España se deshidrata

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Me desperté esta mañana

con el lamento en la oreja,

toda España es una queja

por su sequía temprana.

Ya de la fuente no mana

el agua para beber,

deja el río de correr,

se vacían los pantanos

y en muchos pueblos serranos

ha dejado de llover. 

Jócamo, 5.VI.2022 

Nota: En medio de las graves noticias que sacuden el mundo, adormecido con el transistor pegado a la oreja, escucho la sequía general que afecta a España y que revela la dura realidad del cambio climático que padecemos y al que no queremos mirar de frente. 

Ya no son sólo las cuencas áridas del Segura o del Guadalquivir; hasta en la húmeda y lluviosa Galicia, la gente se queja por la sequía prolongada que afecta a fuentes y regatos. En muchos pueblos serranos de Andalucía o Extremadura hay restricciones en el abastecimiento doméstico porque ha dejado de “nevar y de llover como antes”, según cuentan sus paisanos. Y no es una apreciación personal ligera, habitual cuando se habla del clima, son datos objetivos incuestionables avalados por el análisis de las series meteorológicas históricas.

En ese contexto, Canarias no es una excepción. La percepción de que cada vez nieva y llueve menos en nuestras cumbres la acreditan tanto los datos meteorológicos relacionados con el clima, como los estudios fisiológicos y ecológicos de sus ecosistemas. El descenso del nivel freático general en las islas es un hecho irrefutable. Lo mismo que la necesidad de desalar agua para el consumo humano no es un capricho interesado, como a veces nos quieren presentar algunos relumbrantes técnicos. El agua es un recurso valioso y escaso en toda Canarias y no se trata de ordeñar los acuíferos hasta secarlos de forma irreversible, como ya ha ocurrido en la mayoría de las islas.

Me desperté esta mañana

con el lamento en la oreja,

toda España es una queja

por su sequía temprana.

Ya de la fuente no mana

el agua para beber,

deja el río de correr,

se vacían los pantanos

y en muchos pueblos serranos

ha dejado de llover. 

Jócamo, 5.VI.2022 

Nota: En medio de las graves noticias que sacuden el mundo, adormecido con el transistor pegado a la oreja, escucho la sequía general que afecta a España y que revela la dura realidad del cambio climático que padecemos y al que no queremos mirar de frente. 

Ya no son sólo las cuencas áridas del Segura o del Guadalquivir; hasta en la húmeda y lluviosa Galicia, la gente se queja por la sequía prolongada que afecta a fuentes y regatos. En muchos pueblos serranos de Andalucía o Extremadura hay restricciones en el abastecimiento doméstico porque ha dejado de “nevar y de llover como antes”, según cuentan sus paisanos. Y no es una apreciación personal ligera, habitual cuando se habla del clima, son datos objetivos incuestionables avalados por el análisis de las series meteorológicas históricas.

En ese contexto, Canarias no es una excepción. La percepción de que cada vez nieva y llueve menos en nuestras cumbres la acreditan tanto los datos meteorológicos relacionados con el clima, como los estudios fisiológicos y ecológicos de sus ecosistemas. El descenso del nivel freático general en las islas es un hecho irrefutable. Lo mismo que la necesidad de desalar agua para el consumo humano no es un capricho interesado, como a veces nos quieren presentar algunos relumbrantes técnicos. El agua es un recurso valioso y escaso en toda Canarias y no se trata de ordeñar los acuíferos hasta secarlos de forma irreversible, como ya ha ocurrido en la mayoría de las islas.

Me desperté esta mañana

con el lamento en la oreja,