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El avión

De pequeña viajar en avión era todo un acontecimiento que se repetía con frecuencia. Y con los años, hacerlo sola y protegida por toda la plantilla dentro de aquellos confortables espacios llenos de pequeñas aventuras continuaba siendo un momento agradable. 

La visita a la cabina del piloto, el baño con aquella cisterna con un sonido único, jabón de manos con olor a rosas, toallitas de colonia Heno de Pravia… Y luego el momento de la comida. En aquellos tiempos, mucha gente arrugaba la nariz y ponía malas caras al menú del avión. A mí me parecía fascinante abrir cada recipiente y encontrar una pequeña y colorida porción. Como muchos otros pasajeros, gustaba de pedir extravagancias que luego nunca echaríamos en falta en tierra. Zumo de tomate con limón y pimienta, té con leche descremada, agua con gas (con burbujas)… En aquellos amplios espacios recorridos por una pulcra plantilla de pasos firmes y postura rígida uno sabía que debía comportarse.

Aunque siempre había quien se olvidaba de aquello y su margen de comodidad pasaba por acomodarse en su asiento hasta hacer el espacio del vecino insoportable, niños insolentes que pataleaban a un sufrido viajero o personas con un tono de voz excesivamente alto… Algo que habitualmente se solucionaba con una charla amable, y en casos más incómodos, avisando a los profesionales.

Aquello comenzó a cambiar. Los maleducados con afán de extrema comodidad daban de sí el respaldo de sus asientos sin que nadie amparase a los sufridos convecinos, las patadas, quitarse los zapatos, corear a voz en grito… Conductas propias de ir al cine en la hora de los adolescentes en una barra libre de lo incívico. Como esfinges con ruedas, aquellas figuras antes admiradas acometían como podían sus funciones tratando de esquivar la problemática.

Y un día leo con verdadera decepción lo que ha sucedido en un avión ante un conflicto sin doble lectura posible. Y cómo la persona con actitudes racistas, para no generar conflicto, conserva su sitio y la víctima que sufre un acto de xenofobia es quien tiene que abandonar su lugar. Repaso historia y recuerdo estudiar que en 1955 en EEUU, Rosa Parks comenzó una revolución al negarse a ceder su asiento a un blanco en una guagua y rechazar bajarse de ese medio de transporte. Comenzaba así el final de la segregación.

Quizá, el comienzo de la opresión acontezca cuando ante un vacío de autoridad sea la fuerza bruta, la falta de educación y la sinrazón la que tripule nuestro avión hasta estrellarlo sin remedio en la involución desmemoriada.

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