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La fuga y la lucha

Pablo Díaz Cobiella

Extraviarse, por cualquiera de las razones que puedan conmovernos, ha sido un dogma esclavizado a nuestra forma de pensar. No hace falta esforzarse por poner ejemplos que de una y otra manera hemos tomado en consideración alguna vez. Yo me he fugado. Una tarde de invierno, de esas que calma el hielo y no se resbala de las manos, en la necesaria forma de encontrarse con la verdad pues hasta en la más recóndita lágrima del dolor se puede dibujar, igual que en la máxima expresión de un cuerpo sobre otro hay abrigo y el amor se estremece, mientras el alma curaba y los sillones vacíos daban, aún más, y me apoyaba en la escalera como el desencuentro de una gaviota con su hambre, supe que Luis esbozaba una partitura y soñaba sobre ella el verso. Era su fuga, el desgarro natural de la piel para dar paso a los compases que dieran una verdadera razón para sentir que existe, que es real ese fuego que equilibra y destruye los muros que lo impiden. Y no estoy diciendo que se equivoca, tampoco diluyendo en un café la esperanza por cada acto que hacemos por el otro, tampoco es un diálogo con dios, o algún testaferro corrupto postrado a los pies de algún gobernador que ha ganado demasiadas veces. Digo que hay que huir al interior, igual que los sherpas del Himalaya ayudan a contemplar la cima del mundo o como si Nelson Mandela te susurrara al oído que aprendió que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. El hombre valiente no es aquel que no siente miedo, sino el que conquista ese miedo.

De esas raíces han nacido muchos hijos que alientan a un mundo mejor. El conformismo de sentir incomprensión y gritarla al viento cruel que jamás devuelve, ese viento en el que vivimos cada día porque hemos abandonado el respeto por la naturaleza, esa misma que nos dio la oportunidad de ser y enseñar el sentido común, el árbol madre de todos que no necesita de inclinaciones sino de querer, de abundar el cariño y la caricia, de elevar la circunstancia y saber tejerla, de sentir honor por la casualidad de una explosión que quiso belleza y no horror. La lucha es dentro también. Y sé que el sacrificio es alto, sé que hemos construido sobre hipocresía, pero también sé que ésta no hiere y que muchas veces la incertidumbre tiene cabida en el camino. Abuelo dio sentido a su muerte porque hablaba mucho de ella, la poetizaba y la tocaba al piano. Sentía esa furia artística de hacer comprender que el recuerdo es la forma de resurrección de los que se van y la manera delicadamente bella de observar que de alguna manera la vida sigue. Y era común, era un abuelo común, como un amigo suyo que labraba la tierra mañana tras mañana y enseñaba a su nieto exactamente lo mismo que me enseñó el mío. Importa salvar la tristeza, eso sí que es una lucha legendaria.

Los Kayan, unos seres salvados. Una preciosa coincidencia de poblado adentrado en la selvática tierra del norte de Tailandia repleto de autenticidad. Nos recibieron con una timidez que se podía tocar como si la distancia fuera su bien más preciado. Nos dieron su lucha y su valor de huir mientras estuvimos. Nos enseñaron como aún se puede respirar aire puro y que no importa nada más, como si hubiésemos rozado el origen de la vida con la yema de los dedos, tan cálido, o como hubiésemos querido que el mundo fuera. No nos descalzamos pues creíamos que se podría manchar y erradicar aquella gran verdad. Tampoco preguntamos por qué. De hecho, es el momento de nuestras vidas en el que menos hemos pensado o dicho alguna palabra. No queríamos enturbiar el amor que allí residía, la ausencia de prisa o la generosidad de ser natural. Los Kayan son auténticos culpables de fuga y lucha, de mostrar la infringida respuesta a cómo vivir dentro de nosotros mismos, cómo una estrella fugaz, o mejor aún, cómo el principio encontró una rosa y la regaló por el río más grande hasta ningún final.

Mi reflexión es una ciega propuesta que ansía luz, que no cree en la verdad única y cree en la posibilidad de una convivencia justa del bien y el mal, el acercamiento a la realidad utópica, la misma de todos, encontrarse en la fuga y la lucha.

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