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La nueva Ruta de la Seda, o la respuesta de la milenaria China

La idea de la nueva Ruta de la Seda, propugnada por China en base a la realización de formidables y millonarios proyectos de infraestructuras terrestres y marítimas, transporta directamente a milenios del pasado y a su orígenes en el siglo I a. C; un camino que representó para los territorios que hoy son Europa y una parte extensa de África avances incalculables en su desarrollo económico y cultural. Y es que China, polo y origen del fenómeno, fue uno de los primeros imperios conocidos junto al de Egipto, lo que casi significa estar hablando de la cuna de la Humanidad y de los albores del surgimiento de las civilizaciones. De allí vinieron, además de la propia seda, un sinfín de avances tecnológicos, productos y costumbres, que habrían de cambiar el orden socioeconómico de medio mundo, exceptuando al continente americano y sus lejanos imperios incas y mayas, también sorprendentemente avanzados para las eras y ubicados, curiosamente, en cuanto a lo que es hoy el predominio hegemónico del norte, en el subcontinente sur; una exclusión a la que se sumaban amplias regiones insulares del océano Pacífico y las tierras heladas de ambos hemisferios.

Siglo tras siglo, esa vía que unía Oriente y Occidente fue creando, a la manera de un río, fertilidad a su paso y prodigando movimientos demográficos hacia núcleos urbanos que se hicieron prominentes, desde la antigua Constantinopla, hoy Estambul, hasta Tombuctú, en el desierto del Sahel, pasando por las diferentes regiones asiáticas, como la India, o las caucásicas, las de Oriente Medio y las del norte del continente africano, que nutrían sus comercios con el flujo de mercancías que se sumaban en el tránsito de las caravanas a lo largo y ancho del camino, de los caminos, que se multiplicaban como los afluentes de un caudal retroalimentado en todas direcciones a lo largo de más de dos mil años.

Por tanto, nada nuevo bajo el sol cuando hoy China, el gigante asiático que representa la quinta parte de la población del planeta, tras sacudirse las telarañas de su larga peregrinación interna maoísta y sus sucesores a partir del fin de las dinastías imperiales a principios del siglo pasado, su encierro en sus cuatro puntos cardinales y hasta su aparente dominación por parte de una pequeña isla del norte de Europa, Gran Bretaña; ha logrado en tan solo dos décadas ponerse a la cabeza del mundo en PIB, plantando cara a la economía de mercado y al modelo neoliberal ejercido en Occidente después de la Segunda Guerra Mundial y la adopción de los Acuerdos de Bretton Woods, que relegaron a Europa a un modelo clientelar del Reino Unido y los Estados Unidos de América.

El gigante retoma pues lo que históricamente le ha pertenecido, abre su terno para enseñar todo su arsenal fabril, su ingente capacidad de generación de productos de todo tipo, su imitación del milagro japonés y de otros tantos, como la Revolución Verde o la de los tigres asiáticos; se recoloca sus galones con esa mezcla de discreción, silencio, cálculo, astucia, laboriosidad, paciencia y también, por qué no, sabiduría de sus incesantes generaciones que devinieron, después de no pocos avatares, en la potencia mundial, moderna, tecnológica y, por fin, neoliberal, que representa actualmente la otra cara, es decir, la cruz, para un Occidente que ha padecido un siglo de colonización cultural del nuevo rico norteamericano, que sólo puede acreditar apenas dos centurias y media de historia; y se ha encaramado con desparpajo al tablero internacional para jugar la gran partida del tercer milenio ante la reticencia y desconfianza de los tahúres tradicionales que dominaron el juego económico y la explotación universal a lo largo de más de un siglo.

Ahora los cantos del cisne recorren los informativos de los medios de comunicación occidentales y las consignas anti-orientales se suceden con no poca reiteración por parte de los que temen perder no solo pequeños trozos del pastel financiero mundial, calificando a la cooperación Sur-Sur que ejerce China, por ejemplo, en África, de colonizadora salvaje, cuando todos sabemos lo que hicieron, y hacen, las potencias europeas en el continente vecino; o acusándola de plantear políticas agresivas comerciales en precios y masificación, cuando la especulación, los monopolios y la carestía han sido precisamente los nutrientes del fundamento del modelo occidental y del empobrecimiento de no pocas capas poblacionales; sino una gran porción de ese pastel, que es ya demandada imperiosamente por un ente equivalente a su colosal presencia histórica, cultural, civil y demográfica, innegable, desde la noche de los tiempos.

El milagro chino es, pues, una realidad dinámica e irreversible y, además, ahora mismo, lamentablemente, no hay otra alternativa que quedarse con aquel, venga quién venga, peor imposible; mientras asumimos una nueva lección de la naturaleza, de la que forma parte el ser humano, que siempre termina por devolver las cosas a su justo lugar.

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