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La brecha

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Aquellas personas que piensen que la libre competencia es, como su propio nombre indica, libre, es que no conoce realmente dónde estamos. Todos los mercados están sometidos a cierta regulación, por leve que parezca. Por esa razón, no existe ningún proceso de intercambio, ya sea de bienes, de servicios o de personas que no necesite unas ciertas reglas de juego. Incluso aquella parte que aboga por la total libertad, cuando se ven impactados por algo más grande de lo que puedan controlar, piden auxilio a aquellas organizaciones que, en un principio, criticaban por invasivas.

En este sentido, cuando abres fronteras y compites, en el hipotético caso de que las condiciones de partida no estén basadas en una situación igualitaria, generas polaridad de las situaciones. Es decir, la acumulación se incrementa al mismo tiempo que el desasosiego y la escasez. Esta polaridad se transmite también al ámbito salarial y, como más de las terceras partes de nuestro presupuesto familiar están basadas en nuestros sueldos o prestaciones, se conecta en tiempo real a los ingresos de la población. Como no podría ser de otra manera, esta transmisión de situaciones afecta al bienestar de la sociedad y es contraria a cualquier objetivo de cohesión social.

Pero, para solucionar un problema debemos identificar primero las causas que lo generan. Así que ¿cuáles son los factores que influyen activamente en la existencia de la desigualdad en los procesos de creación y posterior redistribución de las rentas? Principalmente la productividad junto al poder de negociación de cada una de las partes. Y la productividad está ligada intrínsecamente a la innovación.

No obstante, hay otras variables determinantes como son la propia legislación existente en materia fiscal, el sistema imperante de protección social o, sin pretender ser grandilocuentes, la propia educación social en solidaridad (interterritorial, intergeneracional…), entre otras que seguro se quedan en el tintero.

Hay derivas basadas en el denominado darwinismo económico, donde cada cual se las componga con lo que tiene/puede/quiere conseguir, de forma que adapta la teoría biológica a la economía dentro del concepto de evolución o transformación social de las personas, no tanto por meras variaciones en las características hereditarias, sino por selección natural y la adaptación al medio. Por eso, deben existir instituciones en las que se delega la representatividad democrática de la voluntad popular, para que hagan todo lo posible para empequeñecer hasta hacer desaparecer las brechas creadas por la mera competencia privada.

El salario mínimo interprofesional (SMI) es un ejemplo. En él se establece una restricción a la baja de una posible oscilación de los sueldos por el mero hecho de los naturales movimientos entre la oferta y la demanda de trabajo. No obstante, su cuantía no es inocua, de lo contrario podríamos establecer la cantidad que quisiéramos sin tener variables explicativas adicionales que lo justificaran. 

Pero a lo que vamos. Ya hemos dicho que uno de los instrumentos de redistribución de rentas que existe son los salarios. Y que estos han de retribuir la productividad, por lo que no debe haber pérdida de empleo alguno. Además, debe ir combinado con el incremento de la intensidad de las actuaciones en materia de mejora de la empleabilidad y el crecimiento de las competencias profesionales de la población activa, tanto ocupada como desempleada.

Solo ponerle un pero y se basa en que no parece recomendable que se deba colocar una cantidad por colocarla, sin el consenso social necesario de quien tiene que pagarlo y de quien tiene que cobrarlo. De resto, menos miedo y más determinación.

*Economista

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