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CRÍTICA DE CINE

No tiene ninguna gracia

Tonya Harding (Margot Robbie) hizo historia en el patinaje sobre hielo y realizó movimientos que nunca habían sido ejecutados hasta entonces en Estados Unidos; tras las pistas heladas, su vida era un desastre de desmesuradas proporciones

Fotograma del filme 'Yo, Tonya'

Fotograma del filme 'Yo, Tonya'

- Título: Yo, Tonya (I, Tonya), 2017

- Dirección: Craig Gillespie

- Guión: Steve Rogers

- Reparto: Margot Robbie, Sebastian Stan, Allison Janney, Bobby Cannavale, Caitlin Carver

Cuesta creer que en medio de la tormenta mediática y social a causa de las acusaciones de acoso sexual presuntamente realizado por Harvey Weinstein y el resto de una demasiado larga lista de depredadores que han gobernado en la sombra la industria del cine de Hollywood pueda ver la luz una película como esta.

Después de habernos tenido que tragar otra absurda campaña de promoción para que el actor o actriz de moda luche por el Oscar, e insistimos, en un contexto de reivindicación social a favor de una igualdad de género y protestas que señalan los excesos físicos y psicológicos realizados de forma sistemática y vertical contra las mujeres, aparece Yo, Tonya, una cinta que se define como mezcla de drama con tintes de comedia negra. Pues ni maldita la gracia, porque esta es una historia real.

Al margen de la poca originalidad de su narrativa, que recuerda a película como El lobo de Wall Street (Martin Scorsese, 2012), del cansino recurso de la ruptura de la cuarta pared o de un conjunto de elementos más propios de un capítulo de la serie Me llamo Earl (Gregory Thomas García, 2005) que de una película nominada a tres premios de la Academia, esta es una muy peligrosa historia.

Es fácil pensar que, como en la realidad, habrá momentos que nos provoquen la sonrisa, e incluso la carcajada y otros que representen a esas malas épocas que podemos tener todos. O si nos ponemos insistentes, que puede que trate una de esas vidas apasionantes, encabezadas por algún tipo de genio optimista y protagonista de una serie de desgracias que se reciben con un encogimiento de hombros y una media sonrisa, pero no.

Lo cierto es que la historia de Tonya Harding estuvo plagada de maltratos de todo tipo hacia su persona, ejercidos por casi absolutamente todo su entorno. Qué divertido resulta entonces -nótese la ironía- que en la realidad que hoy vivimos un largometraje dirigido y escrito por hombres calce todos esos episodios devastadores para cualquier ser humano y los convierta en chistes de tan dudoso gusto.

Podría invitarles a comprobarlo por ustedes mismos y animarles a rebatir estas palabras. Sin embargo, hay ciertos límites que no podemos traspasar, ni siquiera los más relativistas ni los que luchamos en un mundo como el que tenemos por poner una resistente sonrisa a todo. El límite del humor está en el buen gusto y esta película necesitaría de un nuevo montaje que no insistiera tanto en enseñar todo este desagradable contenido como si de peleas de niños se tratasen. Sólo así podría llegar mínimamente respetable.

A pesar del homenaje que la verdadera Tonya Harding pueda merecer o no -eso lo dejamos a juicio del espectador-, todos los implicados en este proyecto deberían callarse y mirar al suelo avergonzados en lugar de enorgullecerse de gala en gala de premios representando a esta aberración moral carente de toda originalidad y que simboliza lo peor del ser humano occidental. Hablamos de la falta de educación, la violencia, el abuso y toda clase de ignorancia sin tapujos.

De poco sirve señalar que Robbie haya hecho un buen trabajo, si es a este precio. O si Alison Janney merece o no ganar el Oscar a mejor actriz de reparto -algo que obviamente conseguirá con su interpretación- si es bailando al compás que marcan los residuos de ese despreciable Hollywood que por millones de razones de diferente ámbito merece una renovación. Películas como esta obstaculizan el cambio.

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