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Los nombres de la esperanza

Los nombres son muchos y a muchos de ellos los conozco personalmente. Son conocidos, desconocidos, públicos, privados, amigos, familiares... Son personas dispuestas a dar la batalla que este mundo necesita para cambiar; para mejorar la idea que sobre él tenemos en estos malos tiempos que nos ha tocado vivir; para cambiar nuestra penumbra en esperanza. Entre ellos quiero destacar la hermosa historia de una joven pareja que ha iniciado una aventura de trabajo con tal entusiasmo que merece la pena poner nombres a su iniciativa. En el noroeste de la isla de La Palma, en un pueblo llamado Puntagorda, dos jóvenes, María y David, se unen para realizar un sueño: salir adelante ellos solos, convertir su proyecto de vida en común en un acto de reivindicación; sacar adelante un trabajo, ponerle nombre, defenderlo contra viento y marea; comer de ese sueño; sobrevivir, en suma, gracias al sudor de su frente y las ilusiones de su alma.

David y María levantaron una casa con sus propias manos; la cercaron con flores y decidieron hacer fértil la tierra que la rodeaba. Soñaron levantar una bodega pequeñita. Le pusieron un nombre, "Viñarda", diseñaron una imagen para ella (un gajo de almendro en flor descendiendo por un fondo blanco sobre vidrio verde) y comenzaron a trabajar. Arañaron la tierra, la roturaron, la araron, plantaron la viña y esperaron el fruto sentados sobre los ladrillos de su futura casa.

La propiedad era de los tatarabuelos de David y las hijuelas pasaron a su nombre. El muchacho sembró y cuidó las viñas. Crecieron los frutos y la pareja recogió las uvas y cosechó su primer vino. La bodega comenzó a dar alegrías y ellos pidieron ayuda para seguir adelante con el proyecto. A David le denegaron la ayuda porque aunque tenía los papeles de la plantación, no tenía los terrenos a su nombre en el catastro. Arregló los papeles y cuando ya todo estaba a su nombre, vino el funcionario de turno y le dijo que tenía que arrancar lo sembrado; que no era legal lo que había hecho. Tenía que arrancar la viña y volver a sembrarla de manera legal. Papeleos, desgaste emocional, sombras para sus ilusiones. Pero, aun así, ellos siguieron adelante. Trabajaron para pagar los gastos, el papeleo de tres años de permisos, documentos y galimatías legales que nada tenían que ver con sus sueños. Él trabajó de buzo, ella de bióloga. No importaba. Eran sueños y había que hacerlos realidad. Y así lo hicieron. Hoy día la casa se levanta sobre una pequeña loma y las viñas rodean la casa de forma escalonada como pequeños puntos de luz. Ellos siguen luchando por sobrevivir.

Así de sencilla es la historia de estos pequeños viticultores. Parece una historia intrascendente, una pequeña historia de amor, imaginación y supervivencia. Pero hay algo más, mucho más detrás de ella. Hay una decisión forjada en el respeto por la tierra, coraje para romper con un pasado lleno de prejuicios y falsas esperanzas, mucho esfuerzo, mucha ilusión en el futuro y un gran desprecio por una sociedad enferma y caduca. Ellos no piden que les den; piden que no les quiten el trabajo, la ilusión, el proyecto de futuro. Y sobre ese futuro quiero hablar hoy. Quiero defender ese reducto de esperanza que nos queda a quienes creemos en una generación de jóvenes dispuestos a cambiar el rumbo de este planeta; dispuestos a romper con las mentiras del mercado y de la política que dice protegernos. Quiero levantar una mano para pedir la palabra en su nombre y suplicar a quien convenga que los dejen revivirnos, que les permitan cambiar las leyes del mercado y de la sociedad y comenzar a construir un mundo nuevo donde los viejos de la tribu podamos ver salir o ponerse el sol con la tranquilidad de saber que ellos vienen a sustituirnos en las labores de la tierra, que esos viñedos darán su fruto y que, un día, ese vino joven formará parte de nuestra mesa. Y de la vuestra.

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