguntaba Saramago, no sería un poco más decente si supiéramos cómo juntar unas cuantas palabras que andan por ahí sueltas. De la comedia al drama, del terror al surrealismo. Con la manía de rascarse el culo sin parar o con una repentina obsesión por la limpieza. Todo es posible. El público es el que manda en la mayor parte de la función.

Ellos son el Funambulista Herido, la primera compañía de teatro de improvisación de la isla de La Palma que anoche llenó el espacio cultural El Secadero y que volvió a impresionarnos, no solo con su capacidad de transformar improvisadamente palabras ajenas en un arte instantáneo y fugaz, sino con el enorme poder transformador de este tipo de teatro. Se trata de un espectáculo excepcional donde resulta fundamental el talento de los funambulistas, pero también la imaginación del público y el poder de las palabras, capaces de abrir puertas al mar, como dijo Alberti.

Secuencias de la obra.

Secuencias de la obra.

En La Palma conocemos y dominamos el poder de las palabras. Sin ir más lejos, disfrutamos desde hace años de un Festival de la Palabra, impulsado por Alberto de Paz en Garafía, a través de su Proyecto Semilla, que pone el acento, -nunca mejor dicho-, precisamente en esto. En cómo las palabras se convierten en pigmentos que aglutinan la historia de los pueblos, que encadenan los relatos de costumbres, que acercan a las gentes. Palabras que puestas unas tras otras nos sirven para llegar a alguna parte. Engranajes compartidos que configuran un código común para encontrarnos y explicarnos los unos a los otros.

Con palabras se componen libros como el Ensayo sobre la lucidez de José Saramago, que constituye una especie de conclusión de su magistral Ensayo sobre la ceguera. Quienes hayan concluido la lectura del Ensayo sobre la lucidez, recordarán la insólita imagen de un comisario de policía lamentando que quienes mandan, no solo se detienen ante lo que nosotros llamamos absurdos, sino que se sirven de ellos para entorpecer la conciencia y aniquilar la razón.

Casi al final de la obra, el comisario de policía, en plena revelación moral, cita las palabras de un libro y acto seguido confiesa, avergonzado, no recordar el título del libro, ni el nombre del autor, ni el lugar en que fue escrito, ni el sitio en que lo leyó. Nada, excepto esas cuantas palabras. Tan solo unas palabras que han tenido la fortuna de no perderse las unas de las otras, que han tenido la suerte de tener quien las reuniera. Es ahí donde reside el enorme poder del Funambulista Herido, en juntar esas palabras y crear con ellas emociones, situaciones, sueños. Cada espectáculo es único e irrepetible porque no importa el autor, ni el nombre, ni el lugar; solo importan las palabras y lo que hacen con ellas los funambulistas, improvisar, entretenernos y hacernos pensar al mismo tiempo. Ahí está su enorme poder.

Los niños repelentes conocen perfectamente el poder de la última palabra. Los sabios ancianos tienden a valorar perfectamente el poder del último silencio. Todos conocemos el poder de aquellas palabras que, irónicamente, nos dejan sin palabras. El poder de las palabras que no se dicen, que son las que más duelen cuando se sustituyen por un silencio que dispara de lleno en la conciencia. Sin duda, podemos hacer cosas importantes con palabras y con silencios, cuando los silencios son las palabras que no se dicen.

Lo fascinante de la improvisación de los funambulistas o del Festival de Alberto de Paz es la evidencia de este poder detonador de las palabras. Como nos enseñó Austin, podemos hacer cosas con palabras porque tienen un enorme poder preformativo para la vida. Las palabras pueden ser, por lo tanto, una herramienta al servicio del terrorismo bueno, un detonador de conciencias y emociones al servicio de la imaginación y la transformación social y personal.

Para atreverse a llenar una sala de teatro con improvisación en La Palma hace falta ser un verdadero funambulista, y por eso solo tengo palabras de emoción y agradecimiento para este grupo humano lleno de talento. Y para ser justos, para Charo, la concejala de cultura de Los Llanos cuya lucidez está abriendo camino a nuevos espacios de creación en La Palma que posibilitan esta transformación, mucho más allá de la nevera.

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