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Un genio maléfico, reciente novela del tinerfeño Alberto Omar Walls

En el fondo, la trama sondea, con curiosidad, el valor incalculable del conocimiento de nuestro mundo interior como apreciada proyección vital para el futuro, la grandeza de la sencillez, el sexto sentido de la intuición que las deficiencias físicas enaltecen.

Con su particular escritura hipnótica, el prolífico escritor santacrucero Alberto Omar Walls trasciende sin prejuicios la inventiva en Un genio maléfico, su última novela que, junto con la que inicia el ciclo, Sin comienzo ni final, integran el Cuarteto de las dimensiones.

Son las citas de Stephen Hawking sobre teoría cuántica, del Tao o de Hamlet, entre otros, los textos que dan pie a los veinticinco capítulos de que consta este libro, aparte del prólogo y del epílogo. Un narrador omnisciente explora la voz interior de unos personajes, a través de sus conversaciones, que se desenvuelven con habilidad en una estructura predominante de diálogo, destreza que domina Alberto Omar Walls, experto autor teatral, quien somete a los múltiples personajes de Un genio maléfico a las dudas, miserias y luchas de nuestra sociedad que por instantes se deteriora o sublima; bien por enfocar la mirada tanto hacia valores humanos extraordinarios como hacia conflictos mezquinos que se interrelacionan afilados como cuchillos.

Alberto Omar resulta accesible en esta prosa con cuya fórmula se siente cómodo para indagar en el subconsciente humano; sin embargo, ni de lejos depende en exclusiva de este registro del que hablamos, el quehacer literario del autor es múltiple y polivalente; su imaginación teatral o poética garantizan la amplia dimensión de su dialéctica que su numerosa obra publicada constata.

Aunque la intención es disfrutar de un agradable fin de semana, un imprevisto temporal de viento y nieve mantiene aisladas durante una semana a cuatro parejas con sus respectivas familias en las faldas del Teide, en una casona en la caldera de Las Cañadas (detrás de una de sus paredes existe una cueva ahora tapiada que carece de fin y en cuyas entrañas habitan cientos de murciélagos).

Los senderos punzantes, las cuevas que laten, la lava en harapos, la fuerza de los riscos retorcidos, el oscuro mar pedregoso de la tierra que ruge; es imposible que Alberto Omar no se haya dejado seducir por la orografía de este páramo inexorable.

Porque considerar el tiempo quieto es una fantasía a la que aspiramos, pero que el tiempo agrede es irrebatible. Nadie ni nada se libra: atrapada por el mal tiempo, en medio de esta imprevista nevada interminable, el alma de la casa se remueve en catarsis con el forzoso encierro que enfrenta a los personajes a una situación de infinita vulnerabilidad; restringido el espacio, lo súbito los sofoca como una mordedura; de esta experiencia de ineludible convivencia salen los personajes fortalecidos. O no. Si es que regresan íntegros de tan extrañas desapariciones temporales.

A modo de juego, basado en la articulación de preguntas y respuestas, estos personajes, hambrientos de una espiritualidad actualmente recelosa, manifiestan, disfrazado de confesiones, su malestar social y, de manera transversal, ofrecen a los lectores un esclarecedor testimonio vital respaldado por experiencias íntimas, algunas brutales, que de forma atroz han marcado sus biografías, el miedo y la culpa que degeneran en posteriores trastornos difíciles de erradicar, sorprendentes revelaciones que estigmatizan su existencia.

Acuciados por los remordimientos, los personajes revelan a otros secretos desconcertantes, discuten y ponen en tela de juicio situaciones contradictorias de los textos sagrados, por ejemplo; reflexionan sobre la maldad que ha ejercido el poder a lo largo de la historia, hechos que les llevan a exaltar las virtudes de la justicia como norma necesaria para favorecer las relaciones humanas.

Revivir el pasado y cambiarlo; lo anacrónico es quizá lo que los une, una atinada dosis de anacronismo. Relatos reales o ficticios que se entrecruzan a modo de encantamiento, prácticas de visualización a través del fuego que les permite ver más allá del presente, vivencias percibidas simultáneamente por toda la humanidad; diálogos del autor con Manuel quien acondicionó para los amigos la casa y que la siente viva con sus pensamientos y obsesiones; presintiendo que se le va de las manos este personaje, el autor debe retomar el mando de la historia.

Más que los adultos, son los personajes jóvenes quienes resuelven situaciones convulsas de orden metafísico generadas por el obligado encierro, puesto que son estos quienes poseen aptitudes innatas, cualidades que los hacen peculiares: “Nací con la capacidad de estar en relación continuada con la fuente de la intuición, dice Carlitos, estoy enchufado al conocimiento del cosmos”, que no es obstáculo para que se declare partidario de la incertidumbre como elección de vida. “La muerte es el principio no el fin de todo, la semilla que dará lugar al árbol futuro que tiene que morir para abrirle paso a su crecimiento”, manifiesta Rus, joven e incipiente autora teatral.

Asimismo, son los jóvenes quienes se enfrentan sin aspavientos a circunstancias extrañas; es el caso de Jesús, que nació sin ojos. “No somos tiempo, la gente se empeña en enmarcar el transcurso del tiempo dentro de la edad, pero no somos tiempo”, dice Jesús. El tantra sexual, el Tao, el yin o el yang constituyen su filosofía, aportan luz a su conciencia, mediante vibraciones que emiten los cuerpos percibe la ubicación en el espacio, principios de la física cuántica. Aventajado por su ceguera, aquieta tanto las reacciones de histeria que sobrevienen a los adultos como encamina hacia la comprensión del otro o la otra la energía sexual, la mutua sincronía del placer, o la atracción física sin dualidades de género.

En el fondo, atravesada por un esfuerzo de redención, en Un genio maléfico, la trama sondea, con curiosidad, el valor incalculable del conocimiento de nuestro mundo interior como apreciada proyección vital para el futuro, la grandeza de la sencillez, el sexto sentido de la intuición que las deficiencias físicas enaltecen. Sin despreciar el humor y la creatividad como recursos ante el peligro que acecha, no solo en la conciencia, sino en el plano de los enigmas, Alberto Omar nos convoca con su grito implacable. La obra o la salvación. 

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