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Tardes de menos

A

No dejes que te impidan galopar

ni los ladridos de lo perros

ni la quijada de Caín.

Que no te dé el insomnio por cantar

las gaviotas del desierto,

las amapolas de París.

'Esta boca es mía', de Joaquín Sabina

El último viaje del poeta lo hizo en limusina. Jamás había montado en un Mercedes y el capricho de la parca hizo que se cumpliera el romántico sueño del glamur, de tardes de gloria y cava, de marisco y éxito. Extraño giro inesperado en la trama. Versos atragantados hicieron que la vida del poeta se marchitara, apagándose en medio de una sociedad que aullaba entornos asépticos. 

No lo soportó. Ya no más. Todo tiene un límite. Harto de rasgar sus vestiduras se dejó invadir por la bicha y fue uno más. Consumió. La vorágine lo llevó a dejar de ser metáfora para convertirse en un ciudadano de bien. Fue limpio y no gritó más. Para la resistencia fue la más alta traición, mientras que para la mayoría era lo adecuado, lo oportuno, lo que siempre debió ser y qué maravilloso que hayas pensado las cosas, que los ideales, ideales son, querido, y no peques más, por favor, que así estás mucho mejor; tienes hasta mejor cara, hijo, si es que hay que ver lo que hace meter cabeza, sabíamos que esto no era para ti. Y mil sandeces más hasta corromper el alma del viejo artista.

La poesía no volvió. Se apagaron las palabras. Nadie volvió a cantar ninguna de sus estrofas. Solo en el silencio de reuniones clandestinas se escucharon algunos versos en leves bisbiseos. El lamento de una época se asfixió entre el frío análisis de los expertos que aseveraron que el arte debía ser correcto. La evolución fue para todos los públicos, entretenimiento banal de los que aspiran a condicionar al ser humano, a violar mentes hasta dejarlas planas, hijos de una sociedad sin pasión, sin amor, sin entrañas. 

La poesía no volvió. Se apagaron las palabras. Nadie volvió a cantar ninguna de sus estrofas. Solo en el silencio de reuniones clandestinas se escucharon algunos versos en leves bisbiseos

El mes de abril no volvió al poeta. Jamás supo por qué le tuvo que pasar a él. Sus ojos nunca más volvieron a brillar como antaño lo hicieran detrás de la vieja Olivetti. Los últimos tiempos los vivió con el alma rota y con las mejores analíticas de sangre que había tenido en su vida, adiós colesterol. Pero sin primavera no hubo necesidad de verano y aquella tarde sin besos, su corazón decidió que ese preciso instante era el momento de parar.

Hubo lágrimas, sí. Las justas que dan para anunciar las malas noticias. Ninguna que debiera ser recordada. El duelo duró lo que duran estas cosas y una portada con un nuevo escándalo de corruptelas decentes acaparó todas las miradas del día siguiente al óbito. Cosas que pasan sin que ocurra nada. Ya se sabe que todos los días amanece por el este.

 

 

 

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