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Reinventando el fuego

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José Miguel González Hernández

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Probablemente, como todo invento, surgió de una casualidad, pero de una casualidad buscaba. De esta forma, se terminó por convertir en uno de los hechos más relevantes en la historia de la evolución de la humanidad. El evento está datado hace setecientos noventa mil años, día arriba, día abajo, porque no solo se trata de usarlo (cuando algún fenómeno natural lo generaba), sino de saber crearlo y manipularlo. Fue realmente ese hecho, el control del fuego, lo que originó disponer de cierta independencia del medio natural, tanto en el tiempo como en el espacio. El fuego originaba protección contra animales feroces, mejoraba los alimentos y permitía hacer útiles y armas, a la vez que generaba luz y calor.

En definitiva, este hecho creativo del fuego supuso domesticar no solo la dieta y su posterior desarrollo y beneficio sobre nuestra evolución, sino al resto de bestias que nos temían más que nuestra raza a ellas. Permitió descender de los árboles, generar asentamientos y dibujar fronteras asumiendo el suelo como propio. El echar raíces como forma de sociedad terminó por generar, dejando atrás fuertes, devastadores y graves enfrentamientos, un lenguaje común basado en la especialización y el intercambio, produciendo un componente homogéneo que pudiera erigirse como forma de acuerdo, como es el dinero.

A partir de ahí, el simple apretón de manos, con el fin de cerciorarnos de la inexistencia de elemento punzante alguno, no fue suficiente como muestra de confianza y se tuvo que crear unas reglas que comprendieran derechos y obligaciones para las diferentes partes integrantes. De igual modo, se generó la interpretación y, a partir de ahí, la aplicación.

Pero siempre que hablamos de interpretar los procedimientos existentes, partimos del supuesto de su expresión en lenguaje escrito, es decir, en puntos y líneas a los cuales, mediante intencionalidad colectiva, se les atribuye una función simbólica. No obstante, en la reinterpretación está el cambio porque se le intenta dotar de una mayor seguridad con el riesgo certero de alcanzar el inmovilismo como norma suprema de garantía y protección.

La evolución social ha deseado una cierta homogeneización y normalización de las reglas. De esta forma, si para todo hay un procedimiento, si todo está claramente protocolizado, si todas las personas dicen que saben hacer lo que se debe hacer... ¿por qué diablos reinventamos el fuego todo el santo día? Otra cosa diferente es la de mejorar la gestión, adaptándola a los tiempos, facilitando el sistema. Pero otra es apostar por elevar el listón de la complicación, simple y llanamente con el fin de generar adoctrinamientos apolillados que no hacen sino entorpecer la búsqueda de soluciones, jurídicamente válidas pero dotadas de mayor sencillez y sensatez.

El continuo intento de negar lo que nos antecede con el fin de crear algo nuevo a nuestra imagen y semejanza no provoca, a mi modo de ver, sino continuos retrasos. Da la sensación que, cuando encontramos un camino, nos cambian las coordenadas. Todavía recuerdo, no sin añoranza, aquella frase proveniente de una inscripción adscrita a Mario Benedetti que nos decía “... cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto, cambiaron todas las preguntas...”.

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